Dom 19.09.2010
rosario

CONTRATAPA

"Yo soy el pueblo, la chusma, la masa"

› Por Gary Vila Ortiz

Las líneas del título son el comienzo de un poema de Carl Sanburg en la traducción de de José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal. El poema es bellísimo, pero no lo copiaré en su totalidad, mejor que el lector lo lea y le guste: "¿No sabeís que el trabajo del mundo se hace por medio mío?/ Yo soy el operario, el inventor, yo hago los alimentos y vestidos del mundo/ Yo soy el público que presencia la historia/ Los napoleones salen de mí y los Lincolns. Mueren/ Y entonces saco de mí más Napoleones y más Lincolns". El poema, en su contenido me hace recordar a un poema de Bertolt Brecht. El también se hacía esas preguntas sobre el pueblo. No es demasiado simple saber qué queremos significar cuando decimos pueblo. En el diccionario hay varias definiciones, ninguna me conforma demasiado. Cuando los políticos se refieren al pueblo parecen referirse al sector que es partidario de ellos y no a los opositores. Sanburg dice en otro párrafo: "A veces gruño, me agito y esparzo unas cuantas gotas rojas para recuerdo de la historia. Luego, olvido". Tiene razón. Muchas de las cosas que nos ocurren y que ocurren en el mundo son producto de la falta de memoria de los pueblos. Claro que ellos no son los culpables. A los poderes les conviene hacerlos olvidar de ciertas cosas y lo consiguen. Volvamos a Sanburg: "Cuando yo, el pueblo, aprenda a recordar; cuando yo, el pueblo, aproveche las lecciones de ayer y ya no olvide a los que el año pasado nos robaron, a los que me engañaron como un tonto, entonces no habrá nadie en el mundo que mienta en el nombre del pueblo con cierto retintín de sarcasmo en la voz o con una lejana sonrisa de escarnio".

No cabe duda que es así, si se recordase y si alguien desde la educación nos enseñara a recordar el pasado los errores que cometemos se evitarían. Pero todavía no ha llegado ese momento. Se sigue olvidando, se sigue en el infame trabajo de hacernos olvidar, de cercenar nuestra memoria. No es muy difícil ese trabajo de hacer recordar, pero son demasiado los intereses creados que fomentan el olvido.

La historia es mezquina con los hombres. Es mezquina en su memoria. Los nombres que recordamos de la historia son de aquellos que gobernaron a los pueblos y no a quienes hicieron la obra que los gobernantes se propusieron. Sabemos de los grandes conquistadores y de aquellos que descubrieron nuevos continentes. De ninguna manera quienes los acompañaron en esas empresas. Y por cierto que fueron los que sufrieron más, los que hicieron el trabajo más duro, los que no volvieron a su hogar.

Hemos perdido, además, el hondo sentido de cada palabra. Sabemos que en las épocas de crisis eso ocurre, el lenguaje sufre alteraciones que no hay demasiado interés en corregir. Y eso con mayor frecuencia de lo que puede pensarse. Sucede eso con la palabra pueblo, que para muchos se encuentra limitada a las bastardas cuestiones partidarias. No es así, por cierto, todo lo contrario. El pueblo, en las democracias, elige, pero los gobiernos parecen saber cómo lograr que esas elecciones sean aquellas que ellos desean, la que les conviene.

El pueblo somos todos. El pueblo son aquellos que escriben para una ínfima minoría como aquellos que lo hacen para la inmensa mayoría. El pueblo esa enorme cantidad de gente que no conocemos sino de verlos, pero que ignoramos quienes son en realidad, cuales son las apetencias que tienen, que hacen, que quisieran hacer. Es cierto, aunque nos importe el trabajo de saberlo es mucho y difícil. Las encuestas, por ejemplo, son tan restringidas, que muestran sólo una pequeña parte de la realidad. En verdad no pueden hacer otra cosa. Las operaciones que se hacen a partir de ellas no nos interesan demasiado, ya sea que se equivoquen o no.

Tengo pegadas en uno de los costados de la computadora imágenes de esas que tienen un imán. Si, de eso puede hablar, pero es tan limitado como puede imaginarse. Tengo dos afiches cinematográficos, uno de un film de Chaplin y otro de uno dedicado a una novela de H.G.Wells; esta el famoso afiche de Geniol; la tapa de la partitura del tango "Margot"; la tapa de la novela de George Orwell, "1984": una caricatura de Freud, un retrato de Cortázar y otro de Gandhi y un dibujo excelente de Borges. Todo eso es también el pueblo.

Y se podría partir de esos nombres o recuerdos para saber algo de la historia que no conocemos, no con un afán de revisionismo sino de conocimiento, que es lo que más no está haciendo falta. Decíamos que la historia es mezquina, acaso no tenga posibilidad alguna de no serlo, al menos con los tempos remotos. Del siglo XX sobre material, aún cuando no sea tan totalizador como quisiéramos. Hay un libro que intento escribir la historia del hombre, no de los hechos históricos sino del hombre en sí como actor esencial de todo que ha pasado, sigue pasando y seguirá. El libro pertenece a Erich Khaler y se titula justamente "Historia universal del hombre". En inglés se publicó en 1943 y en castellano la primera edición data de 1946. Khaler nos dice que su libro "represente un intento de escribir historia como una biografía del hombre"". Kahler piensa que la característica "exclusivamente humana que estamos buscando no se encuentra en ningún funcionamiento parcial del hombre sino más bien en una cualidad que no puede localizarse automática o fisiológicamente, sino que surge de manera gradual de la totalidad compleja del organismo humano. Se trata de la facultad del hombre de ir más allá de sí mismo, de trascender los límites de su ser físico. (") Esta facultad es la que, por ejemplo, hace al hombre capaz de un amor auténtico, basado en la elección y que afecte toda su existencia, de un amor que no tiene para nada en cuenta la recompensa. La facultad del hombre de rebasar su propio ser se entiende por la palabra espíritu"".

Pensando en el poema de Sanburg y en las palabras de Khaler, nos gustaría encontrar una historia espiritual del hombre argentino que muestra la esencia de lo que somos sin dar los nombres que se dan siempre o se recuerden los mismos hechos históricos desde distintos puntos de vista.

En primer lugar, los argentinos, algunos argentinos al menos, no creen que Sanburg sea el pueblo. Tienen el concepto de que solamente las mayorías son el pueblo, por lo cual nuestra presunta democracia comienza por tener un absoluto desprecio por las minorías. Y en ocasiones las minorías son lasque gobiernan, desprecian a las mayorías que sufren. Estas minorías tampoco creen que Sanburg sea el pueblo, piensan que tan sólo se trata de una expresión poética que no va más allá de ser eso, un poema. Los argentinos suponen que el sólo hecho de haber cambiado en la palabra folklore la "k" por la "c" es una toma de conciencia de identidad nacional, cuando en realidad se trata nada más que una de las tantas formas que representan a la estupidez.

Tomemos un ejemplo de Khaler. Cuando un león caza un venado (aunque creo que este trabajo está reservado a las leonas) lo hace porque sabe que es su presa y que la necesita para alimentarse. El hombre también puede cazar venados, pero comprendiendo que el venado es un ser aparte que ajusta su vidas a las reglas de los mismos venados. El cazador no es indiferente al venado, aún cuando lo busque para poder cazarlo. Los argentinos, que a lo largo de nuestra historia hemos practicado constantemente la ley del odio, ve al argentino que no piensa como él como si fuera un león cazando su presa. No distingue rasgos humanos en ese ser al que odia por no participar de su pensamiento. Lo mata con la mayor indiferencia. Y ocasiones (demasiadas) es capaz de infligirle las torturas más humillantes.

Es cierto que desde el regreso a la democracia en 1983 los hechos de violencia han desaparecido, al menos en lo que hace a lo relacionado con la política. Existe una violencia de otro tipo, la llamada inseguridad, que un signo de algo mucho más profundo y que no se desea mirar con la atención que debería hacerse.

La pregunta que surge es si el espíritu de los argentinos ha logrado sacarse de encima todos los odios que tenía acumulados. Creo, en todo caso es una avance el hecho que haya pasado de los hechos a las palabras, es decir que se puede apreciar una violencia verbal que, como siempre, se utiliza ante la carencia de los argumentos para refutar tal o cual idea.

Esto no ocurre tan sólo en nuestro país sin en muchos otros. Las imágenes de los que gobiernan Italia y Francia tienen un notable parecido con los grotescos, son personajes desagradables y meras caricaturas de lo que supone es un estadista.

Decíamos que cuando Khaler escribió su historia universal del hombre, aún no se había puesto fin a la Segunda Guerra Mundial. En otros de sus libros, "La torre y el abismo" que data de fines de los cincuenta, hace un análisis terrible del mundo contemporáneo. Algunos de los detalles que se nos pueden mostrar por los más sofisticados medios de comunicación son horripilantes y se ofrecen sin reparo alguno y sin que parezca que los que comentan se sienten demasiados aterrorizados por eso que ellos también están viviendo.

Sin embargo él vuelve a citar un poema que debemos tener en cuenta. Lo hemos citado más de una vez. Está en nuestra memoria controlando hasta dónde podemos llegar en nuestra indagación la cual, por cierto, carece de la lucidez de la de Khaler. El poeta a que nos referimos es el jesuita inglés Gerard Manley Hopkins. El murió en 1889, pero sus poemas tan sólo fueron publicados en 1918. En uno de ellos dice: "No, no lo haré, desesperación, consuelo de la carroña. No me deleitaré contigo; me desharé por flojos que estén estos últimos nudos del hombre que me quedan, ni me encerraré en mí mismo, ni gritaré: No puedo más. Yo puedo: puedo algo, anhelar, desear el día, no elegir el no ser".

Tengamos en cuenta ese poema. No toleremos la insistencia de no ser en un mundo que nos tienta a eso. No nos convirtamos en ese idiota que narra, con sonido y furia, algo que no tiene sentido alguno, y que cita Macbeth cuando para él ya está todo perdido. ¿Hemos llegado a ese extremo? Hay que creer que no, aún respiramos, aún hacemos el amor, aún paladeamos la bebida que nos gusta, aún miramos aquello que nos gusta, aún funciona la memoria pese a correr de los años hacia la nada. Además, si uno de los signos de la vejez es ver pasar la vida y no poder tocarla, hagamos el esfuerzo de intentar, al menos, una caricia, un apretón de manos, un fervoroso deseo que el tamaño de nuestra esperanza se haga más fuerte y un poco menos utópico.

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