Dom 10.10.2010
rosario

CONTRATAPA

Trece maneras de mirar la ausencia

› Por Gary Vila Ortiz

Uno. El miércoles 18 de octubre de 1995, hace poco menos de quince años, escribí para este diario una contratapa titulada "Música de terapia intensiva" que estaba dedicada a la memoria de un entrañable amigo, Hugo Posadas. Es cierto, no hay que indagar en los propósitos de ese Ser que rige todo lo que pasa en el Universo, pero ¿no podríamos hacernos ciertas preguntas? Que quince años después vuelva a ocurrir algo similar a lo de aquel año, que fue el año en que comenzamos a escribir para Rosario/12 no deja de causarnos cierta curiosidad. En 1995 fue un hecho que prefiero olvidar. Ahora, lo que vuelve a llevarme a la sala de Terapia Intensiva del Hospital Italiano fue un golpe cuyas consecuencias a los cinco días me produjeron el no poder decir nada con sentido (inventó mi cerebro un lenguaje poético bastante más allá de Oliverio Girondo) y la imposibilidad de escribir. Percibir el pequeño mundo personal de cada uno y quedar como aislado, pero siempre con mi poca o regular lucidez, para saber qué me pasaba. Escribir esto que estoy escribiendo me parece lo que alguien llamaría un milagro. Además, no escribirlo, sería un acto de ingratitud.

En aquella contratapa del ayer ya lo decía. Cuando entré al hospital llevaba bajo el brazo un ejemplar de este diario, cuando en aquel entonces salí de terapia tenía otro y cuando me fui un tercero. Ahora, compruebo que desde este 18 de septiembre comencé a experimentar la primera de las treces maneras de mirar la ausencia del mundo que iba contemplando las cosas desde una circunstancia que llamaría diferente a todas las otras en que buscaba cómo saber de qué manera andaban las cosas en el territorio de lo humano.

Dos. Dice la letra de un viejo tango que al mundo no le interesan mis tristezas. A mi me interesan las tristezas del mundo, pero también la gratitud que me ha rodeado de manera particular desde el 18 de septiembre. Mi muy querido y viejo amigo Alberto Muniagurria y los más recientes Fernando Barcelone, Vincenti, Petrochelli (increíblemente el yerno de Posadas), Palazzo y todo el personal de terapia intensiva del Italiano, que me han permitido poder estar en casa y poder escribir estas líneas que me siento orgulloso de hacer para ese diario. (Creo haber estado lúcido, por lo cual el recuerdo de un muchacho que decidió hacerme, hacia la noche, una ecografía del corazón, dialogó conmigo con afecto y se alegró del informe de la computadora, pero no diré cuál fue. Para mí, poder ver mi corazón, latiendo como enamorado. Y con cara de lechuza, será inolvidable).

Tres. Sea como sea mi forma de gratitud, lo que acabo de escribir seguía teniendo al mundo como una ausencia, la segunda y esta la tercera. Pero a esa ausencia de todo aquello que me interesa (las inesperadas elecciones de Brasil, la posibilidad de que los mineros chilenos sean rescatados el martes, el centenario del descubrimiento de Plutón) me daban a cambio la ternura de quienes me atendían. Y el deseo de mirar caras de mujeres bellas y suaves, me acompañó, sobre todo la de la médica de terapia intensiva y una estudiante de medicina que llegó a la sala de terapia desde Bélgica como forma de un intercambio. Además lo primero que le dije es que era (y lo es) igual a mi nieta Belén que también está estudiando medicina.

Cuatro. Me preguntaba de qué manera iba a recuperar mi contacto con todo aquello que ocurriera. No lo sabía claro, pero ahora lo sé. Lo primero fue con quien compartí la habitación y quien ya me siento amigo, el árabe Jorge Marcelo Kurán, de quien ya hablaré. Lo segundo, el triunfo impecable de Ñuls el miércoles y lo tercero el anuncio de que Mario Vargas Llosa ha obtenido el Premio Nobel de Literatura del 2010. El mundo se iba incorporando a mi ser.

Cinco. Mi amigo Jorge Marcelo Kurán me resultó alguien auténticamente sorprendente. Tiene cuatro años menos que yo, una agilidad notable y algo más notable aún: Peronista de alma me preguntó qué poeta le recomendaría y le dije que Borges. Entonces, levantando su mano me dijo esperá y comenzó a recitar poemas de Borges, excelentemente dichos y línea por línea con un profundo sentimiento. Por cierto, él me lo decía con una sonrisa, que nunca pudo evitar el que le dijeran el Turco Kurán, como les pasa a la mayoría de los sirios libaneses que viven en nuestro país pues los que llegaron al comienzo venían con pasaporte turco. Espero con afecto que se encuentre bien en dónde vive, Jesús María, donde es vicepresidente de la cooperativa de servicios públicos que realiza un estupendo trabajo.

Seis. Como la de hace quince años atrás esta contratapa es, posiblemente demasiado personal. No creo que nadie esté interesado en mi salud. Yo, sin embargo, a partir de esta experiencia en terapia del Italiano, siento una profunda inquietud por toda esa gente internada allí creo que en peores circustancias que la mía. Viví sus reposos, los sentí cercanos.

Siete. He vuelto a mis libros, mis discos, mis viejos papeles. También a leer el tumulto del mundo que observo en los diarios y suelo mirar por la televisión. Necesito leer, escribir, escuchar, ver los papeles que irán, desprolijamente, al próximo número de "El Centón" que puede ser tanto el trece como el doce más uno que alguien me aconseja.

Ocho. Este próximo número de "El Centón" está dedicado a Quita Ulla, que acaba de ser designada miembro de la Academia Argentina de Letras. También estará una obra de teatro de Pedro Nalda Querol que se quiso publicar en 1949 pero resultó imposible hacerlo. Los diarios tenían el uso del papel restringido.

Nueve. Vuelvo a estar, como cincuenta años atrás, obsesionado por la lectura de diarios de los cuáles solía leer cinco cada mañana y un par por el atardecer. ¿Qué recuerdo tengo de mi primera impresión de esa lectura? Cuando cumplía mis diez años, una fotografía, en el suplemento en huecograbado del viejo diario "La Prensa", en la que se mostraba a qué había sido reducida Hiroshima luego que fuera arrojada la primera bomba atómica, lo que después supe había iniciado una nueva "edad" en la historia del hombre.

Diez. Leer los diarios de hoy me significa ver cómo si bien podemos suponer no hay peligro de alguna guerra atómica, hay otros peligros que son tan significativos como ella. Las guerras genocidas, la de los Balcanes, por ejemplo; el hambre y el sida en Africa particularmente además de las expresiones de la naturaleza, que si bien nunca nos tuvo en cuenta, como lo decía Henry David Thoreau en una edición de sus páginas escogidas publicadas por Losada en 1940, ahora la ayudamos con su intención, autodestruyéndonos sin otra condición de que hacerlo de la mejor manera posible y es de pensar que lo estamos consiguiendo.

Once. Pienso en otras ausencias. Estaba invitado a leer poemas y en este caso dije que sí, pues era con el Negro Ielpi. No pude ir, claro. Pero estuvo Eduaro D`Anna, de quien publiqué en "El Centón" dos de sus últimos y más bellos poemas, uno de ellos dedicado a Raúl Gustavo Aguirre a quien pertenece la versión de las "Trece maneras de mirar un mirlo" de Wallace Stevens, un poema que solamente Aguirre pudo de traducir de la manera que hizo. Una de ellas es que mirlo, en inglés es "blackbird", como la canción de los Beatles, lo que en Stevens implica un contraste. Los dos poemas de Eduardo (uno al menos) salió inconcluso, lo que lamento mucho. Lo que más lamento es haber herido a mi amigo, el cual, la noche que leyó sus poemas pidió al público que no los leyera en "El Centón" sino en cualquier otro lado. Esto me entristece y mucho, pues me sentiría orgulloso que se los leyera en él. Los publicaré de nuevo en el próximo número, pues quiero que sí se los lea ahí.

Doce. Hay mil doscientas 87 palabras escritas, debo comenzar a despedirme.

Trece. Ella, Florencia, instante a instante tratando, y lo logró, regresarme al mundo. "En esta tarde gris": "Ella remonta gaviotas lentas suaves claras gaviotas ella remonta voces dulces voces pero me dice estoy triste por esta lluvia que vendrá".

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