Lun 11.05.2009
rosario

DEPORTES › OPERATIVO DE SEGURIDAD CON 42 DETENCIONES PREVENTIVAS

Escaramuzas y poco más

Los temidos incidentes del clásico fueron limitados, aunque al final del partido algunos hinchas de Ñuls lanzaron butacas a la platea canaya. Piedrazos y trompadas no se generalizaron.

Fuerzas de Orden Público, Infantería y Brigada de Orden Urbano reunieron a más de mil policías en Arroyito, que montaron un cerco de proporciones, compuesto por 40 perros, 25 caballos, 50 motocicletas, 70 móviles, un centenar de vallas, 70 escopetas, 250 cascos, mil pistolas 9mm, 13 mil municiones (a razón de 13 balas por cartucho), 570 cartuchos de goma y un millar de tonfas. En el centro de todo ello, un clásico, el de Central y Ñuls.

Por bulevar Avellaneda no se podía acceder con vehículo desde primera hora de la mañana. A 10 cuadras del Gigante, se erigió la primera valla. La policía preveía el primer control para los hinchas de Ñuls muy lejos de la tribuna que tenían asignada. Por esa arteria sólo ingresaban los leprosos. Todo los otros accesos eran auriazules.

Más de 70 oficiales se repartieron por los cuatro puntos cardinales para tener control sobre todos los ingresos al estadio. En 15 cuadras a la redonda, sobre el barrio Lisandro de la Torre la escenografía montada tenían tintes de inminente confrontación bélica, como nunca antes se pensó en un clásico.

Las autoridades tenían miedo a los incidentes, la policía a quedar en incómoda posición pública de tener que explicar los temidos acontecimientos. Un barrio entre muros para evitar una tragedia, que parecía anunciarse desde el lunes pasado, cuando hinchas y funcionarios empezaron a escuchar las palabras de los dirigentes de Central y Ñuls, que se peleaban y desafían en público, tomando decisiones institucionales parados en la popular.

Ya con la pelota rodando, la policía tenía entre rejas a 42 hinchas, en su mayoría de Ñuls, por diferentes delitos, algunos de los cuales fueron detenidos porque se sospechó que pesaba sobre ellos un pedido de captura. La afluencia se fue dando al ritmo de los cánticos, sin episodios de violencia para anotar, más que el maltrato de los efectivos policiales a los simpatizantes que acudían a las tribunas generales.

Dentro de la cancha, el comportamiento de los hinchas comenzó a requerir intervención policial una vez terminado el partido, con los rojinegros lanzando las butacas a las plateas auriauzules. La división de las hinchadas en las tribunas que dan a calle Génova no tuvo imperfecciones.

Con el empate anotado en la planilla del árbitro, se vieron los escopetazos al aire, la desesperación de la turba rojinegra, el ladrido de los caninos, las corridas de las motos, los patrulleros tomando envión dejando un agudo chiflido de cubiertas y un comisario impertérrito, como Osvaldo Toledo, atento a su radio para seguir de cerca los acontecimientos que se libraban en la vía pública, donde los hinchas se desconcentraban sin encontrarse, pero con ganas de hacerlo para darle continuidad a los puños a la pelea que abrieron, días atrás, ambas dirigencias.

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