Dom 09.05.2010
turismo

BOLIVIA LAS MINAS DE POTOSí

Venas inagotables

Un trozo de la historia latinoamericana aún late en los más de 5000 socavones del cerro Rico, la famosa mina de Potosí. Una crónica del paso por aquel tesoro saqueado por la vieja Europa, entre la oferta turística y la vida de los mineros, reflejo de una ciudad que conjuga bellezas naturales y una riquísima cultura ancestral con las huellas coloniales.

› Por Pablo Donadio

“La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta...”

Las venas abiertas
de América Latina,
Eduardo Galeano, 1971.


Frío, humedad y muy poca visión. Tal es la estrechez que caminamos tocando las ásperas paredes de lado a lado, haciendo equilibrio también al pisar, entre los rieles que transportan carros de entrada y escombros de salida. De pronto, algo molesto en la planta de los pies se traduce en una sensación helada que sube hasta la coronilla: el piso ya es un charco, y a medida que avanzamos, menos se ve y más se siente. El silencio es el rey en estas minas, apenas interrumpido cuando un carro saliente irrumpe desde la oscuridad, y hay que apelar al juego de cintura para que no nos lleve puestos. Instantes después regresa el silencio, y quien no lo comprende realmente lo pasa mal. Algunos sofocones y el pánico dejan con menos integrantes al equipo conducido por Myrna, potosina y guía de esta excursión ineludible que todo visitante debe hacer al pisar suelo boliviano. El camino continúa y atraviesa pequeños “pulmones” de descanso, donde sobran las ofrendas al “Tío” y otros personajes subterráneos, mientras algunos recorremos ilusamente los muros con los ojos, buscando hallar tal vez alguna veta de esa plata de la que tanto se habla en sus más de 5000 túneles.

RICA POTOSI Este es uno de los nueve departamentos de la República de Bolivia, situado en el sudoeste del país, sobre las planicies de la Cordillera Oriental de los Andes, en pleno Altiplano, con pliegues montañosos de singular belleza y particular riqueza. Declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 1987, la ciudad se encuentra a más de 4000 metros snm, y sabe ser un mirador permanente de esas montañas y quebradas, donde un valle ondulado hace brotar casitas, edificios y construcciones. Allí abajo, la ciudad marcha a ritmo calmo, y sus callecitas adoquinadas son un puente al pasado, de impronta española en sus construcciones y de vientos de colonia en mucho más que lo arquitectónico. En sus entrañas guarda las memorias de lo que supo ser una de las ciudades más importantes del mundo, con 160.000 habitantes en 1650, cuando Madrid, Londres o París no le hacían cosquillas con sus menos de 50.000 residentes. Pero ese pasado esplendoroso en riqueza mineral y población quedó atrás: la ciudad, que alberga hoy unos 30.000 bolivianos, brilla no por sus minerales sino gracias a las permanentes fiestas locales, celebraciones y carnavales, donde las sayas, diabladas y tinkus agitan los espíritus y rescatan el valor de la tradición y la hermandad del pueblo minero. Por eso quien llegue a Potosí no puede dejar de pasar por sus minas, la excursión más popular. Poco después de realizarla, este cronista no la hubiese recomendado. Es, sencillamente, dolorosa. Cuando el tiempo mitiga algunas emociones, la reflexión cambia: es necesario vivir la experiencia para entender del todo. Como si se tratara de una viva representación del ensayo del escritor uruguayo, aquí se entiende claro aquello de que la plata de Potosí “levantó templos y palacios, monasterios y garitos, ofreció motivo a la tragedia y a la fiesta, derramó la sangre y el vino, encendió la codicia y desató el despilfarro y la aventura...”. Una rueda que se completaba tras la extracción, en una instalación que aún sobrevive en plena ciudad, La Casa de la Moneda, hoy un museo al que se accede por $20 bolivianos. Esos tesoros eran llevados allí trabajados mediante una noria que hacía girar tres inmensos engranajes de madera, las maquinarias de laminación para acuñar moneda, que partían luego a las grandes capitales del mundo.

MITOS Y LEYENDAS Cuentan en la ciudad que el indio Diego Huallpa, buscando una de sus llamas perdidas, fue quien descubrió por primera vez la mina de plata. Aparentemente tras su animal perdido, Huallpa subió al cerro y halló semiescondida entre las matas una banda plateada y brillante del tamaño de un hombre, como una vena saliente del propio corazón de la tierra. A partir de allí el mundo se inclinaría como un tobogán y esta región vería llegar y llegar españoles, haciendo de esa montaña y algunas otras el milagro económico que transformó Europa. Ese hallazgo y su incipiente producción de metales provocaron un poderoso desarrollo comercial regional y urbano. Para explotarlas a más no poder, se pusieron en marcha puentes desde Cuzco, Arica y hasta Córdoba, llevando desde trabajadores hasta ganado al fértil oasis. Hoy ya no hay oro y casi tampoco plata, pero el estaño, el cobre y otros minerales siguen siendo la fuente de ingreso de gran parte de la población, que encuentra en el turismo su otra fuente de supervivencia.

La impresionante mancha gris de desechos de las minas, amontonados cerca de la ciudad.

Para acceder a la excursión hay que levantarse a las nueve de la mañana, previo pago de $30 bolivianos, y esperar la vieja combi que atraviesa curiosas callecitas potosinas sin veredas. Media hora después, llega a la base del cerro. Sólo hay una parada desde la ciudad hasta la mina, y es para comprar hojas de coca y explosivos para los obreros. El camino es acompañado con el relato histórico de Myrna, de carácter extraño, entre apasionada por la difusión de la historia de su tierra y algo molesta por ser “invasiva” con sus hermanos, como confesará más adelante, cuando tenga lugar el encuentro con Freby. Compañero y delegado de una comisión interesada en difundir la forma de vida del minero, una vez adentro sólo ella y yo nos perdemos por otros socavones para encontrarlo, mientras el grupo hace una ofrenda. “Frebyyy... Frebyyy...” retumba la voz de Myrna como un eco saliente de un pozo-cueva, hasta que una silueta difusa se asoma. “Hola”, dice apenas, y “gracias”, al recoger la coca y despedirse, inclinando la cabeza. “Cuídate mucho, hermanito, ¿sí?”, dice la guía, mientras me toma de la mano para agilizar el regreso.

La previa a la entrada de los túneles requiere una subida a pie, que va descubriendo un minibarrio (no tan mini, en realidad) con sus casitas, despensas, guardia médica y algo así como departamentos de explosivos, administración y demás. Debajo descansa la Potosí ciudad, un rejunte de techitos mayormente naranjas, que se amuchan en el valle montañoso, casi a la altura donde penetran las venas aún interminables del Rico.

LAS VETAS DEL CERRO “¿Vetas? No... ya no, ya no hay vetas.” Es difícil hablar con los mineros, desde luego con los que “se ven”. La gran mayoría trabaja horizontal y verticalmente en el corazón de la montaña y sólo sus familiares saben de ellos. Los que aparecen son los más amigados con los gringos que llegamos hasta allí y apenas intercambian algunas palabras mientras se da el rito de la coca y los explosivos, que finalmente se entregan en forma de agradecimiento por permitirnos conocer ese lugar que les da y les quita la vida. Para una familia de tradición minera es tan difícil sobrevivir sin ser parte del sistema como sobrepasar los 45 años, siempre y cuando, claro, no sufra accidentes.

A cada instante, entre los relatos, van sucediéndose imágenes de esas lecturas que cuentan cómo se dio la extracción de plata en la “América española”, incentivos principales para que la mayoría de los europeos marcharan abruptamente al Nuevo Mundo. Cuentan algunos mineros que los comienzos fueron devastadores: donde afloraba una veta se ponía a todos los grupos a seguir subterráneamente su guía, abriendo socavones. Así se creaban galerías, que continuaban con vueltas, subidas, bajadas y revueltas, sin tener en cuenta seguridad, oxígeno o desagües. Según un proyecto de Naciones Unidas y la Corporación Minera de Bolivia (Comibol), la plata, plomo, zinc y estaño, entre otras reservas de mineral aún existentes en el cerro y distribuidas en la roca, los desmontes y los sucus, equivalen a algo más de 682 millones de toneladas. Esto permitiría continuar extracciones durante unos 500 años más, teniendo en cuenta los 15 mil hombres que trabajan semanalmente. “De las 682 millones de toneladas de recursos minerales del cerro, 557 corresponden a la roca dura, es decir al mismo cerro, y en especial el sector que queda por encima de la cota 4400, la punta del cerro, cuya explotación ha sido prohibida desde mediados de la década del ’80 para evitar derrumbes y no afectar la morfología de su estructura”, explican especialistas, que admiten saber de “alguna incursión clandestina” en aquella cima. Más allá de cifras, abajo se habla sobre todo del “Tío”, el espíritu que habita las minas, dueño nada menos que de la riqueza escondida y la vida de los hombres. Es sorprendente la relación de los mineros con él: brindan, le invitan sus hojas de coca (de lo más valorado entre ellos) y le piden permiso para extraer los minerales de la Pachamama. Repetitivo e invencible como un dios, sus imágenes aparecen en cada uno de los socavones, pese al esfuerzo inicial de los españoles, que intentaron aniquilar su figura.

Dos horas después la excursión concluye y el camino de regreso va mostrando la enceguecedora luz de entrada al túnel principal. Atrás quedan las sobras de los miles de Freby, que aparecen y desaparecen en instantes, y desde afuera la montaña vuelve a transformarse en un pedazo de roca, mientras un ritual de cierre, entre bizarro y pedagógico, propone encender una dinamita para explotarla en las afueras y ver de qué se trata esto de ser mineroz

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