Dom 19.09.2010
turismo

CHILE. VISITA A CHILE CHICO Y LA REGIóN DE AYSéN

Pueblo chico, paisaje grande

El pueblo de Chile Chico, ubicado a sólo nueve kilómetros de la localidad santacruceña de Los Antiguos, es la entrada más próxima a la vasta región chilena de Aysén desde la Argentina. Crónica de una visita a la Reserva Nacional Jeinimeni, que alberga lagos azules y extraños paisajes como la Piedra Clavada y el Valle Lunar.

› Por Julián Varsavsky

La mayor parte de los viajeros argentinos que llegan a Chile Chico viajan en auto desde la cercana localidad santacruceña de Los Antiguos, ubicada a sólo 9 kilómetros. Pero hay otro camino, mucho más largo e interesante, que baja por la Ruta 40 desde Bariloche pasando por Esquel y Trevelín, y cruza a Chile por el Paso Futaleufú donde está la Reserva Nacional Futaleufú. Luego continúa por la famosa Carretera Austral Norte (Ruta Nacional 7) que lleva al pueblo de La Junta, desde donde se visita la Reserva Nacional Lago Roselot. En este viaje de varios días se llega al pueblo de Puyuapi para ir al Parque Nacional Queulat –donde hay un famoso ventisquero colgante– y a la ciudad de Coihaique, capital de la región de Aysén. Por último se toma la Carretera Austral Sur hasta Puerto Ibáñez.

Allí se aborda la barcaza El Pilchero –con auto y todo– para navegar dos horas y media por ese lago de 224.000 hectáreas y 200 kilómetros de largo, que se agita como un mar picado entre paisajes áridos pero muy coloridos, patagónicos a la máxima expresión.

En la cubierta de la barcaza, conversando con otro argentino en plan de viaje por la Patagonia menos transitada, coincidimos en que apenas una semana antes nunca habíamos oído hablar sobre un pueblo llamado Chile Chico. Ambos nos creíamos expertos en la Patagonia, pero ignorábamos que nos esperaban algunos de los paisajes más extraños y originales que pueda haber en esa vasta región argentino-chilena que abarca el extremo austral del Cono Sur.

EN LA REGION DE AYSEN Después de cruzar el lago a bordo de la barcaza, desembarcamos en Chile Chico, una de las comunas de la región de Aysén, situada a la altura del norte de la provincia argentina de Santa Cruz, con capital en Coihaique. En Chile Chico viven unas 5000 personas, en medio de un paisaje árido con valles frutales a orillas del lago Carreras. Típico pueblo patagónico, su fuerte impronta de campo se refleja en el Festival de Folklore y Doma, donde decenas de diestros jinetes locales compiten con otros llegados de localidades vecinas, de un lado y otro de la frontera. La actividad principal del pueblo fue hasta hace unos años la minería, pero ahora su economía se está inclinando hacia el turismo y la agricultura.

Una opción para llegar a Chile Chico desde Puerto Ibáñez por tierra es seguir hacia el sur por un largo y hermoso camino que pasa por la localidad de Cerro Castillo y por Puerto Tranquilo, un pequeño pueblo donde se visitan las Cuevas de Mármol, curiosísimas formaciones que brotan en medio de un lago. En Puerto Tranquilo se puede pasar la noche y llegar a Bahía Exploradores para ver el Campo de Hielo Norte. Finalmente se bordea el lago Carreras hasta Chile Chico.

Los celestes caracoleos del río Jeinimeni otorgan un curioso contraste a la aridez del paisaje.

LA PIEDRA CLAVADA Sin duda, el atractivo principal de Chile Chico es la Reserva Nacional Laguna Jeinimeni, donde se yergue la extrañísima Piedra Clavada. Hay diferentes formas de recorrer la reserva –un solo día no alcanza– pero probablemente la más interesante es la excursión que en su primer tramo parte de Chile Chico en vehículo y recorre 30 kilómetros rumbo al sur.

A partir de allí comienza un trekking de intensidad media que en dos horas llega hasta una roca solitaria, una suerte de “escarbadientes gigante” clavado en la parte baja de un pequeño valle. Esta extraña formación mide casi 30 metros de alto y no tiene un solo indicio a su alrededor que permita conjeturar su origen: a simple vista, es totalmente inexplicable.

Sin embargo, en la naturaleza todo tiene su razón de ser. El espacio que hoy ocupa la Piedra Clavada fue hace millones de años el conducto de salida hacia la boca de un volcán. Eran tiempos en que se estaba elevando la cordillera de los Andes y la zona era un infierno en erupción. Un día, ese fuego se apagó y la lava que estaba por salir se enfrió, quedando allí solidificada y tapando el conducto, pero rodeada por el cono del volcán. La erosión por el viento y las lluvias –más lo primero que lo segundo, porque aquí llueve poco– se fue llevando la tierra de las laderas del volcán hasta hacerlo desaparecer. Así quedó al descubierto la descomunal Piedra Clavada, como haciendo equilibrio hasta la eternidad.

La visita a la Piedra Clavada es apenas el comienzo de un trekking de cinco horas y media tan variado como espectacular. Al avanzar por unos cerrados valles se ven en lo alto los riscos manchados de blanco por el guano de los cóndores, que tienen allí sus nidos. Ferdinando Georgia, nuestro guía, lanza a todos un desafío: “Si a lo largo de todo el trekking no vemos un solo cóndor, les devolvemos la plata de la excursión”. Como era de esperar, pudimos ver el vuelo de los cóndores.

Las muy patagónicas casas de madera de la región de Aysén se pintan con vivos colores.

LA OTRA CUEVA DE LAS MANOS En El Portezuelo alcanzamos el punto más alto de la caminata. A lo lejos, del otro lado de la frontera, se ve el monte Zeballos con su filoso pico de piedra que alcanza los 2748 metros. En media hora llegamos a la Cueva de las Manos –Chile también tiene la suya– donde asoman 170 manos rojas, amarillas y negras en el interior de una cueva de 14 metros de profundidad por cinco de alto. Se calcula que las más antiguas fueron pintadas unos 8000 años atrás.

El sendero continúa en descenso por la ladera de la montaña hacia el Valle Lunar, una zona donde se acumulan extrañas formaciones de roca porosa que no se encuentran en ningún otro lugar de la Patagonia. A cada paso se descubren fósiles marinos, demostrando que el suelo que pisamos fue hace millones de años el fondo del mar. Y al llegar al filo de un cerro se ven aparecer al fondo de un valle los caracoleos celestes del río Jeinimeni. En total el trekking recorre 10 kilómetros, que casi no se sienten por la variedad de insólitos paisajes.

La reserva Jeinimeni merece una segunda visita de día completo, que comienza cruzando un río en vehículo 4x4 para luego caminar por los senderos que llevan hasta el Mirador del Lago, pasando por la laguna de los Flamencos, donde conviven unas 40 especies de aves. Luego se bordea el río Jeinimeni para llegar a la laguna del mismo nombre. Y tras media hora de suave ascenso por un bosque de lengas se llega al mirador, con su hermosa panorámica del lago Jeinimeni y la laguna Esmeralda al fondo.

Con las dos visitas a la Reserva Jeinimeni, un viajero rápido se lleva una visión más o menos representativa de Chile Chico, en cuyos alrededores hay otros paisajes para recorrer. Los que llegan desde Los Antiguos suelen hacer esencialmente estas excursiones y se vuelven a la Argentina, pero sepa el viajero curioso que en Chile Chico recién comienza un viaje patagónico de la más pura cepa, que puede seguir internándose a fondo en las inmensidades de la región de Aysén, rumbo a localidades como Bahía Jara, Coihaique, Río Ibáñez, Lago Verde, Cisnes y Cochrane. Allí se combinan la Patagonia esteparia con la de bosques andinos, bajo unos cielos amplísimos de nubes bajas y espesas que todo el tiempo parece que se nos vienen encima, como si nos fueran a aplastarz

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