Mar 21.09.2010

UNIVERSIDAD  › OPINIóN

Sobre juventud y política

› Por Fernando Peirone *

Hace algunas semanas, el periodista y politólogo José Natanson publicó en este diario una nota en la que arriesgaba una tesis sobre el vínculo entre juventud y política que sería interesante retomar en el contexto de la toma de las escuelas secundarias. De título sugestivo, “Kirchner, Ben Stiller y la juventud como actor político”, la nota comienza con una pequeña genealogía de la juventud, como “un fenómeno de la segunda mitad del siglo XX” surgido de la combinación de factores económicos y sociales que incluyeron acontecimientos políticos de gran trascendencia; paso seguido realiza un recorrido por los hitos más salientes que protagonizó ese nuevo grupo etario, remarcando las diferencias que caracterizan a la juventud de clase media –con la que habitualmente se identifica a los jóvenes– respecto de los sectores más desprotegidos, cuyo ideario y devenir biográfico están más signados por la necesidad de subsistir que por sus expresiones estéticas o políticas. El derrotero desemboca en el actual estado de situación, con vivencias partidas que no logran ser integradas por una política de Estado. Luego, Natanson expone su tesis: la clase política, en este caso el kirchnerismo, “descuida las políticas específicamente orientadas a las ‘dos juventudes’, sus problemas y necesidades”. Aceptando que lo propio del Estado es implementar políticas tendientes a contener las demandas y necesidades de quienes integran este rango etario, independientemente de la extracción social a la que pertenezcan, la nota incurre en un error de concepto que comparte con la corporación política: la consideración que hace de la juventud en cuanto identidad social y su modo sistémico de entender la participación.

La participación de los jóvenes actuales –como el concepto mismo de juventud– ya no puede ser evaluada a la luz de conceptos y categorías que sólo persisten por efecto inercial y no responden a los datos de realidad disponibles. La modernidad del siglo XXI ha cedido su lugar a una nueva cultura, que tiene precisamente en la participación no regulada una de sus alteraciones copernicanas. El desarrollo digital de los últimos 20 años trajo aparejadas prácticas culturales, interacciones, comunicaciones, colectivos y sistemas organizacionales que reformularon significados, interpretaciones, legitimaciones y valores en todas las capas de la sociedad, trastornando el “orden” de las cosas. Estos rasgos de época alcanzan al conjunto de la sociedad, revelando algo que ya estaba anunciado en el acceso –legal o ilegal– a la TV por cable: los sectores marginales no son marginales a la tecnología de la comunicación y, por consiguiente, a la información social, en la misma medida en que lo son económica o políticamente.

La militancia tradicional funcionaba en concomitancia con una idea del poder y con un modo de abordarlo. Ese modelo incluía la formación de cuadros, el disciplinamiento y la postergación personal en pos de fines más nobles, para “ocupar espacios y conquistar el poder”. La juventud actual, a diferencia de aquellos militantes, no disputa espacios tradicionales ni confronta del mismo modo, no está organizando la toma de la Bastilla. Sus diferencias con lo instituido las dirimen de un modo que no es asequible a las anteriores formas del conocimiento social. Quien decida entenderla o interactuar con ella debe tener una gran apertura teórica y práctica, ver en Cumbio algo más que una bloggera.

Quienes conciben el poder como la interacción de conquista, control y defensa no están preparados para la irrupción desestabilizadora del frente acéfalo y multiforme que despliega la avanzada generacional-tecnológica. Esta irrupción tiene una novedad principal: el poder fáctico de transformar en acción potencialmente política una serie de recursos tecnológicos que están al alcance de mucha gente.

El error es pensar que eso no es participación, que sus acciones no conllevan un pronunciamiento. El posteo de Patricio, un joven bloggero rosarino de 23 años, ayuda a comprender: “Hoy los pibes tenemos más voz e interés que los adultos porque somos artífices de la horizontalidad de los mensajes que plantea Internet, las redes sociales, los blogs y demás. Los viejos miran TN. Nosotros vemos en Facebook la opinión de un amigo kirchnerista, de otro radical y así. Leo a Natanson y después un artículo de La Nación que me envió un amigo, y la participación se agranda cada vez más. La web es más democrática que cualquier gobierno. Se terminó la verticalidad del mensaje que era funcional a los intereses políticos de algunos, y que construyó las ideas cerradas de nuestros abuelos. Por eso Clarín no sabe más qué hacer. Y hasta sacó sus propios blogs. Pero eso no sirve, no entiende que hoy la lógica es otra”. Este posteo, más allá del optimismo (o no), indica formas nuevas de pensar y vivir la política, que se resisten a los esquemas analíticos del pasado.

Estas prácticas han perforado la lógica con que hasta ahora se pensaba lo político y le han dado una dimensión diferente. Los jóvenes ingresaron una concepción vital y soleada que contrasta con el dogma, la organización y el sacrificio de los ’70, más propios de la purga religiosa que de la biofilia. Sus intervenciones forman parte de un colectivo multinodal que se resignifica permanentemente, que rechaza las jerarquías tradicionales y se expande en tiempo real de manera imprevisible, sin posibilidades ciertas –al menos por el momento– de ser controlado.

La adhesión política de estos jóvenes ya no es a una ideología, ni a un partido ni a una persona, mucho menos de manera estable; su adhesión, si así pudiera llamarse, en todo caso, es a un entorno que por definición es un proyecto inacabado, pero que expresa una empatía concreta y un horizonte difuso aunque compartido. Lo que Natanson llama “la emergencia de una militancia juvenil kirchnerista”, por ejemplo, no responde a la cohesión demiúrgica de “un liderazgo y un programa”, sino a un ecosistema integrado por elementos dinámicos y disímiles, pero consonantes, que en su variedad y fragmentación logran conformar una puesta en valor y una metáfora de sus deseos. Estos elementos pueden incluir tanto a Capusotto como al Bicentenario, Facebook, Kapanga, Diego Maradona, Los Simpsons, Arbolito, 6-7-8, la Bomba de Tiempo, la blogosfera, el matrimonio igualitario, y componer una especie de ideario que se puede –de hecho ellos lo hacen– proyectar políticamente. Es decir, se constituyen en una suerte de nuevo sujeto político que realiza intervenciones culturales efectivas; esto es: toman partido, suman, contagian, interpelan y producen resultados precisos. Las tomas de escuelas tienen esa lógica, es el efecto de un estado asambleario dinámico enancado en las redes sociales y objetivado de manera efectiva y cohesionada.

El remanido cambio de paradigmas no es otra cosa que la fatiga de un sistema que resiste su capitulación frente a la emergencia de otro que aún no tiene institucionalidad, pero que no está lejos de hallarla, con todas las incomodidades que trae aparejadas para los partidos políticos, la escuela, los sindicatos, la universidad, el mercado y la comunicación. Se requiere mucho esfuerzo de comprensión teórica y práctica, científica y tecnológica, para encontrar un diálogo con esta nueva dimensión política que plantean los jóvenes. La tarea de la cultura es siempre ardua, pero apasionante.

* Director de la Facultad Libre de Rosario.

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