Suplemento especial

Cristina Lescano

Calles de cartón

por Eduardo Videla

Cristina Lescano

El caso pudo haberse conocido en los primeros días de vida de este diario, pero por entonces no era noticia. Una mujer que vivía con su familia en una casa tomada perdió su trabajo y empezó a transitar las calles con sus vecinos, ocupantes ilegales y también cirujas. Por entonces no se los llamaba cartoneros y mucho menos recuperadores urbanos, denominaciones actuales menos salvajes y más correctos desde el punto de vista ambiental. Todavía no había salido a recorrer las calles ese ejército de desocupados que en 2001 se lanzó en busca del pan de cada día entre lo que descartaban los vecinos de la ciudad.

Cristina Lescano –personaje de esta historia– es antes que nada una sobreviviente, pero de las que no se aferró sola a la tabla de salvación: con algunos de sus compañeros de la calle, con vecinos de las casas tomadas, armó una cooperativa de trabajo.

Esa fue la herramienta con la que Cristina logró adelantarse a las decisiones políticas, por un lado, y a las consignas de los ecologistas, por otro. Al igual que todos los cartoneros, vive (o sobrevive) de la recolección, pero además recupera materiales que ya no irán a contaminar el suelo. ¿Qué aspectos la diferencian entonces de sus colegas? Que les ha ido enseñando, uno a uno, primero a sus compañeros, luego a los vecinos, cómo tratar con los desperdicios. A sus colegas, obligándolos a usar guantes y a no abrir bolsas de basura en la calle, entre otras cosas. A los vecinos, a separar en lugares diferentes los distintos materiales para reciclar.

Lo que en los países desarrollados ya venían haciendo las empresas de higiene ambiental, acá quedó en manos del último eslabón de la escala social, los que habían perdido todo, o casi todo. “Lo primero fue la pelea por saber de quién era la basura que estaba tirada en la calle. Nos metían presos porque decían que nos robábamos aquello que era de las empresas recolectoras”, recuerda Cristina. Hubo que sancionar una ley para que les permitieran hacer su trabajo en las calles de la ciudad.

Hace ya diez años que la cooperativa El Ceibo, presidida por Cristina, empezó a tocar el timbre de los vecinos de Palermo, primero con una campaña de concientización y luego con la recolección diferenciada. Su equipo de cuarenta cartoneros es una cuadrilla atípica: visten uniforme y no transportan los enormes carros o changos, que suelen usar los demás, sino que llevan los materiales hasta una camioneta, que los recoge. “Muchos ya tienen problemas de columna o de várices por llevar a mano esos carros tan pesados”, relata.

Algunas de esas personas con problemas de salud están trabajando ahora en la cooperativa. “Es que también somos una herramienta de contención social: tenemos con nosotros a gente que era alcohólica, a chicos que están bajo tutela judicial”, cuenta.

Consiguió del Gobierno un galpón en Retiro, donde funciona su depósito. Y la empresa Cliba montará para ellos, en poco tiempo, una planta para clasificar residuos reciclables. Eso no es todo: el modelo que pusieron en marcha es único y por eso vienen especialistas de todo el mundo para conocer la experiencia. Y algunas escuelas organizan excursiones para ver en vivo cómo es eso que los ecologistas y los gobiernos llaman “basura cero”. Ocupan así el lugar de docencia que el Estado deja vacante.

“A veces nos miran como a marcianos”, dice, no sólo en referencia a los extranjeros que los visitan sino a sus propios colegas cartoneros, a los que todavía les resulta extraño eso de la experiencia cooperativa porque el ciruja, por tradición, es un cuentapropista. Incluye entre los que los ven como bichos raros a aquellos habitantes con escasa conciencia ciudadana, los que ensucian la ciudad sin culpa alguna dejando sus desperdicios en una esquina, fuera de hora o frente a la casa del vecino.

Hace tiempo que los cartoneros son noticia, y también la cooperativa El Ceibo. Y aunque este diario la ha consultado alguna vez, es seguro que Cristina Lescano no ha ocupado el lugar que merecía en estas páginas. ¿Alguna vez será tapa?

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