
por Horacio Cecchi

Abril, 28 del ´99. Cubría el primer día del juicio por el secuestro, torturas y muerte del estudiante platense Miguel Bru. Estaba en la escalinata de los tribunales platenses, en uno de tantos recesos. Un grupo de madres, con las imágenes de sus hijos colgadas del cuello, rodeó a los periodistas, por detrás de Rosa Schonfeld, la madre de Miguel, mostrando sus fotos y sus carteles a las cámaras. Sostenían el reclamo de justicia de Rosa. Pero también pedían por ellos, por sus hijos muertos. A Teolinda la vi por primera vez ese día. No sería el último.
–¿Tenés un momentito? –preguntaba una madre, de Chascomús, al pie de la escalinata–. A mi hijo lo mató la policía y ahora hacen aparecer que lo atropelló un tren.
Otra, de Morón, había logrado un pequeño hueco frente a las cámaras de televisión que tomaban las declaraciones a Rosa y mostraba su ansiedad por hablar. Una tercera, creo que de Pila, la localidad que se encuentra sobre ruta 2 camino a Mar del Plata, arrastraba a un hombre que parecía el padre de su hija, la de la foto, y lo animaba a que se abriera paso.
Una mujer llevaba el cartel de un chico baleado por la policía, creo que Pérez Rojas, asesinado en Quilmes; otra, por José María Biela, muerto a tiros en San Francisco Solano; por Godoy, creo que Edgardo, muerto en Gutiérrez; de Leticia Bellested, muerta en Quilmes.
Eran unas cincuenta personas que intentaban hablar por sus hijos muertos. Una marcha silenciosa, que en nada se parecía a las marchas del silencio organizadas por los familiares de María Soledad, en Catamarca. Esta era una marcha muda. Sus protagonistas buscaban justicia, pero antes buscaban poder hablar.
Entre ellos estaba Teolinda. Hasta ese momento no la conocía, pero con el correr de los años aprendería a conocerla en su insistencia, la de una madre que busca espacio para reclamar por justicia. Para el caso, Linda llevaba en su pecho una foto de su hijo, Mariano. No sé por qué nunca fue publicado el caso. Denunciaba que lo habían asesinado, era una verborragia difícil de contener, difícil de escuchar porque había tanta angustia y tanta queja que resultaba difícil saber por dónde empezar para entender. Mariano había sido asesinado el 23 de marzo del ´95, a pocas cuadras de su casa. Tenía 17 años. “Lo balearon en el pecho mientras jugaba a la pelota con unos amigos –dijo Linda–. La ambulancia del SAME no estaba equipada para emergencias. Lo cargaron como un bulto, entró al Pirovano y murió media hora después.”
Como a muchos más, a Linda la volví a encontrar en otra marcha. Volvió a la carga, relató el caso de Mariano de la A a la Z, me entregó fotocopias con la imagen de su hijo, con el relato de su muerte. Una vez más, el caso Vásquez, como el de muchos más, no fue publicado. Le expliqué que no alcanzaban las páginas, le pedí que no cejara (no hacía falta).
En una marcha de Avise, inesperadamente, volví a verla, creo que un año o dos más tarde. Linda parecía no haber cambiado desde aquel primer día: la foto de Mariano colgada de su pecho, una pila de fotocopias en las que relataba el caso, cuestionaba a la Justicia y al poder político que cerraba las puertas a los reclamos de los familiares. “Y, ¿van a publicar o no el caso de Mariano?”, me preguntó. No supe qué contestarle.
La volvía encontrar una y mil veces en una y mil marchas. Allí donde se organizaba un reclamo, allí estaba ella motorizando, acompañando, apoyando. Curiosamente, ella no encontró jamás el mismo respaldo. El 23 de marzo del año pasado se cumplieron 10 años de la muerte de Mariano. Linda organizó una marcha ante los Tribunales. La convocatoria fue amplia, tan amplia que invitó a familiares de víctimas de gatillo fácil, de accidentes de tránsito, de mala praxis, de violencia social, a los padres de Cromañón. A todos. Ese día, el frente de los Tribunales pareció un día cualquiera. Estaba ella con sus carteles.
Durante el último reclamo de los padres de Cromañón, alguien me tocó el hombro. Al darme vuelta, me encontré con la incansable Teolinda. Allí estaba, buscando por siempre en una marcha muda ese espacio que se merece para hablar como tantos.