
Por Silvina Friera

El humor le permite aflojar las tensiones que producen algunos recuerdos. A los 40 años, el 21 de marzo de 1976, Abelardo Castillo se casó en su ciudad natal de San Pedro, provincia de Buenos Aires, con la escritora Sylvia Iparraguirre. “Para mí los 30 años del golpe militar coinciden con el ‘golpe’ a mi soltería, que pertenece a mi zona áurea, no a mi zona tenebrosa, como fue la dictadura”, bromea el escritor. Regresó de su fiesta de casamiento justo el 24 y se enteró de la ruptura constitucional en la casa de su tía. “La noticia se mitigó mucho porque no era ninguna novedad, estaba seguro de que eso iba a ocurrir, sólo faltaba ponerle la fecha.” Pero a pesar de esta certeza, admite que era inconsciente respecto de la dimensión “nefasta” que podía adquirir la nueva junta militar. “Ese día me llamaron tres veces de Radio Municipal para decirme que habían prohibido el programa que hacíamos con Sylvia, Otras aguafuertes porteñas. Al tercer llamado, dije, de muy mal modo, que me dejaran de molestar porque ya sabía que lo habían levantado. Si me hubieran avisado tres o cuatro meses después, habría tenido un control mayor sobre mi palabra, porque al que me llamó por tercera vez lo traté como un imbécil”, recuerda Castillo. “El golpe estaba tan en el aire que no lo podías percibir como mucho peor de lo que estabas viviendo. Fue a partir de las primeras semanas, de los primeros meses, cuando se empezó a pensar ¿y esto qué es?”
–¿Qué cosas anulaban la percepción del horror que se venía?
–Nosotros tendemos a recordar los muertos a partir del ’76, pero es como si nos hubiéramos olvidado de que antes hubo muertes de estudiantes, fusilamientos en la calle de intelectuales como Ortega Peña, el atentado a Hernández Arregui, uno de nuestros pensadores más importantes, sin contar en el orden político la muerte de Rucci o de Vandor. Todo ese desorden terrible que era el peronismo y la derecha peronista opuesta a la izquierda peronista. Muertos en la calle vos veías todos los días en el ’75. De ahí que no se haya recibido con demasiado horror o con sorpresa el golpe del ’76.
–Cuando meses después empezó a preguntarse qué era la dictadura, ¿qué respuestas aparecieron?
–No se puede analizar en profundidad el golpe de Estado, que culmina en el ’76, sin pensar que éste es un proceso real que empezó mucho antes. No me voy a remontar hasta el año ’30, aunque básicamente comenzó ahí, cuando las Fuerzas Armadas decidieron por primera vez romper el orden democrático. El punto de partida, sin embargo, fue con el golpe de Onganía del ’66. Lo que comenzó en el ’76 fue el genocidio, pero el proceso militar arrancó en el ’66, a tal punto que el propio Onganía lo declaró. Dijo que el Ejército venía a quedarse 20 años en el poder “para purificar la nación”. Cámpora, que fue votado y que cumplió las normas democráticas de la elección popular, fue sacado por un sector del peronismo para que volviera Perón. El gobierno de Cámpora era visto como peligroso porque se había izquierdizado a tal punto que ya estaban captando toda la voluntad de la izquierda, y eso no lo podía permitir cierto sector del peronismo que prefería que Perón volviera a poner orden. Salvo ese interregno, fue en efecto un proceso militar que duró casi 20 años. El propio Perón, cuando asumió, lo primero que pidió fue su uniforme y su grado de general. Vale decir que volvimos a tener un general de Ejército en el gobierno de la república. No puedo circunscribir la dictadura al golpe del ’76 porque, si cortamos de tajo la historia, nos perdemos la visión de conjunto.
–¿Cuándo apareció la figura del desaparecido?
–No recuerdo, pero sí me acuerdo de que la palabra desaparecido empezó a transformarse en otra cosa por las situaciones cotidianas. Vos estabas conversando con alguien y al día siguiente uno de los dos no estaba más, y nunca se sabía de dónde se lo llevaron, cuándo y por qué.
–¿Vivió esta situación?
–Sí. En un taller literario que daba en Callao y Corrientes. Un día un alumno, que era un abogado, un gran lector y un excelente cuentista, leyó un cuento. “Olvidate de Humberto Costantini y empezá a escribir como vos”, le dije. Lo critiqué mucho. Como a la semana siguiente no vino, uno de sus compañeros del taller me comentó: “Es que la crítica fue muy fuerte”. Pero yo sabía la verdad. Había desaparecido esa misma noche. Vivía a una cuadra y media y lo secuestraron en el camino a su casa. Un día, en el último acto de mi obra Israfel, pieza que se estaba dando en Mar del Plata, me llamó la atención que se movía demasiado la escenografía y que el personaje que hacía de cantinero era otro actor. Me parecía raro que lo hubieran cambiado a último momento. Lo que pasaba con el escenario era que había otro actor que le estaba pasando el texto al reemplazante para que lo dijera. En el entreacto había llegado la Marina y se habían llevado al actor que hacía ese personaje, porque figuraba en una libreta de direcciones de una chica de La Plata, que supuestamente tenía vinculaciones con la guerrilla. Se lo llevaron a condición de que no se parara la obra y de que nadie se enterara. Entre el tercer y el cuarto acto hubo una desaparición, nadie sabía qué pasó y esto fue en 1976. El actor nunca más apareció. Esto causaba pavor, cómo la Marina entró al teatro y se llevó a un actor... y acá no pasó nada.
–Además de la prohibición de su programa de radio, ¿sufrió otro tipo de censuras?
–Sí, en Mar del Plata. Me habían pedido que hiciera una conferencia antes de la puesta en escena de Israfel. Cuando llegamos con Sylvia, como había mucha policía, le dije que me parecía que la conferencia no se iba a dar. Vino un estudiante y me dijo que había un problema con uno de los nombres que citaba en el título. La conferencia se titulaba “Claves de la literatura argentina: Marechal, Sabato, Borges, Cortázar y Mujica Lainez”. Pensé que era Cortázar por su adhesión a la Revolución Cubana. Pero me dijeron que no. Si era Marechal, les dije que no lo sacaba por una razón muy simple: no comparto las ideas políticas de Marechal, pero no lo puedo sacar porque es fundamental para la literatura argentina, sin él no se puede entender a otros escritores. El problema era Sabato. ¡Pero si Sabato comió con Videla hace unos meses!, dije indignado. “Ah, no importa, acá no se puede hablar de Sabato”, me contestaron. Y eso es lo que produce el terror.
–¿A qué se refiere?
–La arbitrariedad es la que te atemoriza porque empezás a pensar: ¿y yo en qué bolsa caigo?, ¿qué le hice a quién? Porque no sabés por dónde viene, es lo irracional. En una guerra, o en una lucha revolucionaria, sabés perfectamente quién es tu enemigo y las razones por las que es tu enemigo. En el terror cualquier cosa vale.
–¿Cómo fue la experiencia de editar una revista literaria, El Ornitorrinco, en plena dictadura?
–Era evidentemente una revista antidictadura militar, en la que hablé de la guerra con Chile, en la que se publicó por primera vez un manifiesto de las Madres de Plaza de Mayo y la polémica con Cortázar acerca del exilio, que contestó Liliana Heker. Nosotros publicamos, ése era el secreto de la polémica, la carta de Cortázar, aunque él decía que ese texto no iba a poder ser leído en Buenos Aires porque hablaba de colgarlo a Videla de la Plaza de Mayo. Tenía que ir tanteando los límites de la censura. Hoy se leen con asombro ciertos textos de la revista; el asunto era probar el límite de la censura.
–¿Por qué decidió quedarse?
–Hay una frase de Sartre que a mí me marcó. En La república del silencio escribió: “Nunca fuimos más libres que durante la ocupación alemana”. La tenía grabada acá (se lleva el dedo índice a la frente), la repetía a cada momento y la escribía en mi diario de esos años. Ocupados por nuestro propio Ejército, sentía que también podía hacer algo. Esto no significa que cuestione ni remotamente a los que se tuvieron que ir del país. Insisto, para que quede muy claro, porque esto da siempre lugar a polémicas fomentadas por la derecha, que quiso dividir a la izquierda, oponiendo a los que se fueron contra los que se quedaron. Siempre pensé que la resistencia se hace desde dentro, porque acá estaban las Madres de Plaza de Mayo y acá se vivió uno de los fenómenos de resistencia cultural más grande que ha habido en el mundo, como fue Teatro Abierto. Sartre explicaba esa frase, “nunca fuimos más libres que durante la ocupación alemana”, diciendo que cada pequeño movimiento de libertad era “la” libertad.