Los liberales argentinos suelen considerar a los precios internacionales como dioses a los que hay que someter la voluntad nacional. En base a ellos dictaminan la ineficiencia de la industria nacional y la necesaria especialización primaria de nuestra producción. También son ellos los que deben organizar la producción agropecuaria orientándola hacia los cultivos mejor pagos en el mercado mundial. Para ellos, los actuales precios de la soja, el maÃz y el oro son una oportunidad histórica para integrarnos al mundo a través de una polÃtica de libre comercio con los paÃses más desarrollados, como la que llevan adelante los paÃses de la Alianza del PacÃfico (Chile, Colombia, México y Perú).
Un punto pocas veces analizado es cómo se determinan los precios internacionales. Por ejemplo, el alza de las materias primas de los últimos años tiene como base la industrialización de China e India, la utilización de biocombustibles y la demanda especulativa. Es sabido que ni el gobierno chino ni el indio se caracterizan por su fe en el laissez faire. La utilización de biocombustibles es una polÃtica deliberada impulsada por los paÃses desarrollados como alternativa a la utilización del contaminante, insumiso y cada vez más caro petróleo. La demanda especulativa de commodities se aceleró recientemente al ser tomada por los grandes jugadores de los mercados financieros como una alternativa frente a la debacle de los activos de riesgo de la economÃa norteamericana (crisis de las hipotecas). De esta manera, quienes se oponen a que el Estado interfiera las señales que envÃan los precios internacionales ponen por encima de la autoridad elegida democráticamente por los argentinos, la autoridad de los Estados chino, indio, de los paÃses centrales o bien la de los especuladores internacionales.
La eficiencia relativa de una determinada especialización tampoco puede medirse comparando los costos nacionales de producir soja o juguetes respecto de sus precios internacionales. Ese análisis macroeconómico de eficiencia parte de asumir que la fábrica de juguetes y quienes trabajan en ella podrÃan transformarse mágicamente en un campo de soja con peones laboriosos. Pero lo cierto es que la producción de soja depende de la disponibilidad de tierras, que es independiente de la especialización. Por lo tanto, la verdadera elección es soja y juguetes, o la misma cantidad de soja con la quiebra del empresario juguetero y la desocupación de sus ex empleados. No hace falta ser un gran economista para comprender que soja y juguetes genera un mayor ingreso por habitante que sólo soja y que, por lo tanto, es una especialización más eficiente.
Por último, la firma de tratados de libre comercio con paÃses más desarrollados productivamente significa un certificado de defunción para la industria nacional, que no podrÃa competir con la escala, salarios y/o tecnologÃa de naciones como China, India, Estados Unidos, Japón o Alemania. Se producirÃa un incremento brutal del desempleo y un achicamiento del mercado interno, que afectarÃa también a la producción de servicios y a los profesionales. Ese achicamiento de la economÃa nacional disminuirÃa el gasto de dólares por importaciones de insumos, maquinarias y turismo, permitiendo a la minorÃa ligada al negocio primario exportador volver a disfrutar de un mercado cambiario libre. La mayorÃa empobrecida no disfrutarÃa de esa libertad, ya que no tendrÃa ingresos para consumir (productos nacionales ni importados), ahorrar (siquiera en pesos) ni hacer turismo (aun dentro del paÃs)
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