La fortaleza que muestra la moneda brasileña genera problemas para su industria. El dilema que enfrenta el gobierno de Dilma Rousseff es contener la inflación sin incentivar el ingreso de capitales. Esta semana anunció un nuevo aumento de tasas de interés para mantener a raya la inflación, que superó el 6 por ciento en 2010. Pero esa suba de tasas atrae capitales golondrina, dinámica en la que ha quedado atrapada la economÃa brasileña pese a los elogios interesados del establishment financiero que disfruta de ese frenesà especulativo.
El nivel de crecimiento a lo largo de la última década, con un promedio de 4,4 por ciento, fue levemente superior a la media mundial, que rondó el 3,8 por ciento. Ese proceso le permitió exhibir significativas mejoras en los indicadores sociales. El desempleo cayó a la mitad y aproximadamente 20 millones de personas abandonaron la situación de pobreza por ingresos desde 2003. El contexto favorable de alto crecimiento global –previo a la crisis de las subprime– y el aumento en los precios de los commodities apuntalaron esta fase de expansión.
La mezcla de polÃticas ortodoxas y heterodoxas responde a los varios ensayos que registró la economÃa brasileña para abordar el problema de la inflación. Desde 1950 hasta 1982 exhibió tasas de inflación de dos dÃgitos, y hasta 1996 sufrió hiperinflación –en 1993 llegó a un 2708,6 por ciento– para luego estabilizarse desde ese año en niveles de un dÃgito. En esos años las distintas administraciones aplicaron distintas soluciones. En los ’80 se eliminaron los mecanismos de indexación y hubo congelamiento de salarios y precios. También buscaron reducir la liquidez, vÃa un aumento de las tasas de interés, y colocaron un ancla cambiaria, ligando la posibilidad de expansión monetaria a la entrada de divisas con el objetivo de lograr disciplina fiscal. Desde el nacimiento del real (1º de julio de 1994) las polÃticas de aumentos de tasas generaron reducción de la inversión hacia el sector real en proporción a la destinada a la especulación financiera.
El ministro de Hacienda brasileño, Guido Mantega, alertó sobre ese riesgo y solicitó a las autoridades del Banco Central de Brasil que aplicase otro tipo de medidas, diferentes a un aumento de tasas. Sin embargo, a un mes de la asunción de Rousseff, el BC elevó en dos oportunidades la tasas de interés para enfriar la economÃa, al ubicarla en el 10,75 por ciento, la más alta de la región y de los paÃses del G-20. La efectividad de esta medida se torna algo dudosa.
Las escuelas más ligadas a la ortodoxia consideran como causa de la alta inflación la indisciplina presupuestaria y monetaria. En este caso, un recorte fiscal y una contracción de la base monetaria deberÃan bastar para lograr el objetivo buscado, ya que para esta corriente de pensamiento el exceso de monedas conlleva un incremento en la demanda de bienes y servicios, y consecuentemente en los precios. Para los denominados endogenistas, en tanto, la inflación es consecuencia de determinadas rigideces estructurales de la economÃa. Entonces, el ajuste en la tasa de interés no servirá para contener el aumento de precios y, en cambio, generará distorsiones en el tipo de cambio.
El atractivo de Brasil para los mercados financieros derivó en una fuerte entrada de capitales. Esto se vio reflejado a partir de 2006 en superávits inéditos en la cuenta capital del balance de pagos brasileño, que compensaron los crecientes déficit de su cuenta corriente. La suba de la tasas de interés amenaza con retroalimentar esa tendencia, con consecuentes daños para la industria. Además, la mayor participación de las importaciones trasladará el movimiento de los precios internacionales de los commodities –principalmente de alimentos– a los de la economÃa doméstica brasileña, neutralizando asà los efectos de corto plazo del aumento de la tasa
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