Pasa lo mismo que con los perros. Alguien manifiesta el m铆nimo escozor, o una leve preocupaci贸n que se intenta disimular (pero que se evidencia en los ojos bien abiertos) ante la presencia abundante de botellitas de spry con espuma, y entonces las nenas empiezan a gatillar fren茅ticamente, sin desalentarse por las corridas de dos cuadras o las ca铆das con rasp贸n (de las que dejan huella). Este verano, en la mayor铆a de los 40 corsos porte帽os que se expanden por la ciudad, se alienta una din谩mica teatral a la italiana, en relevo de la pista o el trencito de murgas que caracteriz贸 otras d茅cadas, donde la masividad alentaba al movimiento continuo. No era como hoy, cuando la escena es m谩s est谩tica, menos masiva. 鈥淣o es como era鈥, dice Jos茅 鈥淧epe鈥 Maggio, de Los veladores de Floresta. La causa es la inmensa cantidad de corsos de car谩cter simult谩neo (todos los s谩bados y domingos a la noche) que compiten por robarse al poco p煤blico. 鈥淟os de la Avenida de Mayo de mi 茅poca eran majestuosos 鈥搒igue鈥. Las pibas no hab铆an perdido la verg眉enza (se帽ala a la gorda en topless). Las disfrazaban como princesitas. 隆Ese corso!鈥
En la calle Medrano, sede del corso de Almagro, las divinas (inspiradas en las de la telenovela Patito Feo) son representadas por varones de familias de la zona de Pompeya, que pisan fuerte, sacan cola, sacuden las trencitas y se limitan a hacer playback del tema que suena en el altoparlante defectuoso: 鈥淪omos las divinas, divinas de verdad鈥, repiten mientras dura su caravana. Marlena, la travesti que marcha un poco m谩s atr谩s, de una murga de Saavedra que se anuncia mediante un conjunto de bombos (y anticipa la fiesta o el horror para los t铆mpanos), los mira con superioridad. El paso de Marlena es gatuno, orgulloso a pesar de la renquera, pero sobre todo ensimismado. No se inmuta ante la embestida hostil de la barra que para en Medrano y Humahuaca, la que focalizando en el colaless que deja ver la contextura varicosa del muslo, le lanza una diatriba desaforada: 鈥淓a, pu... de mier, va鈥 a ver...鈥, en un dialecto que podr铆a pertenecer a cualquier barrio o naci贸n, fuera del mundo hispano.
Como en la TV
Es s谩bado, y los que miran desde las veredas enfrentadas detr谩s
de las vallas no tienen mucho que hacer m谩s que escuchar al cantautor/locutor de una desafinaci贸n que, lejos de espantar, lleva a admirarlo por la capacidad de negar sus defectos. Innova en el plano de la canci贸n de protesta, al no dirigirla a un poder pol铆tico/econ贸mico/institucional (lo cual podr铆a generar empat铆a inmediata) sino al vecino, quiz谩s al propio auditorio:
鈥揧o soy murguero porque as铆 me hicieron.../ yo toda la vida tuve que soportar a los vecinos que se quejaban.
No hay caras largas. En este 煤ltimo basti贸n de la identidad barrial, los que escuchan presuponen que se dirige a otros vecinos, m谩s espec铆ficamente los de Saavedra, porque el que canta es de Los enviciados por Saavedra. Como nadie lo abuchea, el tipo del micr贸fono sigue cada vez m谩s fuerte y dan ganas de salir corriendo, pero quien permanece se entera de que se logran picos de alusi贸n medi谩tica, como ya hab铆a dejado en claro la tribu de las divinas y vuelve con un nuevo c谩ntico del enviciado por Saavedra: 鈥淨uiero conocer a la virgencita de la TV.../ a Wanda Nara conocer茅.../ ay qu茅 chica aplicada.../ ay c贸mo tira el fideo...鈥. El in situ deja de ser central; la murga a帽ora la mediaci贸n; la vida est谩 despu茅s que la pantalla.
El colmo de la cultura popular es, aqu铆, desidealizar la calle para recuperar otros para铆sos: 鈥淰ermouth, papafritas y...鈥. Las remeras de todas las comparsas del corso de Almagro, tanto en Los rechinfles de Palermo como Los magos de Saavedra, citan rostros y leyendas de la TV, desde el que ilustra su nombre Nico con la cara de Homero hasta el que, con gusto retro, rodea la palabra 鈥楽ebas鈥 de una Pantera Rosa, un Droopy, un Tom y un Jerry. Todos van de frac, galera y corbat铆n que se ligan menos a la celebraci贸n de gala que al cotill贸n barato. La falsificaci贸n es lo corriente en estos corsos, donde cuando se menciona a Wanda Nara se presenta una travesti que hace muecas extra帽as con la boca, y en vez de un cantante hay un desafinado. En reemplazo de esa espuma suave, que se dilu铆a apenas tomaba contacto con la piel 鈥搒eg煤n se recuerda de los corsos de los 鈥80, con la misma actitud melanc贸lica del viejo Maggio鈥 hay un veneno que al posarse en la piel irrita y al distribuirse en la ropa mancha. La consulta dermatol贸gica posterior dictamina que la irritaci贸n es producto de una reacci贸n al茅rgica.
Chau, chau, chau
En el corso de Villa Crespo, en Scalabrini Ortiz y Velazco, hay exhibici贸n de dobles, ahora de un tal Garganta con arena que le canta a Pompeya mientras tres bailarinas sacuden pa帽oletas transparentes entre la multitud. Sus poses combinan cierta actitud como de Isadora Duncan con el estilo que se asocia a la dopada, puro extrav铆o que s贸lo 鈥渧uelve en s铆鈥 cuando una mano del p煤blico toma sus manos y se hace presente algo de una demagogia vista por TV. El Garganta con arena sigue cantando cuando los bombos se detienen y, a la rusticidad notoria de Los Girosos de Pompeya, cuya banda sonora s贸lo incluye percusi贸n, a帽ade una cierta megaloman铆a de las letras, generando un contraste brutal que lleva la escena muy cerca de la autoparodia. Dice, a capella, tapado por el griter铆o de las viejas que no quieren ser ba帽adas por esa espuma no alerg茅nica (de las nenas, que no se cansan nunca): 鈥淐on colores negro y blanco relucientes/ nos tenemos que marchar/ al mundo entero, se帽ores/ tenemos que entretener鈥, cuando una mayor铆a, aun cuando una mayor铆a reclamaba el cese de la intervenci贸n.
Lo que sigue despu茅s no es mejor: sube al escenario otro cultor de la reproducci贸n medi谩tica, que ahora mama de la f贸rmula tinellesca, cuando grita: 鈥淐hau, chau, chau...鈥, y no significaba que se estaba yendo su compa帽铆a (a la que le quedaba un buen rato), sino que 茅se era el cl铆max de su n煤mero vivo. El se hace el Tinelli, y despu茅s presenta m谩s actuaciones del conjunto de Pompeya, siempre con un bucolismo que espanta, cuando se atiende a la mirada encandilada de las gordas en bikini, abrazadas a los hombres y a los ni帽os en reivindicaci贸n del clan promiscuo y numeroso, componiendo c铆rculos, amalgamas; entre esta gente no se producen intentos de seducci贸n ni intercambios swinger sino una insistencia en la ronda de oraci贸n (a un Dios Momo) que, por su inocencia, y contrastada con c贸mo se ensa帽an las ni帽as con los viejos, es la representaci贸n realista de una lucha entre el bien y el mal.
El final a toda orquesta, a cargo de Los Girosos de Pompeya, llega con la conversi贸n de este rinc贸n bastante abandonado de Villa Crespo (ya que a Scalabrini Ortiz no le llegan, qui茅n sabe por qu茅, los destellos de los Palermos aleda帽os) en una r茅plica de suburbio veneciano 鈥搊tra vez la pasi贸n por 鈥渓a copia鈥濃 cuando irrumpen mujeres enmascaradas de caras blancas, pelucas bicolor, l谩grimas dibujadas en las mejillas y traje y gorro del tipo 鈥淎rlequino鈥 que favorecer铆an el traslado mental a la ciudad de las g贸ndolas, si no fuera por el comentario de una de las ni帽as a su abuela: 鈥淣ona, mir谩 el payaso鈥 (se帽alando a una mujer de mirada extraviada que se luce en una sola t茅cnica del arte del mimo: sabe armar ventana imaginaria y, por ah铆, asoma la cabeza. Si la nena hubiera dicho clown, habr铆a insertado a las murgueras en la commedia dell鈥檃rte. Pero dijo payaso. La se帽alada la escuch贸 y aprovech贸 la ocasi贸n para defender un estatuto que todav铆a representa un orgullo: 鈥溌oy murguera!鈥.
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