Desde Cerro Colorado
Atahualpa Yupanqui siempre habl贸 de su casa de Cerro Colorado como su lugar en el mundo. No s贸lo ensalz贸 este sitio en los versos de la famosa chacarera: No hay pago como mi pago, 隆viva el Cerro Colorado! En textos como El canto del viento 鈥搖na suerte de autobiograf铆a novelada鈥- describi贸 largamente lo que signific贸 para 茅l esta tierra, donde en los 煤ltimos a帽os de su vida se escapaba en cuanto pod铆a, en cada regreso a la Argentina. Aqu铆, en este paraje del norte cordob茅s de una belleza singular铆sima, que impacta al reci茅n llegado, se celebr贸 a pura m煤sica el centenario de su habitante m谩s ilustre, Atahualpa Yupanqui. Desde el mi茅rcoles pasado, y hasta ayer, d铆a de su cumplea帽os, por el Cerro Colorado pasaron m煤sicos, cantores y guitarreros para rendir su tributo a este hombre que, curiosamente, siempre se neg贸 a ser homenajeado con pompa y circunstancia.
El mi茅rcoles, ya desde la ma帽ana, la tranquilidad de este pueblo de 300 habitantes se vio trastrocada por las m谩s de 4 mil personas que terminaron reunidas por la noche, siguiendo el espect谩culo en el que Jairo, Juan Fal煤 y el bailar铆n Juan Saavedra retomaron la obra de Atahualpa, intercalando sus palabras e im谩genes. El show fue impecable, como siempre viniendo de estos artistas, respetuoso de su origen, cuidado en sus detalles. El marco, imponente, con el cerro colorado como fondo silencioso. No fue la 煤nica nota musical de la jornada: desde las seis de la tarde, frente a la capilla del pueblo, en la calle principal ahora transformada en peatonal, se realiz贸 una 鈥渧igilia yupanquiana鈥 en la que numerosos artistas de la zona cantaron, tocaron y bailaron. La vigilia continuaba ayer, con artistas cono Suma Paz y Jos茅 Ce帽a.
Hubo m谩s: durante todo el d铆a se expuso una muestra sobre el Cerro Colorado, mezclada con un par de libros de y sobre Yupanqui que se exhib铆an y se vend铆an. Y otra muestra de artistas pl谩sticos de la zona dentro de la capilla del pueblo, y un paseo artesanal en el que se exhibieron artesan铆as en madera, cuero y piedra, y tambi茅n productos t铆picos de la regi贸n, desde tomillo y carqueja hasta caf茅 de algarroba y mistol. Eso s铆: la afluencia de p煤blico super贸 en tal medida las expectativas que despu茅s del mediod铆a se qued贸 sin comida el restaurante m谩s importante del pueblo, a cargo de la se帽ora Susana (una suerte de mandam谩s y gu铆a imprescindible del lugar, capaz de habilitar una entrevista con el oficial del destacamento con una tarjeta personal de recomendaci贸n). Lo que primero vol贸, claro, fue el men煤 estrella del lugar, el infaltable cabrito.
Rumbo a
Cerro Colorado
Partiendo hacia el norte desde la capital cordobesa, por la Ruta nacional 9, el paisaje va mutando a medida que avanzan los kil贸metros. Pasan los campos sembrados, las 4x4 de la soja, localidades como Colonia Caroya, con los cartelones que invitan a probar los famosos salames del lugar, Jes煤s Mar铆a, donde cada enero se hace el Festival de Doma y Folklore. Al costado de la ruta, los cargamentos de melones, sand铆as y duraznos ofertados a buen precio, cada tanto alg煤n asentamiento gitano, con carpa y todo. Los circuitos cercanos de ruinas jesu铆ticas, m谩s adelante el desv铆o a un sitio hist贸rico, Barranca Yaco. Se dobla al llegar a Santa Elena y finalmente aparece el cartel que anuncia: 鈥淏ienvenidos a Cerro Colorado, Reserva Cultural y Natural鈥. Enseguida aparecen referencias hacia las localidades que nombra la chacarera: 鈥淐aminiaga, Santa Elena, El Churqui, Rayo Cortado... No hay pago como mi pago. 隆Viva el Cerro Colorado!鈥. Son 160 kil贸metros desde la capital cordobesa que transportan a un paisaje totalmente diferente.
En medio de esta tierra colorada, el cerro atrapa con sus colores y formas caprichosas: grutas, cavernas, aleros, oquedades creadas por miles de a帽os de erosi贸n, piedras rojizas, o rosadas, o grises, o verdes, ricas en ocre u 贸xido de hierro. De la vida aborigen entre estas tierras queda un tesoro que hoy es protegido por la reserva: m谩s de cien aleros guardan unas 35 mil im谩genes de arte rupestres, pictograf铆as en tres colores, obtenidos a partir de minerales de la regi贸n. Adem谩s de ser una reserva cultural y natural, el Cerro Colorado fue declarado Monumento Hist贸rico Nacional en 1961, y Parque Arqueol贸gico Nacional en 1957. El r铆o Los T谩rtagos 鈥揳l que Yupanqui bautiz贸 鈥淎gua escondida鈥 a partir del tramo que pasa junto a su casa鈥 termina de dar marco a este paisaje 煤nico. As铆 es que no hace falta pensar mucho por qu茅 Yupanqui, que hab铆a recorrido el pa铆s, en contacto 铆ntimo con los paisajes y los habitantes de cada regi贸n, eligi贸 este lugar como su lugar.
Celebrando a Yupanqui
De a poco, cantores, ballets y delegaciones de a caballo de toda la regi贸n se fueron dando cita para el homenaje yupanquiano: Quilino, De谩n Funes, San Jos茅 de la Dormida, Villa del Totoral, Cerro Colorado... Un escenario improvisado frente a la capilla serv铆a de punto de reuni贸n para la 鈥渧igilia鈥. L谩stima el micro gigante de LV3, estacionado ah铆 al lado, que al intentar salir de entre la tierra colorada rompi贸 todos los 谩rboles y suspendi贸 durante un rato el homenaje. A lo largo de la peatonal, mientras tanto, el norte cordob茅s exhib铆a sus virtudes culinarias: hierbas, salames, dulces de higo o cayote, arrope de miel, colaciones, licor de peperina, dulces de algarroba, dulces de leche y queso de cabra. A un costado, el Grupo de Caprineros Unidos de Quilino mostraba unos cabritos aseados para la ocasi贸n, aclarando que ten铆an otros para la venta, a unos 80 pesos cada uno.
Hay que trepar largos metros por el cerro para llegar a la casa de Atahualpa, ahora transformada en museo y en biblioteca popular que lleva el nombre de Pablo del Cerro (el seud贸nimo de Nenette, 煤ltima esposa de Yupanqui, que compuso la m煤sica de varios de sus temas). All铆 el paisaje se vuelve m谩s bello a煤n. La casa de Yupanqui guarda objetos personales, y un recorrido apresurado produce una molesta sensaci贸n de intromisi贸n. All铆 est谩 la Remington del cantor, el piano Erard en el que compon铆a Nenette, premios varios, una acuarela de Quinquela Mart铆n autografiada: 鈥淎l amigo Atahualpa Yupanqui, por su alma de artista鈥; un retrato de Guayasam铆n, del que se conserva s贸lo una copia.
Tambi茅n hay muchas fotos, como la del Grupo Aconquija, que integraba un jovenc铆simo Yupanqui con un igualmente joven Eduardo Fal煤, o una que muestra a Atahualpa y Nenette entre las piedras del r铆o que baja a pocos metros, junto a la casa. Se los ve felices. Est谩 la invitaci贸n al concierto en el que Edith Piaf present贸 a Yupanqui en Francia, en 1950: 鈥淓dith Piaf cantar谩 para usted y para Atahualpa Yupanqui鈥, dice el poster, y propone descubrir 鈥渓as maravillosas canciones de los gauchos鈥, 鈥渓as danzas y canciones indias de Am茅rica del Sur y de las Antillas鈥. Una m铆tica foto Korda del Che autografiada, regalo del padre de Guevara. Una carta de Jack Lang comunic谩ndole su nombramiento como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras. Y muchos pasaportes, y cartas, y papeles personales. Afuera, al pie de un roble a帽oso, descansan los restos de Yupanqui, junto a los de Santiago 鈥淓l Ch煤caro鈥 Ayala. No hay ninguna inscripci贸n que los nombre, pero todos los que llegan hasta all铆, a veces en actitud de peregrinaci贸n, lo saben. En cambio, otras palabras de Yupanqui, escritas en piedras, custodian el lugar: 鈥淎migo es uno mismo en el cuero del otro鈥, dice una.
No falt贸 en el encuentro el toque oficial de rigor: Kolla Chavero, hijo del homenajeado y presidente de la Fundaci贸n Atahualpa Yupanqui, entidad promotora de la iniciativa de este homenaje, presidi贸 la recorrida por la casa-museo de su padre para periodistas y funcionarios de la provincia de C贸rdoba. M谩s tarde lleg贸 el mism铆simo gobernador para descubrir una placa de homenaje. Tampoco falt贸 quien se preguntara lo que estar铆a pensando el viejo Yupanqui desde abajo de su roble, a pocos metros de su casa, donde est谩 enterrado, viendo pasar a tanto funcionario de turno que llega para la foto en su nombre.
Es sabido que Don Ata les escapaba a los homenajes, que siempre, desde su sabidur铆a, le provocaban desconfianza. 鈥淣o me siento elegido para ninguna clase de homenaje. Y Tata Dios sabe que digo la verdad, me imagino en una cabecera, y casi le dir铆a que me causa risa verme objeto de lisonjas y amabilidades, y homenajeado por el solo hecho de haber seguido el rumbo de mi vocaci贸n. Y por ser vocaci贸n, precisamente, es tan f谩cil, tan grato, tan natural鈥, le escrib铆a en 1964 a su amigo Pedro Iribarne, de Coronel Dorrego, rechazando un tributo. Conclu铆a la carta sugiriendo otro tipo de homenaje: 鈥淧ialen un ternero y churrasqueen en un galp贸n viejo. Yo estar茅 con usted, con ustedes, como un amigo m谩s. Y que no se enteren los diarios ni los fif铆es, entre corte y corte de un costillar nos miraremos con el rabo de los ojos, sabiendo todos por qu茅 y para qu茅 estamos鈥.
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