Son varias y una promulga más amor que la otra. Atadas con cinta de muselina las cartas dicen amor, amor y otra vez amor hasta que la palabra untada de sueño ya es vigilia invadida. Quien las escribe es Rebecca, la viuda de Schröter y quien las recibe es Haydn, el padre de la SinfonÃa de los adioses. Esta Rebecca, la mujer inolvidable que el bautismo a futuro de Daphne du Maurier convirtió en dogma, era una heredera escocesa de Londres a la que la sociedad que le tocó en suerte definÃa como amante de la música –cuando decÃan música querÃan decir músicos– y que llegó a la vida de Haydn pidiéndole ser su alumna de piano, “feliz verle si no es un inconveniente para usted darme una lección†le dijo como antes le habÃa dicho al profesor Schröter en la intimidad de su casa mientras organizaba a escondidas un matrimonio poco conveniente para las pretensiones de clase de sus padres.
Rebecca Scott y Johann Schröter –un inmigrante alemán que enseñaba música a las damas de clase alta y palacio– se casaron sin devociones familiares y con algunos intentos disuasivos con ofertas de dinero incluidas en julio de 1775. Los Scott no tuvieron éxito y el matrimonio de su hija duró más de diez años, hasta que Johann murió en noviembre de 1788 en el número 6 de James Street, Buckingham Gate, casa en la que Rebecca continuó viviendo y desde donde escribió después las cartas de amor para Haydn. Una vez más Rebecca se habÃa enamorado de su profesor de música. El romance fue todo lo secreto que la época permitió ser y las cartas de pasión adicta estuvieron al resguardo de ojos ajenos. Fue Haydn quien las copió –la edición y el subrayado que tacha nombres y lugares son de su autorÃa– en su “cuaderno de Londresâ€, razones de vanidad, razones de inspiración o ambas. Ella tenÃa casi cuarenta años, él más de sesenta y durante el tiempo que Haydn estuvo en Londres compartieron la comida de cada noche, “si no tenÃa otra invitación por lo general comÃa con ellaâ€, le confesó el músico a uno de sus biógrafos. él estaba casado y además acababa de pelearse con una de sus amantes (la cantante Luigia Polzelli).
Amores fervientes, constelación de avances y fugas reiteradas, eran vida cotidiana en el devenir del músico que Londres llamaba “el Shakespeare del pentagrama†y que era amigo de Mozart y maestro de Beethoven. Poco más se sabe o se inventa sobre los secretos encuentros amorosos del profesor y la alumna, Haydn no transcribió las cartas de despedida –si las hubo– cuando volvió a su Austria natal antes o después de olvidarla dedicándole trios para piano (Trio in D major, Hob.XV:24 Trio in F? minor, Hob.XV:26). Un olvido tan irreal como el de las cartas perdidas. Cuando el siglo cambiaba Rebecca abandonó su casa de James Street y se mudó a Camden donde murió mientras el Reino Unido celebraba elecciones generales. Su amor editado afiló el borde de las palabras para que suenen eternas, “cuan desgraciada me siento cuando no puedo veros (...) Mi amor. Fue una verdadera pena verlo partir tan de repente la noche pasada (...) usted es lo más querido todos los dÃas de mi vida†y restauró el retrato de seductor irresistible en el que siempre posa Haydn. Dicen que Rebecca, la heroÃna rosa de cualquier posible pelÃcula sobre la Londres del siglo XVIII nunca se alejó de Haydn aunque las distancias y las fronteras insinuaran lo contrario. Lo confirma la profecÃa de su nombre y el amor en perplejidad ciempiés condenado a condenar los gestos de abandono que los bemoles protegen cuando suenan como suena un encuentro.
© 2000-2022 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados
Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.