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Viernes, 11 de noviembre de 2005
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URBANIDADES

Encierros cat贸licos

(o una serie de recuerdos compartidos como para llamar a las cosas por su nombre)

Por Marta Dillon
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Debo confesar que la mayor parte de mi formaci贸n escolar fue en escuelas cat贸licas. Es m谩s: como nieta de cat贸licas, he crecido con la perfecta conciencia de que el sexo era una mancha 鈥搊riginal鈥 de la que no pod铆amos librarnos ni con lej铆a, aunque s铆 ocultar pudorosamente bajo polleras largas y cuellos cerrados hasta el 铆dem. Otro conjuro posible era mantener una distancia prudencial de las propias partes 铆ntimas, am茅n de las murallas que era necesario levantar entre cualquier representante del sexo opuesto y una. Pero, aun as铆, recuerdo como si fuera hoy la primera vez que escuch茅 la palabra coger, dentro de la escuela y cuando a煤n no hab铆a dejado el segundo grado. Vino una nena haci茅ndose la canchera, mientras esper谩bamos que nos pasaran a buscar, y me pregunt贸 si sab铆a lo que significaba, para despu茅s dar una explicaci贸n anat贸mica perfectamente descriptiva del coito heterosexual en su parte m谩s mec谩nica. Ante nuestras caras de asco 鈥搚o estaba con otras compa帽eras鈥, abund贸 en detalles sobre besos de lengua con intercambio de saliva que nos result贸 igualmente asqueroso e imposible de pensar. La verdad es que, a pesar de que mi abuela me hab铆a dicho m谩s de una vez que no deb铆a andar en bombacha por la casa, la versi贸n mec谩nica del sexo no entraba en mi universo, al menos no en esas palabras, im谩genes y otras cosas, perturbadoras por cierto. Ese d铆a me fui a tomar la leche a casa de una amiga que ten铆a una hermana menor, y como nos hab铆amos quedado inquietas, no se nos ocurri贸 mejor idea que mandar a la m谩s peque帽a a preguntar a su madre qu茅 era coger. La respuesta fue un reto monumental que nos dio mucha verg眉enza, aunque no termin谩bamos de saber por qu茅. Nadie nos dio ninguna otra explicaci贸n y tampoco me atrev铆 a repetir la pregunta delante de mi madre, con un reto por d铆a era suficiente. No pas贸 mucho tiempo hasta que descubr铆 que era verdad lo de los besos de lengua; me lo confirmaron unas chicas de la secundaria de la misma escuela cat贸lica, de misa cada viernes y confesi贸n obligatoria el primer viernes de cada mes.

Y qu茅 tema, la confesi贸n de los viernes. A帽os de primaria sin saber qu茅 cuernos confesar m谩s all谩 de las malas palabras, las peleas con los hermanos y, en 煤ltimo caso, alguna mentirilla tendiente a conseguir perd贸n por los deberes no hechos. Pero llegaron las salidas con chicos, los asaltos 鈥揺sos de bebidas y comidas para uno y otro sexo鈥 y los primeros besos. 驴Era pecado darse besos? 驴O era pecado s贸lo abrir la boca? Despu茅s 鈥搉o mucho despu茅s, a los 13 o 14鈥 empezaron las preguntas comprometidas que iban dejando a un grupito de p煤beres al final de la maldita cola del confesionario: 驴le digo que me toc贸 una teta? 驴Y si me toc贸 la cintura casi hasta abajo de la espalda, pero no completamente? 驴Es necesario dec铆rselo al cura, de quien todas desconfi谩bamos por esa insistencia en apuntar sus dedos 铆ndices juntos y justo entre el escote del jumper? Ah铆 escuch茅 una de las s铆ntesis m谩s perversas de la internalizaci贸n del discurso cat贸lico: 鈥淧ara m铆, no es pecado que te toque la teta 鈥揺l novio de turno鈥, lo malo es gozar con eso鈥. Joder, a m铆 ni siquiera se me hab铆a ocurrido gozar, tan preocupada estaba por detener el aluvi贸n de manos que los varones de la escuela cat贸lica del barrio lanzaban sobre los virginales cuerpos de las chicas de mi escuela.

De buenas a primeras, casi como una reacci贸n en cadena, cuando est谩bamos en tercer a帽o 鈥損romedio quincea帽eras鈥 las chicas del Saint Brigid鈥檚 empezamos a... coger. Y sencillamente aprendimos a mentir en el confesionario, en los largos retiros espirituales en los que se reflexionaba sobre el beso y otras antiguallas para chicas tan activas, eso s铆, educadas en una escuela cat贸lica y con una educaci贸n sexual acorde. Porque educar, nos educaron. Es m谩s: la educaci贸n sexual comenz贸, como aqu铆 relato, en la m谩s tierna infancia. L谩stima todo lo que tuvimos que remontar en relaci贸n con dejar de ver a los varones como una amenaza, de dejar de rezar novenas completas s贸lo porque nos hab铆amos tentado en la ducha y, bue, hab铆amos hecho algo que no sab铆amos qu茅 era, pero nos hab铆a gustado.

Tan determinadas est谩bamos por los est铆mulos externos de los que ten铆amos que defendernos a capa y espada 鈥搇l谩mense varones despertando a su propia sexualidad y pecados aparte, dispuestos a consumar lo que estaban llamados por 鈥渘aturaleza鈥 a consumar鈥, que ni siquiera nos quedaba tiempo para preguntarnos qu茅 era eso de tocarse cuando el sue帽o no ven铆a, o en la ducha, por puro placer. Creo haber afirmado alguna vez, por puro desconocimiento, que nunca me hab铆a masturbado; m谩s o menos a los 17.

Comparto estos recuerdos, que no duelen, aunque me atormentaron lo suyo mientras fui creciendo 鈥搒i fui expulsada de dos escuelas cat贸licas, una local y otra mendocina, fue por razones m谩s nimias para m铆 que mi vida sexual鈥, porque no termino de entender si es que la grey cat贸lica est谩 ciega o nos toma a todos y todas de p谩nfilos/as. Y eso que he ahorrado aqu铆, s贸lo por ser blanca, por ser pura, la sucesi贸n de abortos 鈥搈uchos obligados por padres y madres cat贸licos鈥 que hac铆an temblar el curso (en tercero o cuarto, aun en segundo a帽o) de culpa y terror; igual que los castigos supremos por haber encontrado en alg煤n pupitre p铆ldoras anticonceptivas que nos recomend谩bamos unas a otras.

Es cierto, alguien puede apuntar con raz贸n que termin茅 mi ciclo escolar hace 20 a帽os, pero si ya entonces las ni帽as cristianas nos educ谩bamos del modo en qu茅 lo hac铆amos, c贸mo ser谩 ahora. En cuanto a la otra parte, el cuerpo docente y religioso, a juzgar por las cosas que se escuchan en homil铆as, diarios y ep铆stolas, las cosas tampoco parecen haber cambiado tanto. Pero, 谩nimo, todav铆a pueden hacerlo.

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