En la cuadra de Mansilla entre Güemes y Agüero se levanta un edificio que fue magnÃfica casa particular. Francesa, elegantÃsima, próspera, la casona supo tener un enorme jardÃn trasero, galerÃas abiertas en planta baja y alta sobre un largo patio lateral. Pero hace más de veinte años que el conjunto fue destruido con una intervención patética en su falta de elegancia, para transformar la residencia en escuela de diseño, nada menos. Era el cuartel general de Elsa Serrano y del espacio original sólo se salvaron el hall de entrada y tres ambientes de cerramientos de roble, el resto fue tomado por una serie de losas de hormigón y espacios de Ãnfima calidad material y conceptual. El bodrio se completa con el detalle de que la noble fachada de sÃmil piedra fue recubierta con salpicré, esa moda sesentista que deja los edificios con el mismo aspecto de un canelón gratinado.
Pues este jueves el caserón francés dio el último paso en su dura decadencia al ser rematado como demolición. Primero semidestruido por la reforma y ridiculizado su frente, ahora se lo pudo ver vacÃo y con cada elemento numerado como un lote. Si se subÃa por la escalinata principal, de mármoles europeos, se notaba en la pared, escrito a marcador, el número de lote. Si se admiraba el estupendo vitral del hall del primer piso –intacto en cada elemento– se veÃa también una flechita al lado con otro número. En la planta baja se mostraban puertas de las originales y de las nuevas, cada una con su número, lo mismo que una chimenea muy elegante de piedras blancas. Cada ambiente original ostentaba un cartelito avisando que se vendÃan los pisos de pinotea –lote 88– y la tiranterÃa de los techos –lote 89–. Ni el patio se salvaba, porque sus granÃticos blancos y negros también se vendÃan.
El efecto resultaba casi pornográfico, una compra de animales destinados al degüello. La demolición ya comenzó, el lote es amplio y en esa zona se pueden edificar todavÃa más torres, y todo será olvidado. La falta de imaginación es tal que ni siquiera se construirá integrando la fachada original al nuevo edificio, como hacen algunos pocos arquitectos creativos. Y, por supuesto, este acto de barbarie es perfectamente legal, porque seguimos sin una ley que nos ponga al nivel de sociedades civilizadas.
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