Estaba una Nochebuena en su casa de Atopia, trabajando hasta tarde, iluminado sólo por el resplandor de la pantalla del pesado y grueso monitor de su obsoleta PC, el generoso Scrooge. Era una de aquellas noches de diciembre del hemisferio sur, tan pesadamente calurosa que el aire mismo parecÃa hincharse como un odre lleno de vino rancio. Afuera, el cielo estaba a punto de estallar en una de esas lluvias temperamentales que en verano convierten a Atopia en una sucursal del trópico. Por la ventana, abierta de par en par, una brisa perezosa amagaba con entrar arrastrándose pero se detenÃa, tÃmida, antes de ingresar a la casa de Scrooge. A lo lejos se oÃa una masa de griterÃo de chicos, explosiones de petardos y gemidos de perros con los tÃmpanos heridos por el ruido de los petardos. La mezcla era atravesada de tanto en tanto por ráfagas de cumbia a todo volumen, provenientes de alguna moderna camioneta tuneada cuyo equipo de audio iba emitiendo a su paso un sordo bum, bum, bum, que hacÃa chirriar los vidrios de las casas.
Por eso le pareció mera imaginación de su mente agotada cuando oyó sonar el timbre de la puerta de calle. Eran, para entonces, las doce menos cuarto. "Sea quien sea, llega justo a tiempo para brindar", pensó agradecido el generoso Scrooge, quien en la prisa por terminar el trabajo dentro del plazo estipulado no habÃa salido ni siquiera a comprar una sidra. TenÃa (fue recordando mientras bajaba las escaleras; al menos vivÃa en un primer piso) una botella de piña colada sin abrir, sobrante de las fiestas de un año atrás... En el umbral se presentó un hombre joven, pálido, trajeado como para un funeral.
-Tenga usted una muy feliz Nadidad. ¿Ebenezer Scrooge?
-SÃ, soy yo.
El joven le estrechó la mano derecha. En la izquierda llevaba un maletÃn.
-Mucho gusto. Mi nombre es Marley. Soy un espÃritu de las Nadidades perdidas, representante de EspÃritus de las Nadidades Perdidas (Ghosts of Christmas Lost) S. A. Hemos elegido su nombre al azar de entre una lista de lectores de Charles Dickens y venimos a ofrecerle una oportunidad única de transformar completamente su vida.
"Qué irá a venderme ahora", se preguntaba para sus adentros el generoso Scrooge. Y temblaba, porque se sabÃa incapaz de negarles una moneda a los vendedores ambulantes, cuidacoches, malabaristas callejeros, changarines y mendigos. Pero dijo:
-Adelante. Disculpe el desorden, es que estoy tapado de trabajo.
-Bueno, qué suerte -comentó jadeante el vendedor, o lo que fuera, mientras los dos terminaban de subir las escaleras y el generoso Scrooge abrÃa la puerta. El autodenominado Marley alcanzó a pedirle permiso en un suspiro exhausto antes de apoyar el pesado maletÃn en la mesa del comedor. Lo abrió: era una notebook.
-Siéntese, por favor. ¿Desea tomar algo?
-Gracias, es usted muy amable, pero no tengo tiempo. Tengo que seguir visitando a varios lectores más antes de que se emborrachen o se empastillen y se duerman. Le haré sólo una pregunta.
-Pregunte, nomás.
El joven seguÃa de pie.
-Responda por favor con nombre y apellidos completos. ¿A quién de todos sus familiares, parientes, amigos y conocidos usted más desea ver en este momento?
-A mi hermana Fan Scrooge, hoy más conocida como la señora Dick Wilkins. -Su deseo es concedido -dijo el intempestivo visitante mientras la hora 24 estallaba en el estrépito de la medianoche nadideña: el primer minuto del 25.
-Feliz Nadidad, amigo Marley.
-Feliz Nadidad, señor Scrooge.
Y por la pantalla pasó el brindis de Nochebuena en el salón principal del country de la dichosa familia Wilkins. Animado por el espÃritu nadideño y por el frescor del aire acondicionado, tratando de no manchar el mantel de lino, Dick destapaba un champagne de primera calidad mientras la mesa revelaba las sobras de un opulento lechón asado con acompañamiento de ananás, cerezas y toda clase de confituras. Los esposos Wilkins brindaban y se besaban mientras sus dos hijos pequeños corrÃan hasta el enorme arbolito, decorado con mil diodos LED de colores, a desempaquetar los carÃsimos regalos del Niño Dios: autitos de verdad, peluches de dos metros de alto y dos de ancho. A cada rato se oÃan los alegres ringtones de los cuatro teléfonos celulares, que cuando no estaban sonando hacÃan brillar sus flashes sobre las caras sonrientes.
-Y de mà ni se acuerda... ¿Alguien de mi familia me tendrá presente esta noche?
El misterioso visitante pulsó unas teclas. Casi al instante, en su pantalla de cristal lÃquido se dibujó el rostro del querido primo Fezziwig, a quien el generoso Scrooge habÃa ayudado a levantar su fábrica de implementos agrÃcolas allá por 2002. Alrededor de un tablón sobre dos caballetes, repleto de porrones vacÃos, una horda de sobrinos de entre once y veinticinco años (todos varones y todos vestidos Ãntegramente de negro con remeras holgadas, vaqueros bombilla, zapatillas, aritos, tachas y pelos revueltos) se peleaban por ver quién encendÃa y lanzaba primero al aire una bengala rosa.
-No sean boludos, se pueden matar. Ustedes son más boludos que el tÃo Scrooge.
Después de este agrio comentario de papá Fezziwig, todos rieron, distendiéndose.
-¡Dios mÃo! -clamó Scrooge. -¿Puede ser que toda la gente sea tan ingrata?
Un par de pases mágicos electrónicos más y en la pantalla Scrooge pudo ver, en medio de un antro de mala muerte, a una mujer madura (o quizás en el comienzo de la edad mediana, pero ya prematuramente ajada) que abofeteaba con crueldad la cara de una morenita flaca de veinte años en ropa interior de seda roja con encajes negros. La muchacha lloraba sin consuelo. Las rodeaba un sórdido corrillo de hombres borrachos y otro de mujeres con aspecto de muertos vivos. El foco se abrió y Scrooge pudo ver sobre ellas un letrero de neón que decÃa: CABARET SCROOGE. Como en una pelÃcula, le vinieron a la mente fragmentos de una escena olvidada: una chica como aquella, quince años atrás, pidiéndole dinero para dejar de prostituirse y poner un bar. Él se lo habÃa dado. Todo el dinero necesario, porque entonces lo tenÃa y porque desde que habÃa visto la pelÃcula Taxi Driver siempre habÃa soñado con salvar a una prostituta joven de un destino terrible. ¿Se habÃa transformado aquella beldad desvalida en esta madama monstruosa que ahora explotaba y humillaba, multiplicadas, a chicas que reproducÃan su pasado? El tema estaba de moda en los diarios, que Scrooge siempre leÃa, de modo que él sabÃa lo que redituaba el negocio de la trata de personas. Lo sabÃa además de primera mano por aquella mujercita... quien hoy le estaba agradecida, sin duda.
-Basta. ExplÃqueme qué falló.
La computadora portátil enseguida desplegó unos gráficos en dos columnas que describÃan a dos grupos de generosos: "los que dan con amor" versus "los que dan por culpa". El visitante le leyó a Scrooge el gráfico en voz alta y luego aclaró:
-Usted pertenece al de los que dan por culpa. Cambie al de los que dan con amor.
Y, dicho esto, desapareció en la noche llena de fuegos artificiales y risas.
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