El lunes le dijimos adiós a la última hermana de mi abuela Tata, quien, entre alaridos y una particular forma de mendigar amor, suspendió un latido tras otro. Los pensamientos fueron haciéndose de hielo.
Entre las calles chirles una camioneta la trasladó a Wheelwright donde hace años yacen los restos de su amado esposo, El Negro, y, como habÃa pedido hasta el hartazgo que, sin velorios, flores o truenos, la lleváramos ahÃ, un pequeño grupo de familiares y amigos esperó su cuerpo en el sendero de las simples cosas de la vida, miró la madera sin puntos en las Ães y allá la dejamos en la mitad de marzo.
Una tÃa abuela es el abismo del tiempo, tal vez la vejez descubridora de coraje en milésimos; verla, conversar con ella, que me contara de mi Tata representaba para mà el poder hacer con lo rugoso o lo pulido de este mundo dado que entre hermanos se habÃan criado solos en la Argentina estrecha de los años 30, descifrando (sin madre, con un padre apenas presente) el modo de no ser un pobre diablo.
Y es cierto, no lo fueron, ella misma no lo fue, al contrario, formaron parte (y forman parte) de los que salieron de la miseria extrema, adquiriendo mucha menos desesperación que paciencia al llegar a los lÃmites del hambre y el abandono; la tÃa Estela y mi abuela Tata eran las únicas mujeres entre los hermanos y por eso mismo se transmitieron artesanÃa culinaria, formas de almidonar, feminidad, palabras de aliento y otras pastillas para abonar el existir.
La muerte de esta tÃa abuela me hace pensar en los senderos de los viejos todos, en que cuando mueren no son sólo un cúmulo de hematÃes, plaquetas y leucocitos que se secan sino los que exorcisan a la inexperta juventud, haciendo de goma a todo aquél que los da por chiflados.
Los viejos no están locos, poseen la insurrección que da la verdad al pasar por su forma menguante, llena y creciente varias veces. El apagón les llega debidamente autorizado cuando Dios, ese fulano presuntuoso, apaga bravura y coraje, no sólo el calcio de unos huesos.
Se fue mi tÃa abuela entre cosas blancas e indefensas, con la seguridad de sus actos en vida, la molestia de morir sin el canon de sonrisas que decÃa necesitar, y a su vez el furor de la salud a toda costa y mis recuerdos que están en esta hoja.
Los viejos van a la vanguardia de las cosas, combaten inmadurez extrema, terror de madrugada, todo con la cordura de los que adquirieron tacto.
Ella se fue hablando consigo misma, se reflejaba en el espejo algún dolor viejo pero intacto, como casi todos los mayores que se nos van de las manos desviando la vista del calendario, en un tiempo que también será el mÃo, el tuyo, lector, mañana, en algunos años, cuando el calor de vivir sea mucho mas intenso del que creemos.
Ellos mueren calientes y frescos aunque los supongamos al borde del camino.
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