En el fondo de la casa de los primos Luises - José Luis y Luis - descubrimos la tumba abierta a flor de tierra: un rectángulo hecho desprolijamente y en cuyo piso habÃan depositado arpilleras. -¿Y el muerto? -Está helado, sonrió José Luis. Ahà llega. En efecto, mi papá y un tÃo del campo traÃan la barra casi corriendo, mitad porque temÃan que se les cayera y mitad porque era tan helada que les quemaba las manos. La depositaron con cuidado en el fondo. - Ahora van las botellas y encima el picado, dijo el otro Luis, el LuÃ, el mayor, el que ya fumaba. TenÃa las manos en los bolsillos de sus pantalones blancos. La remera falsa Penguin le abultaba en el bolsillo por los Clifton con que alardeaba. TenÃa novia, era una negrita con un culo precioso y soleras que dejaban ver unas tetas iguales de lindas. El Luà se acostaba también con la otra, su hermana, una petisita rubiona que atendÃa el kiosco de enfrente. Estaba casada con un gendarme que casi nunca estaba y tenÃa dos crÃos. A todas vistas, comparada con la morocha era casi una nada, pero El Luà decÃa que ninguna presa se desprecia y que "la experiencia que no tiene la hermana la tiene la Inés, cazan". Como conjurada, con la excusa del movimiento en el barrio habÃa salido a barrer la vereda de tierra, espiando a su macho joven, con el palo con la lata en la punta que servÃa para separar las inmundicias de la zanja del agua más clara. Le quitaba femineidad y afeaba aún más la postal de su casita baja, tristona y rebocada. Un vaho de acequias pútridas, como de lluvia en fermentación nos llegó bajo las narices. Ella saludó al montón sin sonreÃr. Al rato, en tanto los machos de la familia cinchaban entrando los tablones y los caballetes, atinó a pasar por la vereda la morocha de nombre Susi y se entretuvo con Luà bajo la sombra de un paraÃso que cobijaba a un palenque y un banco de piedra donde la pareja se sentó a charlar despacio. Enfrente, enmarcada por la ventanita corrediza del kiosquito, espiaba la hermana y nosotros, ajenos al trabajo, gatos flacos con sus anatomÃas vÃrgenes y en expansión hablábamos de fútbol mirándoles las tetas a la negrita. Cerca pasó zumbando el LuÃ. Me voy para la casa de ella, los padres se fueron, nos guiñó un ojazo celestón, ganador y pendenciero. Desde el kiosquito se levantó un humo de discordia. Pudimos hasta sentir rezumar el veneno y el chirriar de los dientes de sable de la tigra Inés. Luego sobrevino la tardecita de arrabales pobres, con sus caballos que nadie reclamaba y que se metÃan hasta en las casas, su olor a polvareda nunca aparecida pero que vaticinaba malones secretos, levantamientos de la indiada tras los montes de eucaliptus y el bañado, galopes en el horizonte, un tranvÃa que giraba lento, allá por la avenida para volver a su recorrido por la vÃa opuesta. La fragancia de lavanda anticipó a Inés, quien en un gesto de audacia inusual asomó el morro pidiendo un poco de hielo. Mi tÃo Francisco se apuró a servirla y le miró el ojete cuando ella se iba a su casa. -Chist, le chistamos para ponerlo en evidencia: habÃa salido de la última internación hambreado e infantil como nunca. Se rÃo y dibujó la seña inevitable del talle femenino para luego llevarse la mano al moflete en el gesto de aceptación. Luego de la sobretarde cayó como una sombrilla la noche plena y nos sentamos al patio, bajo la parra, donde un cerdito niño muerto aún esperaba en el centro y las sidras se abrieron con anticipación y empezaba a correr la cerveza. Bebidas extraÃdas del pozo aquel donde el hielo abrazaba los envases para conferirles una temperatura única. -¿Che y el LuÃ? reclamó la Hilda en un extremo. Se apareció desde adentro de la casa. HabÃa entrado por los fondos seguramente, por el caminito del maizal y lucÃa sonriente su postura de actor, ahora en remera azul y aun con el pelo mojado. Enfrente, en medio de la fusilerÃa aislada de cuetes ya se oÃa la cantinela de todos los años: discutÃan el gendarme y la Inés, como siempre. - Algún dÃa se van a matar a tiros. Y todos los chicos giramos la cabeza donde estaba el Luà que sostenÃa impasible como un duque una charla con la horrible tÃa Margarita. Solo él podÃa asà estarse, bello y sereno ante un diálogo innecesario. Nos miró y nos guiñó ese ojo. Luego la noche boreal y caliente a la vez, según los vientos, nos arrimó a todos al fondo donde el grupo enancado en el vino o la sidra hicieron como una ronda quieta y reflexiva alrededor del pozo, hablando de sus cacerÃas, de los putos radicales, de las compras de River, de bueyes y victorias perdidas. En la noche partimos cada carancho a su rancho y nos despedimos de los Luises y su familia hasta el año próximo. Solo una vez volvimos a aquella casa, modificada en su alma y en sus cosas: los padres de los chicos habÃanse muerto en la ruta y el José Luis estaba en el sur, en un yacimiento. El LuÃ, engordado y más serio nos presentó a quien ya conocÃamos pero ahora en calidad de esposa: la Inés, más hosca pero segura de su estancia. Extrañábamos a la Susi y su culo venerable. Se lo dijimos en un aparte. - Ah, esa... se escapó con un ex compañero de mi señora, dijo señalando a Inés que recogÃa los platos. - ¿Che y el marido, el gendarme?, se animó Horacio. - Lo tenés debajo, donde estaba el pozo, y largó una risotada que nos sobresaltó por su afán de querer parecerse a la que usaba el viejo Luà de siempre, ahora marido y padre de dos criaturas. Miramos el rectángulo invisible: habÃan levantado una pileta de ladrillos. - Todo es posible, anunció El Dany mirando los terrones. - El amor es algo raro, sentenció el Luà y nos ofertó vino frÃo escanciado en una heladera nueva.
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