Al Tigre Compañy
Esa soderÃa habÃa sido de Deambroggio, bueno al menos hasta donde me da la memoria, y luego de don Juan Sperizza, a quien en definitiva se la compró Atilio Boccolini. Este habÃa vendido su campito vecino al pueblo a Juan Ruggeri. Ese campito supo ser del Turco Hechen donde se jugó ese mÃtico partido entre el Evita Estrella de la mañana y el sacrificado Los Fugitivos, que hicieron esa patriada que terminó como se decÃa entonces con la canasta llena de huevos, es decir nos golearon a gusto y hasta algunos -los más escépticos- dicen todavÃa que nos perdonaron la vida. Es decir que la goleada pudo ser mayor y que en algún punto los tocó la piedad. Como yo era muy chico no lo tengo en mis recuerdos personales.
Pero para el tiempo de mi relato todo esto era historia antigua. Regresados de la corta estancia rosarina, a mis catorce años llegamos al pueblo con mi hermano de pocos meses. Como yo debÃa trabajar en algo para ayudar en la casa, como era usual en esos tiempos, acepté el conchabo que me ofrecÃa Hugo Boccolini a quien llamaban El Mono, previo consultar con mi padre, desde luego.
Este ofrecimiento no era casual, sino que tenÃa un objetivo dirigido e interesado, ya que él noviaba con mi prima Gladys, a quien yo llamaba cortazariamente (sin saber aún la existencia de Cortázar): la mayor, ya que tal es su condición en la familia. Para ese entonces, Hugo le habÃa alquilado a su padre la soderÃa ya que éste se habÃa jubilado y se pasaba el dÃa jugando al mus o al truco en el bar que aún existe, justo al lado del portón de la soderÃa y que hacÃa ochava con la entonces poderosa casa Bessone o bazar La Primitiva, tal su nombre de fantasÃa, regenteado en ese tiempo todavÃa por su fundador, don José. Todo esto en la calle principal, donde estaban casi todos los negocios importantes. Enfrente habÃa unos altos yuyales que casi tapaban las vÃas cuando el tren aún funcionaba.
Ese bar que fundó Juan Triachini en la década del veinte del siglo pasado en esos años lo habÃa comprado VÃctor Cataldi, el popular Toto, quien además trabajaba mucho con un taller de tornerÃa. Allà supo ser su ayudante mi infortunado amigo Antonito Leone.
Como la soderÃa no tenÃa los sifones suficientes, muchas veces -sobre todo en verano- tenÃamos que llenar algunos cajones para completar la carga de la vagoneta o carro tirado por un mancarrón mañero y luego reiniciábamos el reparto.
Otras veces él salÃa y yo me quedaba a llenar sifones con una máquina muy primitiva que tenÃa boca para uno solo. A diferencia de la otra soderÃa, la de Aldino Gardella, que tenÃa una muy moderna pero era de dos unidades.
Cierta vez El Mono me mandó a la chacra del Gordo Compañy para retirar una yegua de tiro que irÃa en calidad de préstamo, como correspondÃa a la extensa generosidad a la que era muy afecto.
Allà fui a patacón por cuadra como llamábamos nosotros al simple hecho de caminar. Llevaba en una mano el freno con orejeras y las larguÃsimas riendas, como corresponde a un arnés para caballo de carro o sulky.
Como la tranquera estaba de par en par, como siempre, pasé directamente y antes de llegar a la casa me encontré a un chico, no sé si jugando o realizando alguna tarea acorde a su edad.
- Miguelito -- le pregunté-- ¿está tu papá?
- No, salió -- me contestó.
- Vengo a buscar una yegua blanca o tordilla, de tiro.
- Es ésa, llevala nomás Massei. Eso me dejó dicho.
La miré. Era una mancarrona vieja, y supuse que eso la habrÃa transformado en mansa.
- DecÃme Miguelito -le pregunté-, ¿la podré subir? Porque habÃa pensado que me podrÃa evitar las penosas calles de tierra que deberÃa volver a transitar.
- SÃ, montála nomás Massei, es muy mansita - me dijo el muy maula.
En ese tiempo, aunque nadie lo crea (ni yo mismo) era capaz de montar un caballo en pelo. Por lo cual de un salto limpito estuve sobre la grupa de la tordilla. No fue más que sentir mi peso y comenzar a corcovear y dar coces al aire, al extremo que me asusté mucho. Yo al fin y al cabo no era más un chico pueblero sin demasiada experiencia con animales. Asà fue antes de ser arrojado al suelo lleno de bosta del potrero, me tiré y comencé a dar tumbos y rodar para alejarme del peligro.
Y el chico que me habÃa jugado esa broma pesada se reÃa y se revolcaba en el suelo festejándola.
El chico travieso, que como experto chacarero que era con el tiempo fue llamado El Tigre, es uno mis mejores amigos que tengo. Para ser veraz diré que luego lo contó en el club, delante de mà y de mis amigos riéndose de nuevo e imitándome en mis contorsiones de simio para evitar ser pateado por la yegua enloquecida.
Y cuando alguien le llamó la atención que dada nuestra diferencia de edad podrÃa recibir una tunda, se encogió de hombros y agregó:
- Si Massei es bueno, cómo me va a pegar.
Yo tuve que regresar hasta la soderÃa, llevando la yegua de tiro.
De vez en cuando reflotamos esta anécdota de aquel tiempo remoto y la festejamos entre risas mientras el vino recorre las gargantas.
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