Caminábamos juntos por San MartÃn. Como siempre, él llevaba los brazos cruzados por detrás de la cintura y el torso encorvado. A veces, tenÃa la impresión de que construÃa esa postura para lograr estar acorde a mi estatura, pues como se imaginará el lector, yo estaba unos decÃmetros bastante más abajo que Juan.
Era fines de octubre. Veintiséis o veintisiete de octubre. Pongamos que eran las diez de la mañana del veintisiete de octubre de un año incierto. Pongamos que era dos mil trece, qué más da.
HabÃamos cruzado la estación en dirección al sur para doblar por San MartÃn. Juan llevaba camisa. Como yo venÃa cargada de legajos, libros y expedientes, habÃa tenido la amabilidad de descolgarme del hombro izquierdo el bolso de mi computadora y cargarlo en su propio hombro izquierdo. De manera que la figura quedaba en su debido contrapeso. De un lado, del lado derecho de la silueta de dos personas caminando, yo, abrazando el peso de los libros; del otro, del izquierdo, él, en contrapeso, sosteniendo el equilibrio de la figura.
-Nada hay que pueda hacerse?
Que sus preguntas comenzaran siempre con una negación, era cosa que me molestaba sobremanera. Sus nadies, sus nadas, sus nuncas encabezaban cualquier intervención que hiciera, en el momento inadecuado, que era casi siempre.
-Nadie sabe qué ocurre? Nada puede hacerse? Nunca hablan de m�
Como si para preguntar usara siempre el negativo de la pelÃcula que el otro, su interlocutor, deberÃa revelar.
A detalles como estos siempre estaba yo atenta y no hubo vez que el contar sus adverbios de negación o sus pronombres indefinidos no me distrajera.
-No, Juan. No insistas. A nadie le importa.
Nunca habÃa sido tan transparente, tan directa y tan cruda en nuestro trato. A tal punto, que a medida que lo decÃa, iba reparando en lo rotundo y lacerante de mi comentario. Supe, sin mirarlo, que habÃa arrugado la frente y que su cabeza estarÃa reparando, en ese preciso momento, las veces que nombró, nostálgico, el nombre de su Ãtaca y las otras tantas que la imaginó para transfigurarla y volverla ficción.
-No creo en las generalizaciones.
-Hacés bien- exageré. A diez personas dice importarles, pero sólo dos harÃan algo por vos.
-Dos?
-Dos. Nula y Marcos.
A Nula aún no lo conocÃa. A Marcos lo habÃa encontrado en un congreso sobre poesÃa. Volvió a repetir sus nombres después de cinco o seis pasos, cuando pasábamos frente a la intendencia.
-Ese que va allá es el intendente. Cuando le contamos, dijo que sabÃa, pero que no te conocÃa.
-Qué sabÃa qué?
-Que sabÃa que eras un turco vanidoso y que para qué Ãbamos a sacar adelante un proyecto de esa magnitud en un pueblo analfabeto.
Si algo sé de los hombres buenos es el indisimulable rostro del desconcierto. Lo delataba la fragilidad de su mirada. Mi comentario habÃa sido una daga en sus oÃdos.
-Entonces, qué más hay por hacer?
-Por hacer? Todo. También por decir.
-Por decir?
-Por decir queda lo que ya hiciste: unas cuantas obras que vuelven al lugar en el que no se te quiere nombrar.
Esa tarde y esa noche volvimos a encontrarnos. Aliviados ya de las tareas de redacción y de gestión administrativas, fuimos al bar al que solÃamos ir en verano, a tomar cinzanos.
Fue la última vez que Juan habló de su Ãtaca.
-Nada hace de nuestro lugar de origen, nuestro lugar en el mundo. Si uno pasa, asÃ, sin huella, es como si no hubiese pasado nunca.
Masticó dos o tres aceitunas, pidió la cuenta y nos fuimos, caminando despacio, por el boulevar.
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