No hace mucho me escribió una mujer --a la que llamaremos señora M.-- que tiene la curiosa costumbre de seguir estas contratapas con cierta frecuencia. Me preguntó dónde conseguir un libro que acababan de publicarme, una recopilación de textos que habÃan aparecido en este y otros espacios similares. Aunque era muy factible que los hubiera leÃdo en su momento, aclaró, reservaba un espacio para el libro en su biblioteca. Le indiqué donde lo podÃa comprar, agradecà el interés --o el empeño-- y la saludé con algo asà como cierta amabilidad, o lo que yo creà cierta amabilidad y ella tal vez interpretó como desinterés porque nunca aprendà a sobreponerme al desconcierto que me genera cualquier tipo de elogio. Un rato más tarde recibà otro mensaje en el que, sin mayores preámbulos, narraba dos cuestiones que consiguieron despertar mi atención: la curiosa forma en que se habÃa acercado por primera vez a uno de mis libros y la excéntrica costumbre de fraguar las dedicatorias de muchos de los ejemplares que nutren su biblioteca. Y eso, pensé mientras leÃa el mensaje, alguna vez iba a tener que contarlo.
El libro a través del cual me habÃa conocido, dijo, era mi primer libro de cuentos. Pero no lo habÃa comprado ni se lo habÃan prestado ni habÃa llegado a sus manos por ninguna de las múltiples maneras con que solemos hacernos con un libro nuevo. "Tengo un videoclub justo al lado de un edificio", dijo. "Cuando cerramos, para facilitar las devoluciones fuera de hora, tenemos implementado un sistema informal que funciona en el buzón del edificio: los clientes tiran la pelÃcula; yo abro con las llaves que me dejó el portero y reviso si entre la correspondencia hay alguna pelÃcula. Y un buen dÃa alguien dejó tu libro ahÃ. Sin sobre, sin etiqueta de destinatario, sin nada que ayudara a determinar a quién iba dirigido, si es que, al fin y al cabo, realmente iba dirigido a alguien".
La señora M. espió la tapa del libro, revisó las primeras páginas y lo dejó otra vez en su lugar. Durante las semanas siguientes continuó con su rutina de atender el videoclub, bajar la persiana a la hora señalada, revisar el buzón cada dÃa antes de volver a abrir el local. El libro seguÃa ahÃ, sin que nadie lo reclamara para sà e ignorado por el portero cada vez que retiraba la correspondencia. El libro siguió ahà por espacio de casi dos meses, hasta que un dÃa la señora M. pensó que si nadie lo habÃa reclamado todavÃa ya no lo iba a reclamar nunca más y decidió llevárselo para matar el tiempo en esos dÃas de entresemana particularmente apacibles en que las agujas del reloj debÃan esforzarse para empujar cada minuto. Se lo leyó de un tirón, y después volvió atrás las páginas para buscar algunos pasajes que le habÃan gustado especialmente. HabÃa entrado al libro, me confesó, con cierto recelo o desconfianza; pero al cabo de los dos primeros cuentos ya habÃa olvidado por completo que el nombre del autor no le decÃa absolutamente nada y que lo habÃa encontrado abandonado a su suerte en un buzón. De modo que cuando terminó de leerlo hizo lo que hace sólo con los libros que logran tocarle alguna fibra: fraguó una dedicatoria manuscrita del autor en la página de cortesÃa y estampó un autógrafo inventado.
Es, me dijo, una costumbre que en cierto modo heredó de su madre junto con gran parte de la biblioteca. Parece que la madre de la señora M. era una mujer diminuta y atrevida que se escabullÃa entre las filas de ferias y festivales para asegurarse siempre la firma de su ejemplar, sin importar si el autor le resultaba familiar o no: una fetichista del autógrafo. Llegó a tener más de dos centenares de libros autografiados por escritores con trayectorias de lo más diversas, desde ignotos poetas o cuentistas que no habÃan pasado de una única autoedición hasta celebradÃsimos novelistas de fama mundial. A la madre de la señora M. todo le daba igual, siempre que lograra llevarse el libro con la firma.
La señora M., en cambio, después de heredar la biblioteca y el gusto por las dedicatorias personalizadas, sólo se hacÃa firmar los libros que le habÃan gustado de verdad. Recién entonces, dijo, cuando el libro estaba garabateado en alguna de las primeras páginas, alcanzaba la verdadera comunión con el texto. Demasiado pronto, sin embargo, se topó con el inconveniente inevitable: muchos de los autores de los libros que le gustaban le resultaban inalcanzables.
Asà que se los empezó a firmar ella misma.
"Para M., con afecto." Y un garabato que hiciera las veces de firma.
Se dedicó libros de GarcÃa Márquez, Vargas Llosa, Saer y Cortázar; libros de Hemingway, Truman Capote y John Dos Passos; libros de Cheever, John Ford, Carlos Fuentes, Neruda, Octavio Paz y Bolaño. Aunque al principio supo ser reiterativa "con afecto, con afecto, con afecto", los años le brindaron coraje u oficio. Las dedicatorias se transformaron en un arte secreto cada vez más elaborado y su osadÃa le permitió, incluso, estampar firmas apócrifas en ejemplares de La divina Comedia, El Decamerón y Don Quijote de la Mancha. "Como todos los actos del universo --me dijo-- la dedicatoria de un libro es un acto mágico. También cabrÃa definirla como el modo más gracioso y sensible de pronunciar un nombre". La frase, aunque no lo aclaró, es de Borges. No sé si los años de fraguar dedicatorias la habÃan dotado de una sensibilidad particular para apropiarse de la voz de los autores en cuya piel se ponÃa o si ya lo habÃa olvidado.
Nunca le pregunté qué escribió en la dedicatoria de mi libro. Ni ese dÃa, cuando recibà el mensaje, ni tampoco después. No sé si en ese momento me puse a pensar en ello. Pero sé que a veces, cuando lo recuerdo, me pregunto qué habrá --qué habré?-- puesto en esa primera página. Quizás nunca lo sepa.
Aunque me gusta pensar que alguna vez, en una presentación o un festival, una mujer se acercará hasta mi mesa y me pedirá que le dedique un ejemplar. Quizás me diga el nombre y entonces la reconozca, y sepa que se trata de ella; quizás no y entonces se vea obligada a recordármelo. Me gusta pensar que entonces improvisaré una dedicatoria distinta a la que imponen las formalidades del apuro. Que ella la leerá ahÃ, de pie, y esbozará media sonrisa antes de decir que coincide, palabra con palabra, con aquella otra que ella misma habÃa fraguado tiempo atrás.
Por qué no.
Un momento mÃnimo y mágico, de sorprendente coincidencia, puede que sea el cierre apropiado para algunos cÃrculos que empiezan con una casualidad.
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