Miró el documento que tenÃa entre sus manos y se sintió plena. Leyó nuevamente su nombre, Vanesa MartÃnez y dibujó con sus ojos cada una de las letras que estaban escritas en la primera hoja de la libreta. Era ella, era mujer. Hasta ayer habÃa sido Roberto MartÃnez, o el traga, la sirvienta, la puta. Lo apoyó junto a su corazón para que sienta el latir de mujer, el mismo que habÃa tenido desde siempre, cuando descubrió frente al espejo que ese cuerpo no era el suyo. Mientras el camión de traslados la conducÃa a la cárcel de mujeres, supo que de ahora en más, estarÃa tranquila. Ya nadie la pararÃa en el baño del penal de hombres para violarla, o pegarle una trompada si se resistÃa.
El guardia armado que estaba sentado en frente de ella, sonrió al verle las uñas pintadas de rojo y el cabello rubio, recién teñido.
--Se te fue la mano con el agua oxigenada MartÃnez --le dijo irónicamente.
Vanesa levantó sus ojos pintados y miró a su carcelero, se los clavó en los anteojos oscuros, justo debajo de la gorra de policÃa.
En la puerta del penal de mujeres, una multitud de personas estaba esperando la llegada de la primera persona trans que habÃa cambiado de penal bajo la orden de un juez. Familiares, periodistas, organizaciones feministas y curiosos llenaron la vereda y también la calle.
--¡Bravo Vanesa! --gritaban algunos.
--¡Mostrá el documento! --le pidió un periodista.
Vanesa lo sostenÃa en su mano, aun esposada, luciendo con orgullo su nueva identidad. Se habÃa imaginado que habrÃa gente, pero no tanta, por eso se habÃa preparado con esmero. El escándalo que se armó por su traslado cobró dimensiones inesperadas. Al principio, ella creyó que solamente el juez de la causa se habÃa solidarizado con su situación, él bien sabÃa de los horrores a los cuales la sometÃan diariamente por haber nacido y crecido con el cuerpo equivocado. Después se sumaron los periódicos, las radios y la noticia ya no tuvo lÃmites.
Adentro de la cárcel habÃa una cantidad de mujeres, curiosas y desafiantes. El anuncio de su traslado desde el penal de varones hasta donde ellas estaban, produjo una gran conmoción. HacÃa dos meses que les habÃan dado la noticia de que llegarÃa un trans y desde ese mismo dÃa no habÃa dejado de haber discusiones entre las internas.
"Vos decime lo que quieras --decÃa la Ñata Consolatti-- pero que tiene pito, tiene pito".
"Dicen que no jode a nadie, que es un pobre tipo", comentó Gisela Flores.
"Che locas, no es un tipo, es una mina, se llama Vanesa --aclaró Claudia Ruiz--. En la charla que nos dieron, nos dijeron que la tratáramos como a una mujer, porque ahora el documento dice que es mina".
"Tiene pito, ¿entendés? --la Ñata Consolatti, estaba enojada--. Y esa charla de mierda que nos dieron, a mà no me aclaró nada".
--Hagámosle el aguante, pobre mina...
Fue real que les dieron charlas para explicarles que significaba ser trans, pero la persona encargada de hablar entendÃa menos que ellas y cometió varias torpezas. Se referÃa a él o a ella de manera indistinta, como si Vanesa fuese un artÃculo neutro. También reunieron a las guardiacárceles para darles el mismo discurso, ellas también se quejaban, decÃan que no la iban a controlar en el baño, porque tenÃa pito.
Para tranquilizar a todas las internas y también al personal penitenciario, las autoridades del servicio, firmaron un acta con las inquietudes de todas, las promesas de pocos y se la guardó en un cajón.
Por descarte, decidieron que Vanesa compartirÃa la celda con Ana Sañudo, porque fue la única que no protestó. Estaba embarazada de seis meses y no le molestaba que la nueva compartiera su lugar.
Ana Sañudo tenÃa la pieza más chica que habÃa en el penal y dormÃa sola. AccedÃa a ese privilegio porque estaba por parir y necesitaba estar tranquila. La excusa perfecta para que las demás internas no quisieran estar con ella era que tenÃa náuseas por los olores y se descomponÃa por todo. También sabÃan que se ahorrarÃan de escuchar el llanto del bebé cuando naciera.
Ana Sañudo la saludó al entrar y le dejó la cama que estaba contra la pared, también vació algunos estantes y le cedió una de sus almohadas.
--Necesito más lugar para mis ropas, mis pinturas, los perfumes y el secador de pelo --dijo Vanesa sin escuchar las palabras de bienvenida.
--Esto es lo que hay --respondió Ana Sañudo, ya sin simpatÃa.
Paradas en la puerta de la celda, las mujeres la miraban sin disimulo. Cada bolsa, cada movimiento de Vanesa era controlado minuciosamente, nada se escapó a la curiosidad de las internas. Algunas, las más osadas le miraban la entrepierna, le vi el bulto, dirÃan después. Otras se detenÃan en las tetas, no era cierto que se las habÃa hecho, eran tetas de hombre, aseguraban. Ante el peso de la observación, Vanesa cerró la boca, tenÃa muchas cosas que decir, pero optó por el silencio. Estas se creen que soy un bicho extraño, se dijo indignada. Estuvo a punto de darse vuelta y echarlas a todas a la mierda, pero se acordó que el abogado le habÃa dicho, andá tranquila y cerró los puños.
Saturada por el pesado encierro de su nueva celda, Vanesa tuvo la imperiosa necesidad de salir. Al patio, a la cocina, al baño, o a cualquier lado con tal de alejarse de la visión de quienes le perforaban la nuca.
La puerta estaba taponada, no le dieron el paso sin antes hacerle levantar la mirada. Solo cuando se relajó, algunos instantes después, pudo abrir sus manos y estirar sus dedos de uñas pintadas, se las habÃa clavado en las palmas para detener su bronca. Pidió permiso y pasó entre los muros humanos que despedÃan humo. Eso parecÃa.
Finalmente, ganó la costumbre.
*Mención Género Cuento Breve del II Concurso Literario "VicentÃn" 2013.
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