Hay ocasiones en las que se hace especialmente difÃcil escapar a los lugares comunes. A pesar de eso, no por redundante deja de ser cierto. Y es que el jueves a la tarde de repente todo se puso Negro.
Como una de esas tormentas sin aviso, como la pedrea del año pasado, como la inundación, de golpe todo se llenó de él. Su cara, su voz, sus personajes lo ocuparon todo, con un tÃtulo que se sintió como un mazazo en la nuca. Entendà que no importa cuanto se anuncie, la muerte siempre sorprende. Y mientras la noticia se repetÃa, aquà y allá, y seguÃa pasando de boca en boca, trasmutando las caras, trocando el gesto de todos los dÃas en una mueca de tristeza infinita, indescriptible.
Se esfumaban asà todos los buenos deseos, todas las avergonzadas oraciones al ángel de las buenas personas, todas las secretas esperanzas de la aparición de una cura milagrosa de último momento. Nada. Apenas un silencio espeso y un nudo apretando las palabras en la garganta.
"Murió Fontanarrosa", me dijeron poniéndome una mano en el hombro, como si yo fuera un deudo y me acompañaran en el dolor. Y después me puse a pensar que sÃ, que de algún modo todos quedábamos un poco huérfanos de él. En todos lados se hablaba en primera persona: "se nos fue el Negro"; "nos dejó Fontanarrosa". SÃ. Nos dejó. A todos.
A quienes lo conocimos personalmente, a los que lo conocieron a través de su trabajo, o por su condición de canalla consuetudinario, o simplemente de verlo enfrascado en la charla misógina (aunque se empecinara en desmentirlo, nada más que de caballero) de la Mesa de los Galanes. A todos nos va a hacer falta de una manera terrible. Todos lo amamos profundamente. Antes, ahora, siempre. Por su humor inoxidable, por su increÃble humildad, por su amabilidad eterna, por su formidable entereza.
Todas las enfermedades son horribles, pero la que se habÃa ensañado con el Negro desde 2003 era una de esas, muy putas, una de esas que minan el cuerpo, que devastan el espÃritu, que obligan a arrodillarse y dejan que te des cuenta del proceso. Pero el Negro la enfrentó hasta el final. Y mientras ella lo iba desmantelando de a poco, prohibiéndole dibujar primero, caminar después, hablar más tarde y finalmente cortándole la respiración, él habÃa decidido enfrentarla con su mejor arma: el humor. "Estoy jugando con ocho", habÃa dicho en una de sus últimas apariciones públicas.
Si alguien quisiera ver el vaso medio lleno en esta tragedia, podrÃa decir que esta larga y penosa dolencia hizo que el Negro se dejara querer. En estos últimos tres años lo premiaron, lo elogiaron, lo invitaron, lo mimaron. Lo quisieron mucho y se lo dijeron abundantemente. Y él, como siempre, con su tono afable y su gesto gentil, lo agradeció siempre. "El afecto de la gente es terapéutico", dijo alguna vez.
Dirán que queda su obra, su recuerdo. Poco relleno para tamaño vacÃo. Si todas las pérdidas son irreparables, esta es la muestra de que hay algunas más irreparables que otras.
Rosarino hasta los huesos, Fontanarrosa fue el único que alcanzó real trascendencia en los más excelsos cÃrculos de la cultura en el mundo, y se quedó acá para disfrutarla.
Hace 2500 años, Aristóteles, --que como dirÃa el Negro, "no era ningún boludo"-- dijo que la amistad es un alma que habita en dos cuerpos, un corazón que habita dos almas. Con la muerte de Roberto Fontanarrosa se va un pedazo del alma de la ciudad. Y sin duda nos deja a todos con el corazón partido en dos.
Hasta siempre Negro. Te queremos.
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