Más de treinta años después, las presas polÃticas que estaban cautivas durante el terrorismo de Estado se reencontraron anoche con los médicos, obstetras, enfermeras y mucamas que las ayudaron a parir en la Maternidad Martin de aquellos años de muerte. Fue el emotivo reencuentro de protagonistas anónimos que forjaron actos de vida, con furtiva solidaridad, a pesar de los fusiles de los sicarios que llevaban en custodia a las prisioneras parturientas. Y nunca, hasta ayer, se habÃan vuelto a ver.
El acto se realizó en la plaza de Moreno y Rioja, en la entrada de la vieja maternidad donde ciertas baldosas activaron ciertos recuerdos de Marta Ronga el dÃa que se inauguró el Instituto Municipal de la Mujer (IMM), en marzo pasado. La idea prendió y sumó a Marta Bertolino, desde el Museo de la Memoria, y asà se propusieron reconstruir esa memoria y plasmarla en el intenso homenaje de ayer que definieron como "La madre que nos parió". En el escenario desfilaron testimonios, una intervención de Payasos por la Identidad, y un recital de Alejandra Manzur, hija de Bertolino y que precisamente nació allà en 1976.
"Es otra mirada sobre el DÃa de la Madre, con un reconocimiento al personal de la Maternidad que tuvo gestos humanitarios con las presas polÃticas que la patota de Feced traÃa a parir desde el Servicio de Informaciones de Jefatura, desde la Unidad 5 de Mujeres, y desde la cárcel de Villa Devoto en otros casos", explicó Andrea Travaini, coordinadora de la propuesta.
La idea juntó a una veintena de profesionales de la salud, ya jubilados, con varias de las mujeres que las traÃan esposadas a dar a luz, y una concurrencia emocionada de militantes, funcionarios y allegados. "Vengo a homenajear al personal que con cariño y profesionalidad nos dio un trato distinto, con la necesaria complicidad de esos momentos, aún a riesgo de sus propias vidas", evocó Mary Daldosso, que en 1975 era abogada de la UOM Villa Constitución cuando fue secuestrada con su esposo. Los testimonios de todas pusieron de relieve el coraje de los médicos en frenar a las celadoras y los represores armados que pretendÃan entrar con las parturientas al quirófano.
La obstetra Lidia Sáenz de Vicuña hizo erizar la piel cuando relató el dÃa que le hizo escuchar los latidos del bebé en la panza de una detenida. "Creà que me lo habÃan matado, porque me dieron picana en la vagina", le dijo aquella prisionera. Y de cuánto se enojaban los represores cuando las enfermeras anotaban a los recién nacidos en el libro de partos. "Por anotarlos, esos bebés no fueron apropiados ni desaparecidos", resaltó la mujer.
Por el escenario también pasó Teresita Marciani, que en las mismas condiciones tuvo allà a su primer hijo, Eduardo, tanto como su hermana Gladys, pero no como su otra hermana Tita, que murió igual que su bebé por no recibir atención médica en cautiverio. Desde Canadá, MarÃa del Carmen Sillato agradeció al médico de quien nunca supo su nombre, que avisó a su familia apenas entró a sala de parto.
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