Domingo, once de la mañana, una piedrita se estrella contra el vidrio de mi ventana ¿A quién corno se le ocurre tener ventana a la calle? Debe ser granizo, pensé relojeando con un único ojo el balde que suele juntar lo que me dejan las goteras y que después vendo a Raúl Ricardo, que la junta con pala con el chamuyo de lavar con agua del cielo el cabello de sus clientxs. Claro que para granizo vocalizaba demasiado bien mi nombre. Me incorporé, quise abrir ambos ojos y ¡horror! La oscuridad se cernÃa sobre la mitad de mÃ. ¡Estoy tuertx! Grité mientras llegaba a la ventana para compartir mi desconsuelo. ¡Tuertx, tuertx! "Yo te las veo a las dos en su lugar", me gritaron desde abajo cuando justo en el momento en que mi párpado derecho lograba quitarse el grumo de la pestaña postiza que habÃa sobrevivido a la noche del sábado y al mismo tiempo que notaba que mi escote parecÃa una mesa bien servida asomándose al vacÃo cual Gina Lollobrigida del subdesarrollo. Una puñalada de sol me achicharró la tetina izquierda, lancé la llave a la calle y me quedé a esperar el caramelito de la mañana. "No te voy a poner nada en esa boca abierta, Lux". Yo sin desayuno no salgo a la calle, me empaqué. "Tengo un bizcochito pero no de grasa". Y no, no era mi dÃa de sushi asà que me dejé arrastrar por mi amiga la turca a la calle en busca del último huevo del picnic porque resultaba que era San ValentÃn y ahora al putitortranstaje se les da por festejarlo poniendo mantelitos en el pasto. "No seas brutx, es para decir que tenemos el mismo amor", insistió la turca acomodándose el pantalón como si tuviera algo entre las piernas. Pero mi amor no es igual a ninguno, mi amor es un surtidor, un manantial, la fuente de la vida que nunca se agota, generoso como mi gotera, abundante como las inundaciones porteñas, mi amor es múltiple, deforme, mutante... "¡Para, Lux! ¿no querÃas un caramelito? Vamos al planetario, recogemos unos besos y después nos vamos a La Boca que hay campeonato de hip hop callejero". Guardé mi declaración de principios junto con el abanico en el escote y antes de que pudiera sacarme la pestaña postiza de la mejilla ya estaba clavando los tacos en el pasto. Todo muy lindo, muy polÃticamente correcto pero de salchichones ni la punta. Le di un beso de lengua a la hermana de Aldo Rico –ay, es que MarÃa del Carmen es progre ¿no sabÃan?– deseando contagiarle algo de putez a la familia y le hice una mano boba a Roy Cortina, que con ese apellido, pobre, no promete demasiado. Huevo habÃa pero decidà no comer para no empastarme la boca, mejor una lechita, que digo lechita, una chocolatada. Asà que partà para La Boca en busca de una contorsión hiphopera. Válgame diosx la juventús. Se me llenaron los ojos de pieles tersas. Perdà mi corazón en el dÃa de lxs enarmoradxs detrás de un pantalón de gimnasia en el que se agitaba un badajo que al fin hizo sonar mi campana. Dejé todas las monedas que me pidieron para la birra, pero tengo que decirlo, volvà a mi hogar con el monedero lleno.
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