Parece que un 14 de febrero de otra civilización y otra cultura, en el seno de una familia aristocrática de algún lugar del mundo, nacieron dos criaturas; una celosa, calculadora y temerosa de todo y la otra de ánimo libertario y despreocupado: San ValentÃn y Tan ValientÃn. Según testimonios guardados secretamente durante mucho tiempo por algunos mercaderes, ValentÃn desde su más dulce niñez se preocupaba por su futuro: tener tesoros y con quién compartirlos era su prioridad; asà siempre se dedicó a acumular para sà y sus propios intereses gran cantidad de bienes, personas, recuerdos, petates.
Dicen que llevaba siempre consigo una libreta donde registraba todo lo que habÃa tenido en su vida, lo que habÃa perdido, lo que habÃa vendido por comodidad, lo regalado por improductivo, lo adquirido, y exhibÃa el resultado de sus quehaceres: "tengo tantas cosas, tanta gente a mi lado, tanto amor" solÃa decir mientras pasaba las hojas de su libretita rosada con fingida actitud casual que no disimulaba su orgullo, midiendo escrupulosamente quiénes podÃan escuchar sus histriónicos suspiros. ValientÃn, en cambio, andaba sin cargas, sin nada en su mochila ni en sus bolsillos, transitando cada dÃa, compartiendo y olvidando. Sin quedarse con nada, ni siquiera recuerdos, y sin miedos. El tiempo fue pasando y la figura de ValentÃn fue ungida por especuladores y oportunistas en el sÃmbolo del amor y la familia, en un ejemplo de trascendencia, de civilidad. ValientÃn en cambio cayó en las cárceles del olvido y la censura por su peligrosidad, por ser moralmente inadmisible y por sus extrañas conductas amorosas. En este verano introspectivo y caluroso, Baruyera antropóloga reencontró esta otra mitad del cuento. Y hace justicia: ValientÃn es la hermana tortillera de ValentÃn, patrona de las que rompen las reglas y hacen lentejuelas con los pedacitos.
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