Escribir es la transformación de una enfermedad (maniática) en salud. Como les pasa siempre a quienes escriben, mientras lo hago me transformo. Experimento, investigo, curioseo. Cierta vez, investigando, al mismo tiempo, las posibilidades de las nuevas tecnologÃas en relación con la literatura, inauguré una bitácora cuyas primeras entradas fueron un diario de viajes. Cuando se transformó en libro adoptó un tÃtulo (Diario de un reciencasado) que me obligó a responder al significante.
Vuelto de un viaje más o menos mágico (en realidad, fue un viaje de trabajo, pero entre la magia y el trabajo yo no sé bien qué diferencias hay), Andi Nachon, que habÃa venido siguiendo mis peripecias italianas, me pidió el texto para la instalación Algún jueves, un domingo. Usted está aquà que estaba preparando. Como me parecÃa Ãndice de pereza participar con algo ya leÃdo (al menos, en mi imaginación) por todo el mundo, le propuse a Sebastián Freire que armáramos un libro en conjunto y asà surgió Diario de un reciencasado, que fue expuesto primero junto con el grupo Suscripción del que Andi participaba, en aquel evento, y después en la Feria de Libros de FotografÃa del Espacio Ecléctico. Alberto Goldenstein tuvo la generosidad suficiente como para ver en ese libro una muestra para la FotogalerÃa del Rojas, en septiembre de 2004.
De modo que mucho antes de que la doctrina kirchnerista adoptara la forma de un modelo de producción de subjetividades polÃticas ya habÃamos iniciado ciertas investigaciones éticas en las mieles de la homosexual cohabitación (ya que el matrimonio nos estaba vedado) con Sebastián Freire. Cuando la ley que universalizó el derecho matrimonial se hizo realidad, hace un año, decidimos concurrir al Registro Civil porque ya habÃamos hecho un libro juntos.
En la fiesta de bodas, un pequeño televisor que casi ninguno de los convidados notó, exhibÃa fotografÃas de nuestra cohabitación (de la historia de nuestra cohabitación), puestas bajo el tÃtulo Por amor al arte. Nos casamos por las mismas razones sentimentales que cualquiera (por amor, por imposibilidad de vivir el uno sin el otro), por frivolidad (¡querÃamos una fiesta!), pero, también, porque de esa manera amplificábamos polÃticamente la helicoide abierta por aquel libro, cinco años antes de la institucionalización del vÃnculo. Ahora casarse, en algún sentido, significa (para todos y cualquiera) la posibilidad de transformar una enfermedad (maniática) en salud (ya nadie podrá llamarse, nunca más, a engaño).
¿Qué pasó después? Casi nada digno de ser contado. Y como nada sucedÃa, nos dejamos llevar por cierta melancolÃa (la nostalgia de un heroÃsmo que nunca cultivamos). ¿Y si la familia crece? Previsores, cambiamos la cama (del estándar de 1,40 pasamos al formato regio de 1,80), lo que nos obligó a rediseñar el dormitorio. Aunque nuestras gatas, Tita Merello y Cartulina Freire, mirarán con celos bien fundados a la nueva integrante de la manada: MarÃa Emilia (cuando llegue) ya tendrá espacio suficiente para ser arrullada entre nosotros.
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