Quiero compartir con ustedes estas palabras, tal vez parte de un anecdotario de las minorĂas, no para hacer antifĂștbol, simplemente asĂ, por deporte.
Esa Navidad me regalaron un fĂștbol; perfectamente esfĂ©rico, perfectamente rojo y blanco (los colores de Estudiantes de La Plata) y perfectamente inesperado. Las sorpresas, antes y ahora, no llegan solas: con semejante regalo, claro objeto de deseo de dos cuadras a la redonda, yo, que frecuentaba un venturoso anonimato, pasĂ© a ser uno de los desconocidos mĂĄs solicitados del mundo. A eso de las tres, convenientemente despuĂ©s de la siesta de mi madre, sonaba el timbre y una ansiosa tropa integrada por mis amigos de toda mi vida de ocho o nueve años de antigĂŒedad y otros que no habĂa visto nunca venĂan a preguntarme si querĂa jugar. Jugar era jugar al fĂștbol. Como un diminuto Bartleby, no fĂștbol, respondĂa: âYo no, pero ustedes sĂâ. Entonces salĂa a la vereda con la pelota, un libro bajo el brazo y... los anteojos escondidos en un bolsillo. Desde el comienzo me neguĂ© con firmeza a trajinar la lastimosa etapa de tener que jugar de lo que sea, o aĂșn peor, cargar con el cartel de arquero vitalicio por ser âel dueño de la pelotaâ. Ese verano ellos jugaban con mi fĂștbol reciĂ©n regalado y yo leĂa bajo un ĂĄrbol, cerca, porque esos dĂas inverosĂmiles tambiĂ©n me habĂan deparado un libro amarillo de tapas duras: las Narraciones extraordinarias de un tal Edgar Allan Poe. Hasta que una tarde levanto la mirada y veo que mi padre viene hacia mĂ. Me acuerdo de las zancadas grandes, del ceño fruncido. âDejaste la puerta del auto abierta, papĂĄâ, quise decir justo cuando me di cuenta de que era mejor no decir nada. SĂ© que el juego se detuvo. Yo cerrĂ© el libro y lo apretĂ© contra mĂ como si fuera un talismĂĄn. AsĂ fui poniĂ©ndome de pie. Pero alguien, no sĂ© quien, habĂa pateado la pelota y ahora eso tambiĂ©n se me venĂa encima. Yo debo haber atinado a reacomodarme los anteojos. Y entonces, en ese momento, le hice el pase. Recuerdo que siguiendo ese corto recorrido desde mi pie hasta el de Ă©l, me acordĂ© de la grieta de la Casa Usher. Mi viejo tomĂł la pelota con las manos y fuimos al auto. Quiero decir que lo seguĂ. Lo tuve que seguir. ManejĂł en silencio durante las tres (Âżlas treinta?) cuadras hasta llegar a casa. BajĂł con la pelota y sĂ© que la dejĂł en mi cuarto, entre mis cosas. Yo no me animĂ© a tocarla por unos dĂas.
DespuĂ©s hubo mĂĄs partidos para otros con mi regalo de Navidad y mĂĄs libros para mĂ. Ahora, que han pasado tantos veranos, no sĂ© quĂ© habrĂĄ sido de Ă©se, mi primer fĂștbol. Ahora pienso en lo que habrĂĄ visto mi padre esa tarde en el campito de 32. Nunca encontrĂ© las palabras oportunas para preguntar. Creo que Ă©l tampoco encontrĂł las palabras para contarlo. A mĂ me parece que esa vez, cada uno a su manera, fundamos entre los dos una silenciosa sucesiĂłn de secretos. Ahora creo que aquello que pudo habernos separado nos uniĂł en una Ăntima y compacta complicidad. Pienso en esas pequeñas y pocas cosas nuestras que supimos conseguir, mi padre y yo. Pienso si estas palabras alcanzarĂĄn para hablar del mĂĄs extraño regalo de Navidad que recibĂ, hace años, y de cĂłmo, finalmente, me fue dado hace muy poco. Si estas palabras alcanzan... ahora.
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