CONTRATAPA

Emparedado

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO En su último libro –titulado Working The Room en UK y Otherwise Known As The Human Condition en EE.UU.– el siempre ingenioso y muchas veces genial Geoff Dyer se refiere a su experiencia viendo y oyendo al grupo de rock Def Leppard. Y, allí, dice algo muy inteligente que uno siempre pensó pero nunca puso por escrito: los conciertos de rock son pura anticipación y una vez que la banda o el solista salen a escena con un estallido eléctrico “nada de lo que sucede después supera ese momento inicial en el que el poder entra en erupción y, de pronto, uno ya no está esperando, enfáticamente, a que algo empiece. Enseguida, de pronto, uno sólo espera a que algo termine”. Y –¿será la edad?, ¿la época?, ¿los años?– tiene razón Dyer: me sucedió hace poco con Arcade Fire. Fui al show de Arcade Fire y, al tercer tema, sólo pensaba en irme. Y aguanté un poco más, pero me fui al quinto. Feliz de haber ido y de estar yéndome. Como si se hubiera tratado de una de esas fiestas o reuniones y presentaciones a las que uno acude a cumplir con su presente y con su pasado y, por favor, que se apure el futuro, la salida. Y eso que Arcade Fiere no es Def Leppard. Pero, claro, Arcade Fire no es Pink Floyd. Y Arcade Fire tampoco es ni será Roger Waters representando The Wall, este martes, en Barcelona, en el Palau Sant Jordi, en un concierto para el que, feliz y expectante, compré entradas tantos meses atrás y en cuya primera canción se alude a lo que se refiere Dyer: “Sentir la cálida emoción de lo confuso, un brillo como de cadete espacial” que experimentamos cuando se apagan las luces y se enciende la música.

DOS Y la semana pasada me pidieron un artículo sobre los 35 años del golpe y me acordé del Me acuerdo, de Joe Brainard. Y, desde entonces, no puedo parar de sumar “Me acuerdos...” a mi memoria de aquellos años. Uno y otro y otro más. Como ladrillos en una pared.

Así, me acuerdo de la primera vez que escuché “Another Brick in the Wall, Part 2”, en Viedma, a finales de 1979, en los altoparlantes de una disquería cuyo sonido ascendía hasta la cama de mi siesta patagónica, subiendo como una fiebre rara y exótica, y pensar “¿Qué es eso? ¿Disco? ¿Y esos chicos gritando “We don’t need no education”? ¿De dónde salieron? ¿A dónde van? ¿Qué hora es?.. Fuera lo que fuera, al poco tiempo eso era número uno en todo el mundo incluyendo a Argentina, donde los censores de turno debían estar hipnotizados por “Chiquitita” y no se dieron cuenta de lo que allí se proclamaba con voz de niño que desayunaba jugo de naranjas mecánicas.

Me acuerdo de la primera vez que vi el clip de “Anoher Brick in the Wall, Part 2”: ATC, todavía blanco y negro, Música Total.

Me acuerdo de ir a comprarme The Wall –ese compendio sónico donde entraba todo, desde el folk-paranoide pasando por la canción de protesta políticamente incorrecta hasta el punk sinfónico– y de pensar: “He aquí otro The Beatles. Otro White Album (portada blanca y cuadriculada y ese sticker con caligrafía de Gerald Scarfe) de vocación totalizadora y polimorfa y perversa. Pero, a diferencia del de Los Beatles, tan preocupados por entonces por no ser y dejar de ser Los Beatles, The Wall es un Album Blanco donde todos los géneros aparecían filtrados por el tamiz de aquello que se conoce como Sonido Pink Floyd y que empieza y termina en sí mismo porque... ¿a qué género pertenece Pink Floyd? Respuesta: al género Pink Floyd. Pink Floyd como el único dinosaurio que el punk no pudo exterminar porque, a su manera, Pink Floyd era mucho más punk que cualquier punk. No Future, sí. Pero, también, No Present y No Past.

TRES Y ya lo saben, ya lo oyeron: The Wall como la expresión definitiva del rock existencialista iluminado luego de que un casi psicótico Roger Waters escupiese en la cara a un fan que se subió al escenario, en Montreal, durante la gira de Animals. Allí el gran aullador Waters (ese aire de sofisticado cavernícola que lo convertirá en el perfecto Mr. Hyde si alguna vez Richard Gere decide ser y hacer del Dr. Jekyll) imaginó un concepto y una pared. Aquello que separa al artista de sus seguidores. Y de ahí su alter-ego Pink, quien ya había sido mencionado en una canción del formidable Wish You Were Here –mi disco favorito entre los suyos, fuera de toda pantalla de radar, como si nos llegase desde otra dimensión– en “Welcome to the Machine”. Track donde, al final, bajaba de golpe el sonido y, durante meses, yo pensé, cada vez que lo oía, que se había roto el equipo de sonido o que el artefacto no era lo suficientemente “moderno” como para registrar semejante frecuencia alien. Y entonces el monstruo enseguida devenido en cliché pop: Pink –rocker mesiánico, nazificado, alienado y saynomoreizado– reaparecería sin nombre pero en espíritu en el corte definitivo de The Final Cut: fin de viaje y desbandada y apéndice y nota al pie y uña encarnada de The Wall. Uno y otro disco son, para muchos, una especie de incontrolado ego-trip de Waters. Para mí, en cambio, son como Philip Roth con letra y música. El equivalente rock de Nathan Zuckerman. La autorreferencia íntima y en público como exhibicionismo en privado que, sin embargo, nos incluye a todos porque, vamos, que levante la mano quien alguna vez no se sintió como Pink, con ganas de demoler hoteles y arrojar televisores por la ventana y llamar a ese número de teléfono donde nadie va a atender. Después de todo eso, ya se sabe, Pink Floyd dejó de ser tal como lo conocimos hasta entonces (si descartamos antes el fundacional y breve pero decisivo y fundacional pasaje de Syd Barret) para convertirse en otra cosa que también se eclipsó hasta aquel soleado sábado en Londres, julio del 2005, en que todos se juntaron en un escenario del Hyde Park por un ratito para tocar cuatro canciones (una de ellas “Comfortably Numb”) y se robaron la tarde sin esfuerzo y a fuerza de genio y figuras. Después, a los pocos días, cerca de ahí, en metros y autobuses, explotaron unas bombas. Y no eran pinkfloydianos efectos especiales. Y luego la policía mató por error a un brasilero cuyo rostro, ahora, proyectado y live, aparece citado en las pantallas de The Wall en vivo y en directo.

CUATRO Y, hasta The Wall, para mí el fenómeno del emparedamiento había equivalido a “La puerta en el muro” de H. G. Wells o a “El gato negro” y “El tonel de amontillado” de Edgar Allan Poe. ¡Vincent Price!

CINCO Y pregunta: ¿se nota que escribo todo esto –el sábado/domingo antes del concierto– bajo la inescapable y viral influencia de Kurt Vonnegut? ¡Seguro que sí! Y es que estoy releyendo Hocus Pocus y allí, en la página 131, Vonnegut recuerda que Adolf Hitler era amante de la música. Y que, cada vez que una sala de conciertos era bombardeada, Hitler ordenaba inmediata reconstrucción. Prioridad uno. ¿Por qué? ¿Por qué la música calma a las bestias o es que las hace sentirse, por un rato, menos bestiales? En cualquier caso, en The Wall, Pink termina de uniforme, escudo con martillos cruzados, arengando a las masas, brazo en alto, gestualidad Führer, despreciando a fans, escupiéndolos mientras lo aplauden. Y allá vamos.

SEIS Porque la gran ventaja de un concierto de Roger Waters –me pasó hace unos años cuando sacó a girar The Dark Side of The Moon– es que tienen guión fijo y siguen la trama circular de un disco. Como si se volviera a ver una película o releer una novela o contemplar nuevamente un cuadro favorito. Así, dentro de un par de días (de cuando yo escribo esto) o un puñado de horas (mientras ustedes lo leen) yo iré o estaré viendo y releyendo y contemplando The Wall. Sabiendo exactamente lo que me espera, sintonizándolo fielmente con las ondas de mis recuerdos. Con mis Me acuerdo... Esperando que llegue ese tramo mágico –el lado 3 en mis disco doble de entonces– en el que se alcanza una de las más inspiradas secuencias de canciones en toda la historia del rock. A saber: “Hey You”, “Is There Anybody Out There?”, “Nobody Home”, “Vera”, “Bring The Boys Back Home” y lo que tal vez sea el punto más alto en toda la discografía del Pink Floyd: la canción en que Roger Waters y David Gilmour se ponen a la vertiginosa y máxima altura de John Lennon y Paul McCartney en “A Day in the Life”. Ya saben a qué me refiero: “Comfortably Numb”.

SIETE Y por ahí circula la leyenda urbana de que David Gilmour (y sus antológicos dos solos de guitarra dos) se unirá a Water en una fecha de la gira de The Wall para interpretar juntos, como alguna vez, “Comfortably Numb”. En Madrid –leo la extática crítica en El País del sábado– no pasó, no fue, no sucedió. A ver si hay suerte. A ver si me toca y toca y tocan juntos en Barcelona. Y, volviendo a lo del principio, regresando a lo de Geoff Dyer: muchas ganas de que empiece, sí. Pero, también, ganas de que no termine. Y ganas de no irme hasta el final, hasta que derriben y caiga la pared y –“There is no pain, you are receding...”– yo me reúna con aquel que fui y sigo siendo. Con aquel que en 1979 escuchó por primera vez The Wall y –algo empezó, algo no ha terminado– sigue escuchando desde entonces, de principio a fin. Y –no olvidarse de que el postrero “Outside de Wall” cierra, circular, conectando con la apertura de “In the Flesh?”– volver a empezar con Pink preguntando a los gritos aquello de “¿Así que tú... tú pensaste que te podía gustar ir al concierto?”

Sí.

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