Domingo, 8 de febrero de 2004 | Hoy
FRANCIA UN VIAJE AL PASADO MEDIEVAL
Entre las soleadascolinas y viñedos del sudoeste de Francia se levanta todavía la torre orgullosa y austera del Castillo de Châlus, de donde partieron las flechas que hace ocho siglos acabaron con la vida del legendario rey Ricardo Corazón de León.
Por Graciela Cutuli
Ricardo Corazón de León lo tuvo todo para entrar en la historia por esa puerta grande donde se mezclan la crónica y la leyenda: hijo de dos de los personajes más importantes de su tiempo (Enrique II Plantagenet y Alienor de Aquitania, la pasionaria de los trovadores, protagonistas ambos de una larga historia de amor y desencuentros), fue rey de Inglaterra pero pasó casi toda la vida en Francia, luchó y perdió contra su padre y su hermano Juan Sin Tierra, encabezó una cruzada personal para reconquistar Jerusalén de manos del sultán Saladino, y encontró una muerte inesperada durante el asedio a un pueblito del sudoeste de Francia que era entonces poco más que un castillo y los campos aledaños, sembrados de robles y de castaños que alimentaron durante generaciones a la población del Limousin. Señor de todo el oeste de Francia –Normandía, Anjou, el Valle del Loire, el Poitou y Aquitania– Ricardo Corazón de León es el prototipo inmortal del rey caballero, guerrero de bien ganada fama en los campos de batalla de Medio Oriente pero también poeta y trovador, contemporáneo del no menos legendario Robin Hood, con quien se dice que se encontró una vez en los bosques de Sherwood. Hoy toda una ruta de castillos en la región del Limousin, en el sudoeste de Francia, recuerda su nombre y sus hazañas: esta ruta –identificada por un escudo donde campea un dragón rampante con el corazón atravesado por una flecha– culmina en el castillo de Châlus, donde el rey trovador encontró la muerte.
En el corazón del Limousin. El camino que lleva a Châlus atraviesa grandes bosques de robles –con ellos se fabrican los toneles donde se añeja el cognac que se produce en las regiones vecinas– y antiguos pueblos de granito, entre un paisaje siempre verde de colinas donde pastan las rojizas vacas limusinas. Todos los otoños, los pobladores salen a los bosques en busca de las exquisitas cèpes –una variedad de setas– que crecen favorecidas por la permanente humedad de la zona. El Limousin fue siempre una hermosa región, pero aislada y pobre: durante los siglos XVIII y XIX sus habitantes, de los que sólo unos pocos puñados lograban vivir gracias a la gran industria local –la exquisita porcelana de Limoges– emigraban a París a trabajar como obreros en la apertura de los bulevares parisienses que ordenó el barón de Haussmann. No había más de 500 kilómetros de distancia, pero eran otros tiempos, y el exilio de los limousins arrancados a sus bosques de castaños dio origen a toda una tradición de canciones que hablaban del desarraigo y la tierra natal. Con el tiempo el turismo cambió las cosas, y hoy la ruta de Ricardo Corazón de León atrae a numerosos turistas que se internan en auto, a pie y en bicicleta por los verdes senderos sembrados de castillos. El de Châlus-Chabrol, al que se llega por pequeñas rutas departamentales desde Poitiers, Angoulême, Limoges, Périgueux o Brive, es sin duda uno de los más excepcionales. El torreón severo del castillo entró en la historia el 25 de marzo de 1199. Ese día Ricardo Corazón de León, duque de Aquitania y rey de Inglaterra, inspeccionaba los trabajos de una trinchera abierta con el fin de derribar justamente la gigantesca torre donde se apiñaban con obstinación los últimos defensores del castillo y sus familias. Toda la operación militar –nada que pudiera resultar inaccesible para quien venía de la Tercera Cruzada– estaba destinada a castigar a un vasallo traidor, Aimar V, el vizconde de Limoges. Mientras sus hombres cavaban la trinchera, el rey miraba divertido un espectáculo extravagante: un hombre, Pierre Basile, desde lo alto de la torre desviaba las flechas de los arqueros con una sartén. Nunca debió haberlo hecho: en una distracción, recibió un certero disparo de ballesta que lo hirió de muerte. El rey pasó doce días de agonía y murió la tarde del 6 de abril en brazos de su madre, Alienor de Aquitania, que había viajado lo más rápidamente posible a Châlus para recibir al menos su última voluntad: “Que mi cuerpo sea enterrado en Fontevraud, mi corazón en Rouen, y en cuanto a mis entrañas, que queden aquí en Châlus”, pidió Ricardo Corazón de León. Su muerte pusofin a la influencia inglesa en esta región de Francia, convertida en una “zona de frontera” jalonada de fortalezas pero definitivamente destinada a entrar bajo el mando de los reyes franceses.
La visita al
castillo. Ocho siglos más tarde, la visita al castillo
de Châlus sigue impresionando. Solitaria y desprovista de cualquier adorno
que pudiera quitarle su austero aire medieval, la torre principal donde Pierre
Basile paraba las flechas con la sartén sigue en pie, así como
los jardines y algunos de los grandes salones de piedra construidos posteriormente.
Se entra al recinto del castillo por una antigua casa de campo donde se conservó
el mobiliario típico del siglo XIX, y se accede luego a los jardines,
las ruinas en torno de la torre y los salones. Al aire libre, se realiza cada
mes de agosto la réplica de una justa medieval, con los caballos y los
escudos, las lanzas y los yelmos como en aquellos tiempos heroicos donde caballerosidad
y salvajismo iban tranquilamente de la mano. En el interior, en la gran sala
feudal, se recrea en cambio un banquete con manjares medievales: esta costumbre
es muy popular ahora en Francia y otros países europeos, donde se intenta
rescatar los sabores de antaño, las carnes de caza, las especias y los
vegetales que antes eran productos cotidianos pero con los siglos se fueron
perdiendo, desplazados muchas veces por sabores llegados de América y
exitosamente implantados en el Viejo Continente.
Una de las salas del castillo conserva hoy día una curiosa colección:
máscaras y trajes del Carnaval de Venecia. Tal vez los trajes no tienen
mucho que ver con los tiempos medievales de Ricardo Corazón de León,
pero le ponen un toque de color y romanticismo a las paredes de piedra desnuda
y las puertas hechas como para gigantes, dándole al castillo ese toque
de medioevo romántico que sólo existió en el cine pero
sin duda contribuye a la leyenda del lugar. Afuera, en cambio, lo que espera
el visitante es la reconstrucción de un auténtico jardín
medieval: creado por Anne Pierré Heyraud inspirándose en las ilustraciones
de los manuscritos de los siglos XIII y XIV, el jardín del castillo de
Châlus está organizado en pequeños cuadrados regulares donde
crecen rosas a la antigua –pequeñas y muy perfumadas–, especias
y míticas plantas como la mandrágora. En las cercanías
quedan restos de la antigua capilla del castillo, levantada en el siglo XI,
y la estatua de un hombre yacente realizada por el artista contemporáneo
Alexandre Gherban, que marca el lugar donde fueron sepultadas –siguiendo
la expresa voluntad del rey– las entrañas de Ricardo Corazón
de León. Pero lo más impresionante del castillo es el torreón:
sus 25 metros de altura se mantienen inmutables desde hace siglos y permiten
imaginar muy bien, desde lo alto, cómo debió haber sido el asedio
de Châlus. Se accede por una escalerita de metal que permite subir los
primeros metros: desde allí, la torre se recorre a través de una
escalera de piedra que da paso a los distintos “pisos” y finalmente
a la parte más alta. En el camino, las estrechas ventanas donde se apostaban
los arqueros para defender la torre con sus flechas ofrecen una visión
fragmentada del paisaje circundante, pero en lo más alto la vista se
extiende sin límites por los antiguos dominios del rey cruzado: Aquitania,
el Limousin y el Poitou, sobre los que ondea todavía la bandera roja
con el dragón rampante. Desde aquí, la perspectiva de los siglos
se borra muy rápido y no queda menos que preguntarse dónde están
las nieves de antaño que extrañaba François Villon, o como
Bernard de Ventadour, trovador en la corte de Ricardo Corazón de León:
“Los reinos están, pero sin reyes / y los condados, sin barones
ni condes / los marquesados están, pero sin marqueses / poderosos castillos,
bellas mansiones / pero ya no están los castellanos...”.
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