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Por Claudio Zlotnik

Ni a placé

Argentina es una de las favoritas del Mundial en las apuestas de los inversores en la City de Londres. Lo opuesto cuando se trata de acciones. Buenos Aires no es tenida en cuenta en la carrera de los mercados.

Desde hace un mes, la City londinense se convirtió en el centro receptor de las apuestas del Mundial. Inversores de todo el mundo canalizan hacia allí sus pronósticos futboleros. Apuestan dinero sobre la suerte que tendrán las distintas selecciones en el torneo, pero también cuántos goles y la cantidad de tarjetas amarillas y rojas que mostrarán los árbitros a lo largo del campeonato. En este efímero mercado -que terminará junto con la vuelta olímpica en el Saint Dennis de París, el próximo 12 de julio-, la Argentina es una de las favoritas. Y escala posiciones -ahora está en el tercer lugar entre las preferencias- a medida que avanza en Francia ‘98. Es decir, en la timba londinense es cada vez mayor el flujo de capitales que recibe el seleccionado argentino. Todo lo contrario a lo que sucede en los mercados financieros internacionales, donde la Argentina es uno de los que más desinterés despierta de parte de los inversores.

En la semana que pasó, el comportamiento de la plaza local volvió a ser el peor de la región. Desde que se originó la crisis en el sudeste asiático, los fondos de inversión internacionales fueron perdiendo confianza en los denominados países emergentes. Y huyeron con sus capitales hacia los mercados más seguros: Estados Unidos y Europa. En esos recintos las acciones baten record tras record. En cambio, en Buenos Aires cada vez hay menos negocios.

A lo largo de la semana nunca se superó los 12 millones, la tercera parte de lo que se transaba hace ocho meses. La notable falta de interés tiene su explicación: en época de turbulencias, los inversores prefieren colocar sus fondos en aquellos mercados que, hasta hora, les rindieron ganancias y dejan de lado los que sólo les pueden dar dolores de cabeza.

Pese a las continuas bajas, en la city no se atreven a diagnosticar que las acciones hayan encontrado su piso. Al contrario, se piensa que la situación podría empeorar si los países que más interrogantes despiertan -Rusia y Japón- no logran revitalizar sus economías. Por ahora, Moscú espera que el FMI o el Grupo de los Siete países más poderosos le tiendan una mano. Boris Yeltsin fue claro: necesita hasta 15 mil millones de dólares para frenar los embates de la crisis. De Japón se aguarda la implementación de medidas que alienten el consumo interno y, con eso, logre salir de la recesión. Pero nada será posible hasta mediados del mes que viene, cuando haya elecciones parlamentarias. Mientras tanto, los mercados continuarán con la cabeza gacha e implorando que las racha positiva de Wall Street no sea resultado de una burbuja especulativa que explote en cualquier instante.

Por si fuera poco, otro país emergente -esta vez Sudáfrica- fue víctima de un ataque especulativo. El viernes, en una acción sin precedentes, los bancos centrales de Estados Unidos y de Inglaterra intervinieron para sostener al rand, la moneda sudafricana, que en un mes se devaluó un 20 por ciento. El país de Nelson Mandela depende en gran medida de sus exportaciones de oro, cuyo precio cae en picada desde que empezó la crisis en Asia. Es un caso similar al de Chile con el cobre. En el país vecino, el gobierno debió tomar medidas para atraer a los capitales. Carlos Menem suspendió la construcción de 13 mil kilómetros de autopistas y prometió un achicamiento del gasto público. En Brasil, Fernando Henrique Cardoso devaluará el real a un ritmo menor para alentar el consumo. Los países quieren enviar señales tranquilizadoras a los inversores.

Pero, por ahora, la Argentina seduce sólo a los especuladores del Mundial.