![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
|
Por Alejandra Dandan ![]() Mónica se arrima a un grupo de ocupantes. Desde temprano buscaron visibilidad entre cámaras de TV montadas junto a las vías. “Esta gente -dice la mujer sobre los vecinos de Palermo– se está agarrando de que están deportando a los extranjeros para jodernos a nosotros”. Hace dos meses llegó de Chaco y lo aclara mientras repite que “no hay nadie de afuera, somos todos de acá”. Su cuarto cobijó hace dos semanas un nuevo matrimonio. En una tele de imágenes llovidas oyó su dirección y denuncias “de un barbudo que siempre pasea el perro por acá y se queja por el tema de los travestis: como no pudieron sacar a los maricas ahora nos quieren cagar la vida a nosotros”. La lógica es certera. En medio de una campaña con características xenófobas los medios reproducen a diario supuestas ocupaciones de viviendas por extranjeros y, con más recurrencia, indocumentados. Esta vez los sectores más duros de Palermo Viejo hallaron un nuevo plafón desde donde reclamar por la inseguridad. A Página/12, Aldo Panero de la Asociación de Palermo Viejo denunció la presencia de “unas 130 familias y calculá –insistió– cinco criaturas por cada una, en total debe haber unas 400 personas”. La trama asociativa no concluyó: “Yo no digo que sean ilegales –repite Panero– porque no puedo pedir documentos, pero uno ve por el aspecto que son bolivianos y peruanos”. El sector ocupado se pega al edificio que ocupaban 1500 familias hace cuatro años, antes del desalojo de las ex Bodegas (ver recuadro). La posibilidad de una población de idénticas proporciones preocupa a los vecinos del barrio. “Debe ser una cosa reciente la ocupación –dice María en el 2161 de Godoy Cruz–, yo personalmente no vi nada, no puedo decir mucho. Pero ya tenemos la experiencia de Giol con problemas fenomenales.” La mezcla entre indiferencia y prevención se escucha en cada casa. “Yo sólo conozco a una señora rubia que jamás me hizo nada –se sorprende ahora Estela en el 2087–, ni sabía que había más gente, me enteré hoy por la tele”. A pocos metros don Alberto cuenta que hace una semana conoció el tema y aunque reconoce que no pasó nada extraño, vuelve a pensar en el viejo Giol y “es qué acá teníamos cada cosa”. Frente a la ferretería del hombre hay un paredón que impone varios límites entre el exterior y las bodegas donde Adrián busca ahora exhibir su cara clara ante alguna cámara. “Los de afueras no están viviendo acá. Siempre nos vienen a decir cosas que no saben”. Tiene poco menos de 30 y aclara que emigró de Pilar cansado de limosnear trabajo en vano. En Giol obtuvo una parcela de cemento cubierta de malezas y, también, un cuarto. Rascó paredes bajo basura, pintó y armó baño y dos habitaciones. “Cuando llegamos, la nena –replica Silvia, la mujer de Adrián– tenía una diarrea virósica, casi se nos muere”. Ahora los travestis de Godoy Cruz aportaron los pañales que tiene calzados la más chica. Las tierras fueron concesionadas por el Ente Nacional de Administración de Bienes Ferroviarios a la firma Buenos Aires al Pacífico. Adrián obtuvo algo parecido a un permiso provisorio para permanecer refugiado. “Vimosesta casita deshabitada y nos metimos ahí –cuenta– y al tiempo vino uno de vigilancia y dijo: quédense, pero cuando vengan y los echen se van a tener que ir”. Ese momento parece próximo. Pero la gente de Giol sabe de desalojos y de vida nómade. No protestan. Por eso tragaron llanto y en una noche aprontaron otra vez sus cosas. “Yo toda la noche me desvelé y en el otro galpón no durmió casi ninguno, meta acomodar las cosas. Y diga que tengo una sola hija”. Ramona termina de hablar y alguien sugiere continuar bajo la sombra: “Así no nos tostamos que tras que nos dicen que somos negros si nos tostamos más negros vamos a ser todavía”, dice Adrián y nadie pide aclaración.
Los extranjeros y la ética bíblica |