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Por Eduardo Fabregat ![]() Tiene razón Mr. Reid cuando apunta lo fértil que resulta Buenos Aires a la hora de apreciar sonidos de toda clase. El lleno del jueves en La Trastienda demuestra que hay un público que sabe celebrar esta clase de rarezas, en las antípodas de Shakira, Five y demás alimentos congelados. Y la devolución desde el escenario cubre todas las cuotas de confianza. Como se anticipaba teniendo en cuenta el recuerdo de aquel show de Living Colour en Obras 1993, ![]() ¿De qué armas se valió el guitarrista para ello? Primero y principal, del funky, un género que corre por sus venas con la naturalidad de quien tiene la piel oscura y el ritmo incorporado. Pero si la primera sección del show estuvo dedicada a esas bases sensuales, salvajes y precisas a la vez, que llaman a mover el cuerpo, con el correr de la noche quedó claro que Reid no se estaciona en aquello que domina con más facilidad. Y que Reid parece dominar con facilidad unas cuantas cosas. Así, hubo segmentos de música hipnótica que recordaron a esos largos pasajes instrumentales de The Doors, y arranques melancólicos de guitarra limpia, y curiosidades jazzeras en las que Vernon mutó su guitarra en un disparador de sintes, y esa atropellada final de rock sanguíneo, hendrixiano, pero a la vez multidimensional. Para sostener y expresar todo eso, el moreno demostró además estar bien rodeado. Porque su banda de apoyo resultó una curiosidad en sí misma, una rara combinación de talentos que tocaban cosas difíciles de creer todo el tiempo, obligando al espectador a la ardua tarea de tener que elegir a quién mirar. Allí estaba Jason Kibler, alias DJ Logic, un ejecutante maravilla de las bandejas que viene de trabajar con Medeski, Martin & Wood, y que dio contrapuntos y climas sorprendentes toda la noche a puro scratching. O Marlon Browden, un baterista que parecía escapado de la Jimi Hendrix Experience, con una técnica desgarbada, pero de efecto demoledor. O su compañero de base Hank Schroy, que en cada nota de su bajo parecía dejar la vida. O ese blanquito cool llamado Leon Gruenbaum, que pasaba del piano a un extraño símil de teclado de computadora con lucecitas pisteras, colgado a la altura de la cintura y capaz de emitir los sonidos más inesperados. Con ellos y con buena parte del material del único disco solista del músico, Mistaken Identity (el inicial y contagioso You say hes just a psychic friend, los demoledores Whats my name y Saint Cobain), más algún tema inédito como Kharma y esa rendición a losTalking Heads, Reid dejó claro que algunos héroes de la guitarra evitan puntualmente convertirse en bronce. Aunque tengan todo para merecerlo.
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