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Aprendió
danzas españolas en la Boca, hasta que un accidente la dejó postrada
dos años, enyesada de la cabeza a los pies. De allí sacó la idea
de las lisiadas con que las Gambas al Ajillo causaron furor en los
80. Abrió los 90 gritando pija en el programa de Susana, fue vedette
en el Maipo, promocionó laxantes en congresos médicos y siguió demostrando
un talento endiablado para la actuación. Hoy se la puede disfrutar
haciendo de Mamá Cora en la nueva puesta teatral de Esperando la
carroza y sufriendo como una madre televisiva en Buenos vecinos.
Sepa qué pasa por la cabeza de María José Gabin cuando está haciéndonos
reír a carcajadas. |
¡Grande,
ma!
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POR
DOLORES GRAÑA
Barrio
de la Boca. Anochecer de un día acalorado. María José Gabin entra en
el Teatro de la Ribera, saluda y anuncia que se va a cambiar para las
fotos. �Cinco minutos, nomás�, dice, sobre lo que le lleva transformarse
en Mamá
Cora, el personaje que interpreta en la nueva versión teatral de Esperando
la carroza, la obra de Jacobo Langsner, dirigida por José María Paolantonio.
Mientras la fotógrafa instala las luces y hojea los flamantes ejemplares
de 1964 que componen la escenografía, el tiempo pasa y Gabin no aparece.
Comienzan las dudas acerca del presunto dominio que dice tener la actriz
sobre su personaje. Ocho minutos. Diez. Y de pronto se oye una voz que
anuncia desde bastidores: �¡No van a creer lo que me acaba de pasar!�.
Acto seguido, Gabin entra semiconvertida en Mamá Cora, con los gestos
de la vieja, pero con su propia voz, algo extraño de observar. Especialmente
cuando sonríe, se da vuelta y entrega un plano completo de la espalda
del personaje: decíamos que estaba vestida como Mamá Cora. Bueno, casi.
�El vestido se lo llevaron para lavar. Menos mal que el delantal estaba�,
comenta y todo sigue adelante como si nada. Salvo que las fotos serán
todas de frente. CON FALDAS Y A LO LOCO Quizá sea inevitable empezar
una entrevista con María José Gabin por la historia de las Gambas al
Ajillo, grupo que integró desde sus comienzos y del que, contra lo que
podría pensarse, adora hablar. Más aún: Gabin dedicó un tiempo especialmente
turbulento de su carrera a escribir su biografía no autorizada (�Empezó
como empiezan muchos libros de actores: por falta de trabajo. No sabía
qué hacer de mi vida, estaba al borde del suicidio y pensé: Mejor escribir�),
repleto de pequeñas victorias y fracasos desopilantes, narrados con
el mismo tono juguetón que emplea Gabin cada vez que siente que está
hablando demasiado en serio: �Es la única crónica que hay, de primera
mano, sobre los charcos del Parakultural�. En uno de sus capítulos,
Gabin revisita sus comienzos: �Cuando empezamos a trabajar juntas, nuestras
edades estaban en escalera. Laura (Market) tenía 28; Verónica (Llinás)
27; Alejandra (Flechner) 26 y yo 25. Los finales de nuestra adolescencia
hacia fines de los 70 nos habían dado una pizca de Flower Power, un
chorrito de Che Guevara y unas gotas de pop art. Lo que no queríamos
era a nadie dando órdenes, de manera que empezamos a trabajar sin director,
cosa muy común en los grupos que se formaron a partir de la apertura
democrática. Entre nosotras decidiríamos qué hacer, cuándo y cómo. No
entregaríamos nuestra materia gris, ni nuestra fibra muscular, ni siquiera
nuestra fibra óptica a nadie. Y, cuando bajábamos del escenario, hasta
se nos veía más bonitas de lo que nos mostrábamos�. La variable cuota
de reconocimiento que les tocó a las Gambas al Ajillo durante los 80
no estaba medida por las cantidades industriales de purpurina y jabón
en el pelo (�si para la capital éramos raras, para Mar del Plata directamente
éramos putas�) que documentaban las revistas de la época, sino en su
agudísima radiografía de todo tipo de mujeres al borde de un ataque
existencial, que ha resistido notablemente al paso del tiempo. La historia
de cómo las Gambas al Ajillo se conocieron e hicieron historia es, también,
parte de la historia colectiva que hizo historia como �la década del
80�. Como todos los que alguna vez pisaron esa década tratando de dejar
bien marcada su huella, Gabin tiene una teoría al respecto: �Lo nuestro
fue un poco coyuntural. Había un montón de gente que esperaba que se
abrieran espacios. Cosa que se dio con el advenimiento de la democracia
y la apertura del Parakultural. Yo había trabajado en Teatro Abierto,
en Danza Abierta, en los finales de la dictadura. El punto de partida
de todo ese movimiento que se dio en llamar underground tuvo que ver
con Teatro Abierto, y con la ruptura que se generó después: no hablar
más de política de manera tan directa, sino tomar un punto de vista,
a mi criterio, mucho más social. Lo que nos interesaba eran los tipos
sociales sometidos a la marginación: las feministas, las viejas, las
monjas, las paralíticas. Y no es casual que los actores tomaran el lugar
de los directores y autores de teatro, improvisando o escribiendo: todo
esto tenía que ver con una necesidad expresiva, así como el hecho de
que sentíamos que ellos no representaban a nuestra generación. Estábamos
hartos de escuchar hablar de política de esa manera. Y ahí empieza a
aparecer el humor con mucha fuerza, mucho más cutre y más grotesco.
Los personajes están perdidos, igual que antes, pero ahora se ríen de
eso, como nuestras sifilíticas (las �lisiadas�, para el público), que
con muletas y cuello ortopédico disfrutaban enormemente de su dolor.
Todo era muy marginal, o marginado. En los bordes, como dice Pavlovsky�.
LA NIÑA QUE GRITó PIJA Las Gambas al Ajillo siguen siendo recordadas
como una de las cosas más francamente desopilantes e inteligentes que
hayan pisado un escenario (basta citar el detalle de que sólo hicieron
cuatro obras en ocho años). Sus proezas frente al decoro, la mente biempensante
y el feminismo ortodoxo se han trasladado intactas a la generación siguiente
sin perder un ápice de eso que en algún momento se dio en llamar �transgresión�.
Palabra que a esta altura ha perdido toda elocuencia a la hora de las
definiciones, pero que ciertamente era la muletilla mediática para tratar
de explicar al público qué esperar si se aventuraban a presenciar esas
obras (�Las palabrotas, denuestos and Co. que machacan las orejas a
lo largo de la hora cuarenta de show tampoco conlleva novedad revolucionaria�,
advertía Gente en 1990). La última incursión fue Las gambas gauchas,
en 1994, una suerte de reunión dirigida por Helena Tritek con la que
muchos se enteraron demasiado tarde de que no habían estado en el momento
indicado en el lugar indicado. Y si bien el �fue bueno mientras duró�,
ejerce algún tipo de consuelo ochentista, hubo otros que prefieren dedicar
sus esfuerzos nostálgicos a descubrir el preciso momento en el que todo
empezó a terminar. Puesta a pensar en el principio del fin de las Gambas
al Ajillo, María José Gabin se ríe, piensa un poco y dice que sí, lo
de Susana Giménez puede muy bien llenar todos los requisitos: �Fue en
medio de la temporada de La debacle show (1989). Lo que sucedió, en
realidad, fue un ejercicio automático de mi parte, una de esas cosas
del entrenamiento actoral, de hablar sin pensar. Estábamos participando
de un juego tipo adivine la película, Yuyito González dibuja una forma
tipo salchichón y a mí me salió gritar pija, de lo locas que estábamos.
Pero el programa era en vivo, y todo el estudio enmudeció. Susana se
empezó a apantallar con las preguntas. Pasó como una hora hasta que
finalmente dijo: Seguí, Yuyito, seguí. Y la mina terminó dibujando a
Cleopatra. ¡Qué sé yo por qué había empezado por el salchichón! Sería
una de las trenzas... La cuestión fue que, al otro día, Ambito Financiero
puso en tapa: Las palabras más soeces que se hayan escuchado jamás en
la televisión argentina. Con sólo decir la palabrita mágica no nos invitaron
más a ningún programa, pero llenamos el teatro durante semanas. En un
sentido, fue una decantación natural: en la temporada de La debacle
show la gente ya venía con tapados de piel y autos importados a vernos.
Era plena hiperinflación, y fue la primera vez que ganamos dinero con
el teatro. Muy increíble. Cuando llegó el verano, decidimos hacer Mar
del Plata. Como que nos habíamos agrandado. Bueno, fuimos y fracasamos.
Ya estábamos agotadas del trabajo, muy desorganizadas y cada nuevo espectáculo
nos llevaba muchísimo tiempo de preparación, porque lo hacíamos todo
solas. A eso hay que sumarle que terminaban los 80 y los noventa traían
otros pensamientos, otras necesidades, otras inquietudes. Y otro país,
en el que ya no estábamos�. Y YO CON ESTA CARA Ese país en el que la
palabrita mágica de Gabin escandalizaba desde la tapa de los diarios
�cuando ahora alcanzaría, como mucho, a un minuto de �PNP�� vio reacomodarse
a los integrantes del destape argentino en los protectores, pero demandantes
brazos de la TV y el teatro más o menos comercial. El physique du rol
de María José Gabin (ese que le hace decir �con esta cara no me quedaba
otra que dedicarme a esto�) y sus capacidades interpretativas le permitieron
aparecer regularmente en tiras televisivas ��Amigovios�, �Verano del
�98�, �Pan Caliente�, y actualmente �Buenos vecinos�� encarnando personajes
que bien podrían ser los modelos en que se basaban las Gambas para crear
sus números vitriólicos. La pregunta es cómo evitar la tentación de
parodiarse a sí misma. �Siempre siento que me falta mucho por aprender.
La TV se maneja con estereotipos y repeticiones, eso es lo que imprime
en la gente. Yo, como actriz, trato de abrir la mayor cantidad de puntas
posibles. A veces es difícil, pero la TV siempre funciona como un entrenamiento
alucinante: cinco o seis escenas por día leyendo el libro prácticamente
en el momento. En general, digamos que me han tirado las puntas generales
del personaje y la historia, y yo trabajé desde ahí. Las cosas son medio
complicadas a veces, porque �Buenos vecinos� es un melodrama realista
y un grotesco naturalista a la vez. Qué sé yo: ahora, justo cuando me
secuestraron a mi hermano, a mi hijo se lo están por llevar a Italia
y al padre le agarró una descompensación y, como si todo esto fuera
poco, me están por embargar la casa. Un exceso. Y de ahí pasás a otro
capítulo en el que tenés dos escenas, una de las cuales consiste en
entrar y decir: Che, te están buscando en la esquina. Eso, para una
actriz, es un verdadero entrenamiento. Y en un lenguaje naturalista
que yo no utilizo muy seguido, donde la expresión pasa casi exclusivamente
por la cara. O, si tenés suerte, por el pecho. No tengo la posibilidad
de desplegar el plástico cuerpo que todos me dicen que tengo�. Gabin
empezó a los seis años, estudiando danzas clásicas españolas (�con mi
maestra Lolita, en el club, en la Boca, de donde soy prácticamente oriunda�).
Siguió en la Escuela Nacional y a los once años tuvo un accidente automovilístico
que la dejó dos años en cama con una fractura de fémur. �Tenía un yeso
hasta la cintura y otro en los hombros, porque me descoloqué la clavícula.
Sólo podía mover los brazos hasta el codo y los dedos de los pies. Estaba
preciosa. Cuando me sacaron el yeso, en mi primer cumpleaños, bailé
con muletas. De ahí salieron las sifilíticas�, recuerda Gabin. La rehabilitación
fue tan completa que Gabin entró en la Escuela de Danza del Colón (�Donde
más te vale estar rehabilitada porque es como la colimba�), adonde se
quedaría hasta que fue convocada para Danza Abierta. UN LAXANTE PARA
MAMA CORA Hay quienes creen que mientras haya un público dispuesto a
mirar, la experiencia teatral puede lograrse en cualquier parte, incluso
en la presentación de un laxante, hecho que Gabin ha podido comprobar
en alguna ocasión, que evidentemente no esperaba recordar: �Ya no lo
hago más. Formó parte de toda la época en la que trabajaba prácticamente
sólo en el teatro. Fue en unas jornadas de visitadores médicos, que
hacían un aprendizaje sobre el laxante. Había un show que coronaba el
encuentro, a mi cargo. Yo venía de hacer revista en el Maipo (con Pinti),
que fue un hito para mí, y trabajaba básicamente con la complicidad
del público. Después me siguieron llamando para esas cosas, pero el
período de juventud se había terminado. El trabajo dignifica, decía
el general, y yo adhiero totalmente. La verdad es que no reniego de
nada�. También hay quienes dicen que la distancia entre la comedia y
la tragedia es inexistente: que sólo depende de la reacción del público.
Que los actores que han logrado reconocimiento profesional haciendo
reír esperan ansiosamente la oportunidad de demostrar que también pueden
hacer llorar. En algún sentido, hacer llorar parece lo más cercano a
la demostración cabal de �saber actuar�. Puesta a reconsiderar el pobre
lugar que ocupa la carcajada en la escala de valores dramáticos, Gabin
considera que es todo cuestión de apreciaciones académicas: �Los que
ganan el Oscar siempre son personajes al borde de la muerte. Y es cierto
que una película cómica es menos valorada que una trágica. No sé si
es porque la gente necesita ver sufrir al otro para creer que es una
persona de carne y hueso. También es cierto que el humor distancia:
si realmente creyeras que esa persona está sufriendo, no te reirías.
Lo interesante es descubrir de dónde viene la risa del público. Como
intérprete, me entusiasma mucho la posibilidad de esa parte trágica
que queda tapada por la comicidad. Poder hacer una melodrama tragicómico,
como una novela mexicana intencional. Una combinación muy argentina�.
Pocas invenciones teatrales argentinas logran tocar el nervio nacional
como Mamá Cora, y al plástico cuerpo de Gabin por una vez le toca encarnar
el agarrotamiento de esta mujer que sobrevuela como una presencia trágica
la pieza de Jacobo Langsner (en la que también actúan Lucrecia Capello,
Salo Pasik, Rubén Stella y Gonzalo Urtizberea). Pero, claro, el primer
problema de Gabin, y de la puesta de Paolantonio en general, era encontrar
la manera de borrar del inconsciente a esa viejita que gritaba serenísima
�¡Te hice flancitos!� en la versión cinematográfica de Alejandro Doria.�La
obra es muy buena, mejor todavía que la película, en mi opinión. Langsner
habla de una hipocresía, de un egoísmo, histórico en nosotros. Un país
en el que cada uno está arañando por tener su lugar, sin importarle
qué les quita a los otros. En mi caso, todo se centró en descubrir la
tragedia de esta vieja, que en la obra no tiene desarrollo dramático
alguno. Y la vieja que yo hago es tierna. Está vieja, no es mala. Es
el único personaje en la obra que no tiene mala intención. Ya no le
queda ni ese deseo de mantener un lugar en esa familia; sólo quiere
seguir viviendo. Y todo gira alrededor de ¿cómo nos la sacamos de encima?
Lo raro es que yo hice casi prácticamente todos protagónicos en mi carrera;
éste es el primer personaje chiquito que hago, porque era un gran desafío.
Aparezco sólo seis minutos al principio y cuatro al final. El resto
del tiempo leo como loca. Para formarme.�
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