Jue 20.05.2010

CONTRATAPA

La tragedia de General Villegas y el recuerdo de Manuel Puig

› Por Mempo Giardinelli

El precioso dibujo de Daniel Paz & Rudy de anteayer, vaya novedad, impactó sobremanera porque el punto geográfico que ellos ironizan como “sitio abusador-friendly” es nada menos que General Villegas, la ciudad natal de Manuel Puig, en mi opinión, y con Julio Cortázar, uno de los más originales e innovadores narradores argentinos del siglo pasado.

Alguna coherencia histórica parece convocada en la evocación de Puig y en la tragedia que hoy se vive en esa ciudad bonaerense. La literatura resulta, una vez más, si no anticipatoria al menos señaladora de los más insólitos rasgos sociales. En este caso, la hipocresía implacable de una minoría burguesa.

Y subrayo lo de “minoría”, porque seguro que no es todo Villegas que apoya y sostiene a los abusadores de esa chiquilina. En realidad, se diría que se trata sólo de una porción minúscula de bestializados ciudadanos que, a la manera de los dictadores, todo lo justifican con frases infames producto de la pérfida ideología que les fue inoculada: “por algo será”; “algo habrá hecho”; “pibita fiestera”; “miren cómo se vestía”, “no era la primera vez”, “los padres tienen la culpa” y así por el estilo.

Lo que asombra, sin embargo, lo que verdaderamente alucina es que una ciudad de este país y en pleno siglo XXI organice una marcha en apoyo de tres hombres adultos que tomaron fotos y filmaron a una chiquilla de 14 años practicándoles sexo oral, filmación que luego hicieron pública. Y que esa marcha haya tenido manifestantes de carne y hueso, no importa si veinte o doscientos. Y que la telebasura nacional les haya dado un espacio digno de mejores causas.

Porque el hecho repudiable –central y único y asombroso– es que esa menor fue filmada con un teléfono celular mientras era abusada y, de hecho, violada.

No tiene ninguna importancia ninguna otra cosa.

Lo que se ve en el video es incontestable: esos tres tipos, algunos casados y acaso con hijos, tenían plena conciencia de lo que hacían. Más aún, todo indica que les pareció gracioso, piola. Y entonces, argentinamente imbéciles, los tres se ocuparon de difundir lo filmado. Evidentemente ni sospechaban la gravedad delictual de lo que hacían, o no les importaba.

Después, el despropósito creció como yuyo malo. Algunos familiares y amigos (y subrayemos “algunos” porque no se puede ni pensar en unanimidades filiales ni amicales en un caso así) salieron a “defenderlos” por las calles de la ciudad. Incluso la esposa de uno de ellos convocó a través de Facebook a una marcha y movilización por la ciudad “en su defensa” y con el patético y vacuo argumento de que “los chicos son inocentes”.

Manuel Puig se hubiera hecho un festín literario con esto, acaso un delicioso sainete si no fuera que informa sobre gravísimas taras argentinas. Y taras viejas, que él mismo padeció en vida, azuzado por esa misma raza de “machos” pueblerinos.

“Los chicos tienen familias”, dijo insólitamente una de las manifestantes. Se vio en la tele. Y uno se pregunta en qué creerá esa mujer, acaso de misa dominical y que además vota, seguro. Qué creerá que cree una mujer así (no digamos pensar, apenas creer) y qué su marido o sus hijos, si los tiene. Desde qué moral salió esa gente “en defensa” de los tres adultos protagonistas del video.

Otros dijeron que “se sabía que la chica mantuvo relaciones con hombres casados”. Algunos más cuestionaron a los padres de la piba, y no interesa si con o sin razón. Seguramente –apuesto lo que quieran– la mayoría de esos “defensores” son nostálgicos de la dictadura, denostadores de la democracia, furiosos opositores del gobierno actual.

Pobre ciudad, General Villegas. Pobre la buena gente sin dudas mayoritaria que debe convivir con este tipo de gente. Y pobre también la familia de la piba, que es todavía una adolescente de 14 años.

Pero sobre todo pobrecita la piba. En esencia, la única víctima verdadera de este drama provinciano.

Uno se preguntará qué educación le habrán dado en su casa, o en la escuela. De qué carencias habrán estado llenos en esa familia. Sólo el tiempo, y acaso la literatura, podrán dar las respuestas.

Mientras tanto –seguro– sobrarán los estúpidos debates argentinos acerca de si la versión que dio la menor es verosímil o no. La acusarán diciendo que era una atrevida o una loquita; la defenderán asegurando que nunca iba a bailar ni salía de noche. Comidillas de pueblo. Manuel Puig fue un maestro en desnudarlas. Basta recordar la tragedia de La Raba, el cinismo de Mabel, la maldad de Celina, la frivolidad idiota de Juan Carlos. Esos inolvidables personajes de Boquitas pintadas prefiguraron, hace más de 40 años, la tragedia de esta pobre chiquilina provinciana.

Independientemente de lo que decida la siempre dudosa Justicia argentina, corresponde recordar los nombres de los protagonistas de esa abominable filmación: Mariano Piñero, 29 años, apodado “Papa Frita”; José María “El Potro” Narpe (28 años) y Mario Magallanes (24). Pobres sus familias también, y sus hijas si acaso las tienen.

Pobres, pobrecitos todos y todas en General Villegas. Si hasta la sombra de Manuel Puig ha de andar llorando por ahí.

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