Lun 08.08.2011

CONTRATAPA  › ARTE DE ULTIMAR

El regreso del Sr. Cateura

› Por Juan Sasturain

El humano es el único de los seres vivos que sabe, que es consciente de que se va a morir. Y es el único que se ríe. Y tal vez, por eso. Seguro que por eso.

Se me dirá que también es el único que llora. Pero la risa y el llanto no son, en principio, sino aspectos de lo mismo: la posibilidad de manifestar sentimientos ante lo que nos toca, experimentar y saber nombrar el placer y el dolor en todas sus variantes. Porque la sensibilidad es un invento humano (decodificar el sentido de lo que nos pasa) y el llanto y la risa son –de últimas– estrategias, elecciones, permisos más o menos conscientes que el humano se concede para poder seguir.

Claro que una cosa es poseer la aptitud (poder reír), otra cosa es usarla (reírse) y una tercera provocarla (hacer reír). Porque el hombre no sólo ríe y llora sino que puede (conscientemente o no) hacer reír y llorar. Para llorar y hacer llorar basta con tener sensibilidad (sentir y hacer sentir), pero para reír y hacer reír se necesita imaginación (trascender la sensación). Es una cuestión de grado. Al bebé que llora porque le duele o porque le falta (metáforas de la muerte que no reconoce aún) hay que distraerlo, hacerlo reír... Es fácil hacerlo llorar, es difícil hacerlo reír: las cosquillas son tramposas, mecánicas –tan groseras como el contiguo pellizco–, sólo un grado de lo terrible que podemos soportar, como no diría el amargado Rilke.

Al hablar de hacer reír me refiero a otra cosa: todos hemos sido, desesperados, alguna vez, los primeros humoristas de nuestros hijos, les hemos inventado a fuerza de morisquetas razones para reír, para neutralizar el dolor del mundo impresentable al que los hemos traído. De ahí por qué el humor (la idea de hacer reír) es el gesto más humano, más piadoso y de auténtica compasión del que podemos ser capaces: sentir con el otro, identificarse y hacerlo que se identifique. Porque el que se ríe último y mejor es el que se ríe con el otro y de sí mismo. De eso se trata, en suma: no hay rasgo mayor de cortesía e inteligencia.

Hay muchos tipos de humor. Sin salir del terreno del humor gráfico –el dibujado, quiero decir– hay muchos buenos ejemplos y autores de humor ingenuo, humor político, humor chancho, humor escatológico, humor verde, humor idiota, humor atorrante, humor absurdo, humor mudo, humor metafísico, humor comprometido, humor blanco, humor agresivo, humor tonto, humor costumbrista, humor regional, humor porteño, humor inglés, humor chino y tantos otros humores como creadores y necesidades de reír existen. Y entre todos ellos tiene un lugar especial y privilegiado el humor negro.

El llamado humor negro, emparentado con el humor absurdo en tanto y en cuanto ambos se hacen cargo de la pregunta por el sentido –sólo para gambetearla, saltarla al rango–, es el humor al cuadrado, el humor llevado hasta sus confines de posibilidad. Y eso porque trabaja en el límite, en campo enemigo, en territorio de La Muerte & Asociados, manotazo de humano ahogado, toquecito en el culo de la Huesuda, primer y último recurso de apelación a la sabia sonrisa ante la brutalidad, la estupidez, la necedad, la vileza o –simplemente– la pura desgracia.

Cualquier aproximación a la realidad argentina –o a la realidad argentina que los medios nos eligen/hacen ver– expuesta en sus más íntimas costuras, por ejemplo, en ámbitos representativos tales como el fútbol y la política a lo largo de este último fin de semana, sin ir más lejos, nos revelan sin hipocresías que no hay humor que no sea negro si queremos dar cuenta de los que nos pasa.

Por eso puede ser increíblemente oportuno que en estos días se esté realizando en Rosario –en el marco de FILA, el Festival Internacional de las Artes– una exposición de humoristas gráficos consagrados en sí y consagrados como cultores del humor negro.

Un auténtico quinteto de la muerte se hace cargo sin aparato ni solemnidad, con piadosa imaginación e inteligencia, de levantar la pesada factura del dolor y la desgracia humanas: Fontanarrosa, Gila, Aboy, Langer y Landrú..

El humor de Fontanarrosa tiene –como él mismo– un costado, un perfil y –en realidad– un todo negro. Desde los primeros chistes en Boom de Rosario, desde las iniciales historietas paródicas que hacía en las horas libres del secundario para sus compañeros, hasta el Boogie, obra maestra absoluta del género en términos universales, nunca dejó de traficar con tinta sangre. Y fue sin duda el mejor, por sutileza e inteligencia. La recuperación del veteranísimo Angel Aboy es todo un hallazgo: hacía buen humor costumbrista y/o porteño en los sesenta hasta que, una noche, se sacó la estaca, se levantó del féretro y empezó a hacer silenciosas atrocidades con traje negro, uñas largas, orejas en punta y colmillos filosos en medio de una sonrisa sorda, espeluznante. Desde entonces, en Tía Vicenta o donde fuera a morder cada semana, fue Drácula, el propietario del rótulo Humor Negro en la gráfica argentina. Un auténtico prócer desempolvado.

Del talentoso y temible Sergio Langer sólo cabe decir que dibuja con trazo grueso. La definición, contra los cultores de la línea blanca o pura, sería una línea sucia o –acaso mejor, si cabe– “contaminada”. Porque el humor de Langer no es negro en esencia, sino que se ennegrece hasta la sordidez como resultado de su abordaje crudo de temas políticos y sociales. Un grotesco tenebroso, espléndidamente feísta, que no se detiene ante (casi) nada.

Además, está expuesto Miguel Gila –o Gila, a secas–, un dato que no cabe dejar pasar. Por varias razones: primero, porque debe ser la primera vez que se cuelga obra gráfica suya en la Argentina; segundo, porque se están cumpliendo diez años, casualmente, de su muerte en estos días, y tercero y fundamental, porque que fue un extraordinario humorista español todo terreno que, entre otras cosas, durante la dictadura de Franco, vivió largamente en la Argentina. Gila trabajó en radio, hizo muchas películas e inventó gloriosos sketches televisivos a base de monólogos absurdos y memorables conversaciones telefónicas que arrancaban con el clásico “Que se ponga”. Su negrísimo humor gráfico “a lo bestia” es parte de una tradición que viene de Goya y llega hasta La Codorniz, Hermano Lobo y otras revistas de las que fue colaborador. Un genio, Gila.

Y finalmente está Landrú. El hombre llamado Juan Carlos Colombres es uno de los grandes del humor que ha producido este país. Con el trazo en apariencia ingenuo y primitivo, más un seudónimo original y provocador, Landrú –famoso asesino de mujeres, viudo serial francés– inauguró desde los años cuarenta dos vertientes contiguas y originales: el humor negro y el absurdo. Con su gloriosa Tía Vicenta resucitó, además, el humor político y de sátira social. Nadie ha llegado tan lejos, con esos ingredientes, como Landrú y su atroz, inolvidable y vigente Familia Cateura.

El regreso del señor Cateura, carnicero feroz y peronista por lo menos dogmático, casado con la señora Lúgubre y padre de Felipito, un niño de nariz finita y único rulo en la cabeza al que obligaba a estudiar latín y violín –prodigándole patadas en la encía y/o en el tímpano– para que con el tiempo se convirtiera en un buen carnicero peronista como él mismo, es una obra maestra absoluta de humor negro de absoluta vigencia.

Por favor: solemnes y amargados, abstenerse.

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