Lun 05.06.2006

CONTRATAPA

Una muerte a la española

› Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO Una de mis citas favoritas de la Biblia –ese libro igual de históricamente inexacto y argumentalmente inverosímil que El Código Da Vinci, pero tanto más divertido y mejor escrito– pertenece a la primera carta a los Corintios y dice así: “Alguno preguntará: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo? ¡Necio! Lo que tú siembras no germina si no muere”. Me acordé de esta airada respuesta epistolar de Pablo (dirigida a una helenística población un tanto incrédula y bastante más inclinada a abrazar los antiguos y mucho más divertidos y menos exigentes dioses griegos) el jueves pasado cuando me desperté y, mientras calentaba el agua para el café, encendí la tv para enterarme de que los fluidos vitales de Rocío Jurado comenzaba a enfriarse.

DOS Después, enseguida, el éxtasis y la agonía. En ese orden. Las programaciones de los canales alterándose todavía más de lo que ya venían alteradas por la inminente muerte de La Chipionera, el uso y abuso de eso de “Crónica de una muerte anunciada”, las unidades móviles saliendo a toda velocidad para cubrir la noticia de la definitiva inmovilidad que se venía esperando desde hacía rato.

Rocío Jurado había anunciado a los medios su cáncer de páncreas hace casi dos años y desde entonces todo había sido parte médico, supuesta recaída, viajes a clínica de Houston, un apresurado especial de televisión el pasado diciembre con el necro-título/expresión de deseo de Rocío: ¡Siempre! donde su voz ya aparecía cargada de nubes negras, una última entrevista con Jesús “El Loco de la Colina/El Perro Verde” Quintero cargada de frases ya casi para la posteridad, guardia permanente de periodistas frente a hospital capitalino y a su casa en el madrileño barrio de La Moraleja, declaraciones gratuitas o por cobrar de amigos y familiares, desmejora más que confirmada y –durante las últimas semanas– la caída en cámara lenta tras las cortinas corridas mientras las rapaces cámaras de ahí afuera descendían como buitres dispuestos a picotear lo que fuera. Y tal vez la culpa sea del difunto Juan Pablo II quien, con la casi pornográfica exhibición de su enfermedad y muerte, de algún modo ha santificado esto de morir en vivo, frente a los fieles y a los fans, persignándose o despidiéndose con la manito como al final de una misa o de un concierto súbitamente convertidos en funerales sin derecho a bis pero sí a canonización.

TRES Escribo esto un sábado y –desde el pasado jueves, cuando Marilyn Monroe hubiera cumplido los 80– Rocío Jurado o el agujero negro de la muerte de Rocío Jurado se lo ha tragado todo y por aquí no se habla ni se piensa en otra cosa. El tránsito del ataúd arropado por multitudes desde su casa Villa Jurado hasta la capilla ardiente en el Centro Cultural de la Villa de Madrid (por donde desfilaron desde familiares y colegas flamencos y copleros y taurinos hasta Pedro Almodóvar y Joan Manuel Serrat y políticos de variado octanaje), de ahí a la base militar y al avión rumbo a Jerez en Cádiz y de ahí hasta el Santuario de la Virgen de Regla en su Chipiona natal hasta, por fin, llegar al Cementerio de San José, fue ofrecido en detalle milimétrico, expandido e interminable con inserts pretendidamente poéticos del mar invocando una de sus canciones-insignia –Como una ola– o de ocasos andaluces o de rostros desencajados de familiares a los que la súbita interferencia de un micrófono les preguntaba: “¿Estás triste, verdad?”. Todo esto y mucho más se devoró a mucho más y todo esto: la polémica cada vez más inflamable entre Zapatero y Rajoy acerca de cómo llevar “el proceso de paz” con la ETA, la llegada de Picasso a El Prado, la noticia para muchos españoles apocalíptica deque los inmigrantes no comunitarios superan por primera vez los dos millones, el que a partir de ahora los transexuales puedan cambiar de nombre y de género sin necesidad de operarse, y el arribo de El Diego Maradona como comentador mundialista para el flamante canal Cuatro siempre y cuando consiga no pronunciar durante los partidos el mantra “Mis Hijas” varias veces por minuto.

CUATRO Y una cosa está clara y no lo discute nadie: Rocío Jurado era un portento de los pies a la cabeza pasando por los vertiginosos escotes con los que escandalizó a más de un purista. Los especialistas aseguran que, desde el punto de vista técnico, difícilmente vuelva a existir una voz –un vozarrón– con el caudal y los matices y la gracia como la de ella. Puede decirse que Rocío Jurado fue y es lo que son y fueron Frank Sinatra o Edith Piaf o Carlos Gardel o Lola Beltrán: figuras folk que empiezan y terminan en sí mismas, pero no por eso negándose a contener multitudes. Los que la conocieron aseguran que era una gran persona y que no le hacía ascos a la propia y pública farra interminable ni a la ayuda en secreto para aliviar tristezas ajenas. Y la verdad que a mí me caía bien (no me gustaba mucho de lo que cantaba pero sí cómo lo cantaba) y de ahí que me escandalice tanto el tratamiento tan público de ese acto tan íntimo que es –o deberá ser– la muerte. O, en su caso, de ese reality show en que se convirtió su vida privada –o privada de privacidad– durante los últimos años. Porque, sociológicamente, el Jurado World se las arreglaba para destilar la pura esencia del carácter ibérico reuniendo en una sola familia a todos los fetiches del imaginario nacional. A saber: La Jurado era 1) hija de zapatero y de 2) madre costurera, se casó con 3) campeón de boxeo que al divorciarse de ella se casó con 4) una peluquera que al enviudar del púgil se casó con 5) un africano de pasado oscuro; mientras La Jurado contraía nuevas nupcias con 6) un torero que siempre había querido ser 7) bailarín; la 8) caprichosa hija única de la cantante y el campeón mundial peso ligero contrajo matrimonio con 9) un pícaro guardia civil y, al divorciarse, una y otro se convirtieron en 10) comentaristas en programas de chismes. Uno de los más vistos y/o importantes de ellos, Salsa Rosa, seguramente dedicará la emisión de hoy –de 22 a 2– a retransmitir y recomentar todo lo que hemos vivido y Rocío Jurado ha muerto desde el jueves puntuado por lacrimosidades como “inmortal”, “eterna”, “siempre con nosotros” sin saber –o prefiriendo no saber– que, necios, lo que se siembra no germina si no se lo deja morir primero.

Descansa en paz, Rocío Jurado.

Desde aquí hago votos y rezo porque –si existe– en el Cielo no haya cámaras pero sí muchos tablaos.

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