Mié 15.09.2010

DEPORTES  › OPINIóN

Cosa de maricones

› Por Diego Bonadeo

Seguramente nostálgico del Tercer Reich y de la terrible SS, quizá también despechado por algún amorío no correspondido, un militante del energumenismo cuyas iniciales son Michael Becker afirmó impúdicamente respecto del seleccionado alemán de fútbol: “Hay una pandilla de gays que controla la selección. Son pobres, feos, sin talento, burocráticos, inhumanos y gays”. Y agregó: “el estilo de juego de la Selección de Alemania, que deja de lado la dureza y apuesta a la elegancia, es un símbolo más de esa homosexualidad”.

Pero este Becker no es un cualquiera. Es el representante de Michael Ballack, que por lesión no pudo estar en el Mundial y que por lo tanto tuvo que dejarle la capitanía a Philip Lahm y la camiseta número trece a Thomas Müller. Si supersónicamente Ballack no despide a Becker, quedará claro que fue el ex capitán germano, que seguramente empilcha Armani y que, entre otras cosas, en el Mundial de 2006 “vivió” del talento y el despliegue de Torsten Frings, quien lo mandó a Becker a que dijera lo que dijo y que fue publicado en Bild.

Además de no entender nada del juego –olvidar la excelencia futbolera del partido que en Sudáfrica jugaron España y Alemania obliga a no suponer otra cosa–, el lugarteniente de Ballack merece el escarnio, no solamente de quienes estamos cerca del fútbol, sino, y muy especialmente, de quienes al ser consultados respecto de su opinión sobre los homosexuales, contestamos sin titubear “la misma que de los heterosexuales”.

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