Lun 17.05.2010

ECONOMíA  › TEMAS DE DEBATE: LA CRISIS ECONóMICA EUROPEA

El ocaso de los dioses

Grecia anunció un histórico ajuste fiscal, pero los inversores desconfían de las posibilidades de cumplirlo. Las medidas parecen destinadas a salvar a los bancos y eso no garantiza la recuperación del país. El euro en el ojo de la tormenta.

Producción: Tomás Lukin

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Salvan a los bancos

Por Ramiro Manzanal *

Tras la infaltable euforia inicial, un clásico derivado de la psicosis maníaco-depresiva que caracteriza a los mercados financieros, dos certezas parecen emerger sobre el recientemente anunciado plan de “salvataje” para Grecia. La primera es que es resulta ineficaz. La segunda es que demoró demasiado. Sólo comprar tiempo, después de perderlo, para que nada mejore. El dedo acusador se posó sobre el gobierno y el pueblo griegos. Las poco felices acusaciones abarcaron desde el estigma de ser “evasores impositivos seriales” por razones culturales, hasta la utilización del inoportuno término “fiesta” para describir el comportamiento fiscal del período pre-crisis. Cierto es que el anterior gobierno griego, con la inestimable ayuda de Goldman Sachs, ocultó la verdadera magnitud de sus déficit fiscales. No menos cierto es que si de ocultar evidencias se trata, la pertenencia de Grecia a la zona del euro jugó un papel importante a la hora de explicar la persistencia en las sombras de un gran déficit presupuestario. Lo real es que Grecia lleva más de un decenio perteneciendo a la Zona Euro y no sólo padecía déficit fiscales recurrentes, sino que también convivía desde hace años con déficit comerciales (entre un 13 y 17 por ciento en los últimos 5 años) que no podían ser cubiertos sino parcialmente por la balanza de servicios y, en la actualidad, con las transferencias comunitarias.

Desde hace décadas se escuchan argumentos en oposición a la creación prematura del euro porque, para empezar, carecía de un nivel de integración política y económica que pudiera sostener la moneda. A pesar de que esas condiciones no se han modificado, y de la crisis que hoy afecta, como era de esperar, a países con menor productividad relativa, los analistas se montan sobre la irresponsabilidad fiscal de Grecia para eludir el verdadero debate, que nace en las dificultades estructurales que aún persisten y desemboca en el incierto futuro de la moneda común. Mientras tanto, por ejemplo, España recorre un camino similar al de Grecia.

Ahora bien, el temor que invade a Europa no se vincula con la grave recesión en la que entró Grecia (su economía se contrajo un 2,3 por ciento en el primer trimestre de 2010), ni con su desempleo creciente (12,1 por ciento en marzo, record desde 2004, y en contraste con el 9,1 por ciento de hace un año), ni con que las víctimas de la represión producto de la protesta social se incrementen. En definitiva, con los padecimientos reales del pueblo griego. El pánico, la pesadilla, el escozor, lo causan la probable cesación de pagos de su deuda. Es por eso que la tan “original e inédita” receta que se aplicará una vez más es una combinación de fondos frescos para garantizar y afrontar pagos de esa deuda y el clásico paquete de ajuste, para que tampoco en el futuro falten fondos para “honrarla”. Primero lo primero.

En medio de la oscuridad, una grieta. El siempre rígido y únicamente concentrado en la inflación Banco Central Europeo, por primera vez en su historia compró deuda en los mercados financieros para “garantizar fondos y liquidez en aquellos segmentos del mercado que sean disfuncionales”. A la velocidad de la luz, su independencia y credibilidad comenzaron a cuestionarse, y su decisión fue criticada, acusada de erosionar las políticas de estabilidad de precios. Rápidamente se aclaró entonces que la medida sólo busca restaurar el mercado de bonos, que se hará de manera muy limitada y, aunque parezca increíble, pero a tono con la irracionalidad de todo el paquete, que la liquidez inyectada será esterilizada (“neutralizado” el efecto monetario).

Entonces, ¿a quiénes salva el plan de salvataje? Claramente ni a los que continuarán engrosando la tasa de desempleo, ni a los que verán congelados sus salarios hasta el año 2014, ni a los trabajadores a los que se les flexibilizarán sus condiciones laborales para, claro está, facilitar la posibilidad de su despido, ni a los que verán reducidas sus pensiones, ni a los que pagarán dos puntos porcentuales más de IVA.

Pues bien, mientras que este plan de salvataje no salvará a nadie más que a los tenedores de deuda griega que cobrarán sus acreencias al menos por un tiempo, la economía griega profundizará su recesión. Finamente, es muy probable que la crisis derive en la cesación de pagos, que es precisamente lo que se quiere evitar. A menos que una nueva teoría económica irrumpa desde las profundidades del Partenón, la combinación de un tipo de cambio sobrevaluado y atado al de sus principales socios comerciales, recesión y un paquete de ajuste fiscal violento como el que se puso en marcha sólo empeorará las cosas. Mientras tanto, con suerte, el epicentro del debate deberá migrar desde la innegable irresponsabilidad fiscal, hacia la continuidad de la unión monetaria que, tal como hoy se la conoce, deberá ser seriamente cuestionada.

* Economista de AEDA.


Por qué Grecia y no Inglaterra

Por Emiliano Libman *

Tras el desplome de los mercados financieros globales, la crisis pareció dar un respiro, al punto de que muchos consideran que lo peor pasó. Existe un dejo de verdad en esta visión, pues una parte de los países del globo han vuelto a crecer como Brasil, China, India y Argentina (que se perfila como uno de los países de mayor crecimiento en los próximos años). Sin embargo, las luces de alarma han vuelto a encenderse a raíz de la posibilidad que se produzca una crisis en Europa. Aunque el protagonista es Grecia, la situación amenaza con contagiar a varios países, como España, Irlanda, Italia y Portugal.

¿Qué ocurre en Grecia? Como todo país que ingresó al euro debió, además de cumplir una serie de metas fiscales, monetarias y financieras, renunciar a la posibilidad de emitir su propia moneda. Ese privilegio quedó en manos del Banco Central Europeo (BCE), entidad supranacional cuyo funcionamiento es el ejemplo ideal de una “banca central independiente”. ¿Cuál es el rasgo principal de esta “independencia”? El BCE tiene prohibido financiar déficit fiscales de los Estados miembros del Euro. La política fiscal queda seriamente restringida por las posibilidades de obtener crédito privado o de modificar la estructura impositiva.

En este contexto aparecen los problemas fiscales griegos. En la práctica es como si los países del euro hubiesen adoptado una moneda extranjera. Al renunciar a la moneda propia sólo los Estados con “cuentas ordenadas” están capacitados para enfrentar un cimbronazo financiero como el que experimentaron recientemente. Los que tienen números rojos están por completo a merced del humor de los mercados. El euro no posee ningún tipo de mecanismo fiscal supranacional que permita corregir las graves disparidades estructurales hacia el interior de la Eurozona, ni amortiguar ningún tipo de fluctuación macroeconómica. Lo único por hacer es prenderle una vela a la política monetaria del BCE que, como ha quedado demostrado por la reciente crisis, es un mecanismo muy torpe a la hora de regular la demanda agregada.

La moneda común nació privilegiando la política monetaria por sobre la política fiscal. En este marco se inscribe el problema de solvencia de Grecia, que necesita reestructurar su deuda o recibir un paquete de salvataje que no esté atado a un brutal ajuste. Aunque recientemente se han tomado medidas para crear un fondo que brinde ayuda a los países con problemas fiscales y se ha decido prestarle a Grecia, el brutal ajuste que se impone es éticamente cuestionable, políticamente delicado de implementar y económicamente improcedente (pues tiende a profundizar la recesión). Si se desea que el euro sobreviva, es indispensable un rediseño profundo de los mecanismos fiscales y monetarios, ya que el actual paquete para Grecia y el fondo especial de salvataje están diseñados para facilitar un ajuste de las cuentas públicas y no su uso anticíclico.

El problema con las cuentas de Grecia es que sus números son tan rojos (déficit fiscales y externos superan los 10 puntos porcentuales del producto) que además de asustar a los mercados inducen a los observadores a tomar los indicadores tradicionales de solvencia de un Estado de forma fetichista, como si el problema fuese solamente el tamaño de la deuda y no las restricciones propias de una unión monetaria sin política fiscal conjunta. La conclusión “la deuda griega es muy grande” se toma pasando por alto un hecho fundamental: ¿por qué Inglaterra, con un déficit público y una deuda como fracción del producto similar a la griega, no tiene los mismos problemas y puede llevar adelante políticas de corte expansionista? La respuesta es que Inglaterra, al no adoptar el euro, mantuvo su soberanía monetaria. A lo largo de su historia la deuda pública inglesa llegó hasta triplicar el producto, y sin embargo la cesación de pagos jamás se produjo: sus obligaciones financieras se han venido pagando puntualmente desde hace siglos. Un Estado soberano que emite deuda principalmente en su propia moneda, como el inglés, nunca defaultea; en el peor de los casos paga emitiendo su propia moneda. La monetización del déficit fiscal puede inducir variaciones en el tipo de cambio, produciendo efectos macroeconómicos importantes. Pero si la deuda está denominada en la moneda local y la fluctuación cambiaria no es muy problemática, los compromisos financieros podrán ser honrados sin ningún problema emitiendo moneda. La gran diferencia entre Inglaterra y Grecia es que ante la gran inestabilidad que producen las decisiones de gasto y ahorro del sector privado, su Estado puede intervenir. El euro es un arreglo monetario cuyo principal defecto fue el haber sido concebido bajo la premisa de que la política monetaria basta para contrarrestar una crisis, intentando limitar lo más posible la política fiscal.

* Economista. Becario Conicet.

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