Dom 12.09.2010

ECONOMíA  › OPINION

Poder sindical

› Por Alfredo Zaiat

Una de las grandes obsesiones del mundo empresario se ha dirigido a la figura del secretario general de la CGT, Hugo Moyano. Esa insistencia se descubre en la persistencia de los grandes medios en ubicar al líder del gremio de los camioneros como un factor de peligro. Esa reacción que se explica por situaciones coyunturales, como el conflicto por las condiciones laborales irregulares de los transportistas tercerizados que contrata el grupo Techint, desconoce las transformaciones verificadas en el mercado de trabajo y en las representaciones sindicales desde 2003. Esos cambios son los aspectos relevantes para comprender el nuevo escenario de la ineludible tensión entre empresas y gremios, que excede a Moyano, pero que lo tiene como uno de los protagonistas.

Una de las características de analistas y miembros del establishment, aunque no es de su exclusividad, es la resistencia a entender y, por lo tanto, a aceptar que lo que antes era hoy ya no es. Ese comportamiento, que en concreto busca preservar nichos de privilegios, provoca colaboraciones sin retribución monetaria para el libretista del programa de Capusotto, otorgadas en estos días por Héctor Méndez, titular de la Unión Industrial. Si solamente fuese el desvarío de un dirigente que afirma que Argentina se “parece a Cuba” por un anteproyecto de ley sobre la participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas, sería un exabrupto que rápidamente se olvidaría. Pero en las reuniones de la cúpula de la UIA como en variados encuentros de empresarios se repiten rústicos comentarios que no se destacan por su profundidad. Expresan una marcada negación a admitir que ha resurgido, luego de décadas de persecución, ostracismo y defección, el poder sindical.

La necesaria recomposición de las organizaciones gremiales ha sido un proceso que comienza con la salida traumática de la convertibilidad. La suba gradual de los salarios, la reapertura de las negociaciones paritarias y la creación de una importante cantidad de puestos, en el marco de un crecimiento sostenido, constituyen elementos que implican una mejora de la situación de los trabajadores. En un contexto de cese de una política represiva generalizada, que había caracterizado la acción del Estado hasta 2002, se produjo una modificación significativa del escenario en que se desarrolla la acción político-sindical. Esto habilitó a una incipiente pero activa participación de trabajadores en la vida sindical, como así también el surgimiento de nuevos liderazgos, por ahora en el espacio de las bases. No considerar esos cambios estructurales tiene dos lecturas:

a) la incapacidad de la dirigencia empresaria, alienada por consultores, analistas y grandes medios, para percibir que la dinámica laboral es otra y, por consiguiente, requiere de la adaptación de sus estrategias para negociar con aptitud sin agudizar conflictos. A la vez, para aceptar que existe una tendencia política y social firme que aspira a dejar atrás el esquema consagrado de los noventa de informalidad, pagos en negro, flexibilización, contratos precarios y salarios deprimidos.

b) la decisión de revelarse al renovado poder sindical que defiende y aspira a ampliar derechos de trabajadores, lo que implica necesariamente que las cúpulas empresarias promuevan iniciativas represivas y políticos dispuestos a implementarlas con el deseo de regresar a los noventa.

Las últimas reacciones de grupos económicos y representantes industriales orientan a considerar que en la actual coyuntura han elegido la segunda opción. Ese camino se traduciría en un incremento de la conflictividad debido a que ahora, logrado un piso mínimo de recuperación de condiciones laborales y de empleo, la puja se desarrollará por un aumento en la participación de los trabajadores en la distribución del ingreso. Si bien ha habido una recomposición salarial sostenida en los trabajadores formales, el reparto de la riqueza no ha mejorado. La investigadora Victoria Basualdo, en el documento “Los delegados y las comisiones internas en la historia argentina”, destaca que “cuando se observa la distribución funcional del ingreso, se aprecia que la participación de los trabajadores ha experimentado una nueva caída, desde el 31 por ciento en 2001 al 28 por ciento en 2007”. Agrega que “a pesar del descenso del desempleo y de las recomposiciones salariales, se verificó un descenso del 11 por ciento de la participación de los trabajadores en los ingresos desde la crisis de 2001”.

Basualdo destaca que uno de los rasgos más destacados y particulares de la estructura sindical argentina es el alto grado de penetración que alcanzó en los establecimientos laborales a través de la instauración de instancias de representación directa de los trabajadores. Esa característica explica en gran parte que, pese a la planificada política represiva de la dictadura y a los cambios en la legislación y en las prácticas laborales cercenando derechos en los posteriores años de democracia, la organización sindical no se haya desmantelado por esos ataques. Y, por eso mismo, desde 2003 haya podido recuperarse cuando las condiciones políticas y económicas pasaron a ser favorables.

Esa recomposición no significa que aún no persistan en el mercado laboral las consecuencias de fracturas y heterogeneidad de la clase trabajadora, la pérdida de efectividad y representatividad de ciertos grupos de la estructura sindical, y el aún lento proceso de reparación del desmantelamiento de la organización de los trabajadores en los lugares de trabajo y la demorada renovación de liderazgos gremiales. Esas cuestiones, la recuperación y ampliación de derechos y la intensificación de la puja distributiva en un contexto de disminución del desempleo constituyen los rasgos del nuevo escenario sindical.

Los dirigentes empresarios y los grupos económicos que reducen la vitalidad de todo ese proceso a emprender una pelea para frenar lo que suponen voracidad política de Moyano, como afirman en sus reuniones de directorio, no están evaluando que la actual actividad de la organización sindical, como el reaprendizaje de los trabajadores sobre sus compromisos, tiene una dinámica que supera las aspiraciones de un líder sindical. Esa subestimación empresaria de la nueva etapa que está emergiendo en la relación trabajo-capital queda en evidencia en declaraciones toscas de algunos hombres de negocios.

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