Lun 13.09.2010

ECONOMíA  › TEMAS DE DEBATE: POLíTICA SALARIAL

En busca del ingreso perdido

El ciclo de crecimiento verificado desde la convertibilidad no se tradujo en un sensible incremento en las remuneraciones de los asalariados, pero sí de las ganancias empresarias; pese a ello cada vez que se discuten salarios se agita el fantasma de la suba de precios.

Producción: Tomás Lukin

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Espantando fantasmas

Por Nicolás Arceo y Mariana L. González*

Cada vez que se debate sobre las causas de la inflación, desde el sector empresario se recurre a una explicación según la cual su principal componente estaría dado por el aumento de los salarios. El argumento indica que cuando existe un incremento generalizado de los costos de producción, las empresas lo trasladan a sus precios. Los salarios aparecen como el costo más generalizado y, por lo tanto, se los señala como los responsables principales de los aumentos de precios. Desde esta postura, se afirma que los incrementos de salarios nominales “desmedidos” no logran traducirse en aumentos de salarios reales, ya que inevitablemente provocan inflación. Se insta, por lo tanto, a moderar los reclamos salariales.

Más allá de la discusión de los fundamentos de esta explicación, la evidencia empírica no permite de ningún modo sostenerla. Considerando la evolución de las remuneraciones desde la devaluación de 2002 se aprecia que las tasas salariales apenas lograron superar el incremento de los precios, al tiempo que la economía se expandió a tasas elevadas y, al mismo tiempo, ocurrieron importantes incrementos en la productividad. En efecto, en el último trimestre del año pasado las remuneraciones reales del conjunto de los asalariados eran sólo 1,4 por ciento más elevadas que las registradas en idéntico período de 2001.

Por lo tanto, puede afirmarse que el ciclo de crecimiento verificado desde la convertibilidad no se tradujo en un sensible incremento en las remuneraciones de los asalariados, pero sí de las ganancias empresarias. Al evaluar el nivel de utilidades sobre ventas de las 200 mayores empresas de nuestro país se observa que las mismas más que duplicaban en 2008 los valores verificados en el promedio del régimen de convertibilidad.

El origen de estos extraordinarios niveles de rentabilidad se encuentra en la devaluación de 2002, la cual supuso una brutal transferencia de ingresos desde el trabajo hacia el capital ante la sensible contracción que experimentaron las remuneraciones reales. Además, los elevados niveles de desocupación existentes a comienzos de la posconvertibilidad impidieron una rápida recuperación de los salarios reales, los cuales comenzaron a elevarse muy paulatinamente.

A inicios de 2005 el salario promedio todavía estaba en un nivel 20 por ciento inferior al de fines de 2001, y recién a inicios de 2007 alcanzó el valor que tenía al final del régimen de convertibilidad. Desde entonces, no se produjeron nuevos aumentos significativos en términos reales. Si bien en los últimos años se verificaron sensibles aumentos nominales de salarios, éstos obedecieron a un comportamiento defensivo, mediante el cual los trabajadores buscaron evitar que los incrementos de precios erosionaran la capacidad adquisitiva de sus salarios.

Si se considera sólo a los asalariados registrados se observa que la situación resultó apenas más favorable que la verificada para el conjunto de la población. Sus salarios comenzaron a recuperarse más rápidamente, impulsados por los incrementos dispuestos por decretos del Poder Ejecutivo, la elevación de los salarios mínimos y, desde 2004, las negociaciones colectivas. Así, a fines de 2005 el salario promedio equivalía al vigente a fines del régimen de convertibilidad. Desde entonces continuó incrementándose levemente.

El nivel relativamente bajo de los salarios y sus acotados incrementos en términos reales implican que no pueda verse a los mismos como los causantes de la inflación. Este argumento se refuerza más aún si se analiza cómo han evolucionado la producción y la productividad a lo largo de este ciclo de crecimiento económico y de la ocupación, que se inició en 2003. Frente a estos acotados incrementos en materia salarial, se verificaron extraordinarias tasas de expansión económica. Entre el último trimestre de 2001 y el primer trimestre de 2010, el PIB se ha incrementado en un 65,3 por ciento.

Si bien el aumento del PIB implicó una fuerte creación de puestos de trabajo, este proceso fue acompañado por incrementos significativos de la productividad laboral. Por ejemplo, en la industria manufacturera el costo salarial real en 2009 resultó 12,7 por ciento superior al valor que tenía en 2001. Sin embargo, la productividad por ocupado creció mucho más, 36,3 por ciento. De este modo, el costo salarial por unidad producida tuvo, no un aumento, sino una caída equivalente al 17,3 por ciento.

El incremento en la producción por ocupado ocurrido desde entonces implicó que en 2009 el costo salarial por unidad producida resultara 37,3 por ciento inferior al existente en 1993. Sin lugar a dudas, la contracara de esta reducción del costo laboral fue el sensible incremento que verificó la tasa de ganancia del sector empresario.

No son los trabajadores los que provocan la inflación al demandar mejoras salariales. Por el contrario, los empresarios, que han tenido durante la posconvertibilidad ganancias muy elevadas remarcan sus precios en tanto las condiciones económicas lo permitan, buscando incrementar aún más dichas ganancias.

* Investigadores del Centro de Investigación y Formación de la República Argentina (Cifra).


Sortear el dilema

Por Enrique Aschieri y Demián Dalle *

Afirmar que el proceso de crecimiento argentino se debe a la decisión política del Gobierno y no a un mero viento externo a favor –el mito del viento de cola– implica, al mismo tiempo, desmentir a quienes postulan que cuando los precios del mercado mundial de las exportaciones argentinas bajen a un nivel supuestamente “normal”, se llevarán puesto el crecimiento alcanzado. Advierten que los términos del intercambio favorables –precios de las exportaciones versus precios de las importaciones– originaron un ingreso que financió un desalentador “populismo”. Y concluyen: como no hay mercado interno, la única salida es una política de exportación.

Esta postura omite que el valor agregado exportado es función directa del potencial de mercado doméstico y que, por ende, la contracción del mercado doméstico con vistas a la exportación atenta contra el valor de esas mismas exportaciones. Podemos entonces plantear y responder la pregunta en boca de muchos y que hace al verdadero núcleo de la cuestión: ¿cómo se puede compatibilizar un aumento del consumo necesario para sostener la demanda efectiva, incentivando la inversión, con la necesidad de una contracción del consumo para dejar margen a la inversión, fuente del crecimiento y el desarrollo?

Efectivamente, es un dilema. Pero un dilema que muchas economías han resuelto. No parecen creerlo así muchos estudiosos. Refiriéndose a las características de la división internacional del trabajo e invocando el teorema de la dotación de factores de la producción, sugieren que los países desarrollados esquivaron ese dilema. Como son naciones intensivas en capital, pudieron compatibilizar las necesidades de desarrollo con la exigencia de un mercado de consumo creciente. Esa intensidad de capital, dicen, tornó al trabajo más productivo y escaso, aumentó su remuneración –en consecuencia los salarios reales– y se logró incrementar el nivel de vida de los habitantes, al tiempo que se preservó el equilibrio macroeconómico. Pero existe un problema fundamental con este tipo de razonamiento.

El problema no está en la constatación de una correlación positiva en las variables enumeradas, sino que radica en la determinación del orden de causa y efecto. Lo que demuestra la historia, por caso la de Estados Unidos, es que, contrariamente a la secuencia establecida por estos estudiosos, han sido los altos salarios de los obreros norteamericanos lo que, sumado a la baja calificación de los mismos, generó incentivos a la mecanización y a la consecuente industrialización, a los fines de poder “soportar” ese costo diferencial del factor trabajo. Esos mismos altos salarios supusieron la existencia de un mercado próspero y en expansión que atrajo capitales e inversión. Los salarios no eran altos porque el trabajo fuera escaso, sino porque la decisión política así lo estableció. Esa decisión obligó a “saltar la cuerda” y a desarrollarse. El caso estadounidense es paradigmático en la resolución del dilema planteado.

Esto debería ser recordado por todos aquellos que en nuestro país, con el pretexto de la supuesta necesidad de lograr incentivos extraordinarios para la inversión, recomiendan la contracción de nuestro mercado, el estancamiento de los salarios y la salida exportadora. Si pretenden mayor inversión para desenvolver un proceso de desarrollo caracterizado por la tendencia creciente a la mecanización y la industrialización, ¿cómo esperan, utilizando la misma lógica implícita en la teoría de la dotación de factores, que pueda desatarse ese proceso con un precio del factor trabajo relativamente bajo al precio del factor capital? Cuanto más bajo es el precio del factor trabajo –salario– más caro es el precio relativo del capital y, por ende, lejos de fomentarse la mecanización y la industrialización, se fomenta el proceso contrario que conduce al subdesarrollo.

Lo cierto es que el comercio exterior y la consecuente consideración de las variables fundamentales que lo representan (exportaciones, importaciones, balanza comercial, de cuenta corriente, de capital, etc.) “giran en torno” del “eje de gravitación” constituido por el proceso de desarrollo nacional. En el orden de causalidad, aunque exista verdadera retroalimentación, es el desarrollo económico el que hace al comercio mundial y no a la inversa. El Gobierno viene sorteando el dilema. Que tenga que hacerlo mejor no quita lo bailado. No luce racional oponerse con argumentos débiles que, en función de su gratuidad, soplan como fuertísimos viento de proa.

* Economistas. Coordinadores del Departamento de Economía Internacional de la Sociedad Internacional para el Desarrollo, Capítulo Buenos Aires (SIDbaires).

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