Sáb 13.08.2011

ECONOMíA  › PANORAMA ECONóMICO

Show del terror

› Por Alfredo Zaiat

El análisis económico convencional tiene una liturgia con fieles hechizados por una fuerza que merece ser capturada para mejores fines. Mientras se suceden planes de ajuste en Europa para salvar a los bancos, sus pastores ortodoxos los elogian como el camino para superar la crisis. No emiten señales de alerta sobre el riesgo de una recesión por la implementación de políticas de reducción del gasto público, de derechos laborales y sociales, de empleos y de planes asistenciales. El manual básico de economía enseña que esas medidas provocan una retracción de la demanda con caída del nivel de actividad. En el período de anuncios de paquetes de rescates financieros, el mensaje es que el ajuste es necesario para evitar una recesión, aunque así se la convoca. Economistas de esa corriente de pensamiento, en un marco de liderazgos políticos débiles, no exponen evaluaciones pesimistas sobre el impacto de esa estrategia, sino que la consideran dolorosa pero imprescindible. Como si fuera un acontecimiento inesperado en ese contexto de recortes en economías frágiles, esta semana las Bolsas registraron fortísimas bajas con posteriores recuperaciones. Recién en ese momento, quienes alentaron las políticas de achicamiento emiten la alarma sobre el peligro de una nueva recesión en los países que aún mantienen la categoría de potencias mundiales. Aunque no es fácil ante tanto bombardeo de esas ideas en el espacio público, es una muestra de prudencia saber que no es por la caída de las cotizaciones de acciones y bonos que esas economías mostrarán de mediocres a pésimos comportamientos de su Producto, sino que será consecuencia de las políticas implementadas para preservar los privilegios de un sistema dominado por las finanzas globales. La inquietud que ahora existe sobre el impacto de esta crisis en la economía argentina tiene la exageración que contagia los pronósticos a partir del derrumbe bursátil, pero es la misma amplificada que ha estado presente mientras gobiernos europeos y de Estados Unidos declararon el default sociolaboral en el altar del objetivo incierto de evitar el default de la deuda.

Pontificar que la economía argentina recibirá coletazos de una crisis global es una obviedad. En los hechos, desde su estallido a mediados de 2008, ha estado absorbiendo impactos a favor y en contra del reordenamiento económico mundial, además de golpes internos, como la disputa con el sector del campo privilegiado y la persistencia de la fuga de capitales. Para no convertirse en espectadores pasivos del show del terror de economistas del establishment resulta más interesante precisar cuáles son los posibles canales de transmisión de la crisis, la eventual magnitud de los efectos negativos en la actividad y las características de la base de funcionamiento de la economía local. Esto último es muy importante, porque en un ejercicio comparativo se puede observar la notable diferencia en la respuesta en relación a crisis internacionales pasadas. Durante los años de hegemonía del modelo de valorización financiera, que en los noventa tuvo como rector a la convertibilidad, cualquier inestabilidad externa provocaba perturbaciones inmediatas en las expectativas sociales y en la tasa de crecimiento del PIB. El denominado efecto Tequila por la debacle mexicana en diciembre de 1994 sumergió a la economía en una recesión corta, acompañada de un descalabro bancario que derivó en la de-saparición de unas cien entidades financieras. La seguidilla de crisis externas desde 1997 (asiática, rusa, brasileña) hundió a la economía en una de las recesiones más prolongadas de su historia, que se extendió desde agosto de 1998 hasta mediados de 2002.

Como elemento anecdótico, pero ilustrativo del predominio que aún conservan en el campo de la explicación de los acontecimientos económicos los mismos que fueron protagonistas, como funcionarios o promotores, de políticas que acentuaron esa vulnerabilidad local, con consecuencias políticas y sociales devastadoras, advierten ahora sobre los riesgos que acechan. A contramano de sus históricos postulados, la fortaleza de la economía argentina se encuentra en lo que ellos observan como carencia: la desconexión financiera del mercado internacional. La actual dinámica de desarrollo, con la complejidad que entrega rupturas y continuidades respecto del período anterior, tiene su base en la producción industrial, agropecuaria y de servicios. Las finanzas han quedado desplazadas como ordenador de las fuerzas productivas.

Por esa razón, el canal de transmisión de la crisis de Europa y Estados Unidos se encuentra en el área del comercio exterior, y ya no en el financiero. El default de 2001, la audaz reestructuración de la deuda con quita de capital, bajas tasas de interés y extensión de plazos y el desendeudamiento derivaron en dos tendencias que se retroalimentaron: el mercado financiero internacional castigó al país por esa solución al problema de la deuda, lo que derivó en una desconexión de los flujos de capitales especulativos, al tiempo que obligó a una profundización del desendeudamiento, que incrementó sustancialmente el margen de autonomía de la política económica. Haber obturado la puerta de ingreso de la crisis por el flanco financiero es uno de los principales activos en el actual escenario de incertidumbre global. Ante este probado dique defensivo, es impactante la fe religiosa al mercado financiero que profesan economistas políticos de la city que aún hoy siguen repitiendo que es una mala decisión el pago de deuda con reservas, cuando ese atajo ha permitido independencia de la lógica de subordinación a las finanzas, perturbadora de la estabilidad macroeconómica.

La fuga de capitales que puede alterar a otros países de la región, la economía argentina la registra en montos considerables desde hace varios años. Esto reafirma que el frente más complicado que se presenta proviene del comercial, porque el financiero ya está incorporado y también neutralizado. El antecedente más reciente fue en 2008-2009, cuando el comercio internacional disminuyó cerca del 10 por ciento, según la Organización Mundial de Comercio, siendo el retroceso más agudo desde el crac del ’29. La caída de las exportaciones, más por precios que por cantidad debido al perfil de las ventas externas del país, como también la de las importaciones por la fase recesiva alcanzó a las variables sociolaborales. Aumentó el desempleo y la pobreza en un contexto de desaceleración de la actividad.

La evolución del comercio internacional es el canal de trasmisión más sensible sobre la economía doméstica. La ventaja relativa es que existe una experiencia muy cercana que proporcionó aprendizajes a la administración kirchnerista, como también a líderes o fuerzas políticas de la región que hoy están gobernando y que también transitaron similar contexto desfavorable. A la política anticíclica aplicada en 2008-2009, expandiendo el gasto público para preservar la demanda interna y el empleo, estrategia elogiada por la Cepal y hasta por el Banco Mundial, se le agrega ahora la conciencia regional de trabajar en forma conjunta en la Unasur para impulsar mecanismos de integración financiera y productiva como barreras defensivas. También se sumó la aplicación de una batería de medidas de administración del comercio exterior para el control de las importaciones.

En oposición a esa estrategia, el neoliberalismo en sus diferentes versiones de la política doméstica propone la lógica del ajuste ante la crisis global, resumida en incrementar el superávit fiscal, disminuir subsidios, bajar retenciones, reducir el gasto público en términos reales, contener los reclamos salariales, avanzar en la ortodoxa metas de inflación y colocar títulos públicos en el mercado para hacer frente a los vencimientos de deuda. Por ese sendero entonces sí aparecerán los impactos tan desagradables que sus tradicionales voceros difunden en sus cotidianos shows del terror económico.

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