Dom 08.09.2002

EL MUNDO  › EL MUNDO DE GUERRA DE GEORGE W. BUSH

11/9, año 1

Los ataques del 11 de septiembre radicalizaron la política de EE.UU., pero los elementos del giro ya estaban allí. En esta edición, cómo quedan EE.UU., los árabes y el mundo cuando va a cumplirse un año.

› Por Claudio Uriarte

Septiembre 11 de 2001, 8.46 AM. Los acontecimientos desde entonces han renovado la política mundial; sin embargo, las atrocidades de esa mañana no dejan de estar revestidas de cierta inquietante ambigüedad, del tipo al que Freud apuntaba al señalar el parecido etimológico en alemán de las palabras “extraño” y “familiar” para representar lo siniestro, y que encuentran un equivalente inglés en el vocablo “uncanny”.
Todo lo ocurrido esa mañana fue inquietantemente extraño y familiar al mismo tiempo. Los aviones eran familiares –medios de desplazamiento de uso corriente en Estados Unidos– y las torres también lo eran. La astucia de Osama bin Laden para torcer a su favor, y con propósitos insospechados, los medios más inocentes y cotidianos del enemigo, no era un elemento menos conocido: se trataba, después de todo, del mismo terrorista que en 1998 había usado dos autos cargados de explosivos para atacar las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania, y luego una lancha también cargada de explosivos para atacar el destructor estadounidense “USS Cole” en aguas del Golfo de Adén en 1999. También había sido Bin Laden la mente maestra detrás del primer intento de ataque contra el World Trade Center en 1993, cuando se introdujo un camión cargado de bombas en el segundo nivel de estacionamiento de una de las torres, con el propósito de que se derrumbara sobre la otra, causando posiblemente una mayor cantidad de bajas que el 11/9. Tampoco faltaron los indicios y las sospechas de que algo así podía ocurrir: jóvenes árabes sospechosos habían estado siguiendo cursos de pilotaje en escuelas de aviación civil estadounidenses, se practicaron arrestos y el comportamiento de los futuros terroristas nunca fue todo lo prolijo que se supuso en un primer momento. Y, por último, el hecho de que 14 de los 19 secuestradores fueran sauditas, y el hecho de que Arabia Saudita fuera a la vez el supuesto principal aliado árabe de Estados Unidos, su gran proveedor de petróleo –muy presente en esta administración–, y la principal fuente de financiamiento de Al-Qaida, termina de agregar otro giro siniestro –extraño a la vez que familiar– a los acontecimientos de ese día.
La respuesta
La administración Bush amaneció el 11 de septiembre sin ninguna clase de preparación para lo que vendría. Nueve meses antes, Bush había llegado a la Casa Blanca con un mandato débil, con una minoría del voto popular, sospechas en torno a la tabulación de los sufragios de Florida –el Estado decisivo– y una resolución final no menos sospechosa a cargo de una Corte Suprema de Justicia dominada por los conservadores. La mañana del 11, la política exterior de la administración se concentraba en los polémicos planes del secretario de Defensa Donald Rumsfeld de construir un sistema nacional antimisiles –resistido en esa época por Rusia, China y la casi totalidad de Europa–, así como una red futurista de armas suborbitales y un reemplazo de los viejos portaaviones y las bases en el exterior por nuevas fuerzas de despliegue rápido. Washington –parecía– se aislaba del mundo, se desentendía de la OTAN, cultivaba la desconfianza en todos y en todo, y a esta actitud se la llamaba “unilateralismo”.
La guerra no cambió el corazón de esta política, pero corrigió y afinó sus objetivos. Los acontecimientos favorecieron al jefe del Pentágono. Las primeras semanas transcurrieron en una confusa puja política entre Rumsfeld y Colin Powell, el multilateralista secretario de Estado. Según la visión de Powell, la derrota de los talibanes afganos que daban santuario a Bin Laden sólo podía consumarse si se construía la coalición internacional más amplia posible, en que no solamente entraran Europa y Rusia sino la totalidad del mundo árabe, en el estilo de la Guerra del Golfo contra Saddam Hussein en 1991. También según Powell, era aconsejable demorar las acciones militares hasta después que terminara el Ramadán, el mes sagrado de oración musulmana que era inminente en esos momentos. La idea equivalía a postergar la represalia para el año próximo o para nunca, debido a que luego de Ramadán empezaban los meses de invierno en Afganistán, donde todo movimiento de tropas se congela. Al final, el imperativo político de Bush de generar una respuesta terminó decidiendo, pero no en la forma catastróficamente unilateral que los enemigos de Rumsfeld predecían. Aunque en los primeros días de la crisis la OTAN invocó por primera vez en su historia el artículo 5 de defensa mutua, la Alianza Atlántica no jugó ningún papel en la guerra que vino –con excepción de Turquía, que militarmente es más importante para Estados Unidos que el resto de la Alianza toda junta–, e incluso Gran Bretaña, el tradicional aliado de hierro de Washington, tuvo que pelear con éste una terca guerra de bastidores –precedida por un inesperado y embarazoso aterrizaje de fuerzas SAS y SEAL en el aeródromo de Bagram, en el norte– para ser admitida al teatro de la solución afgana. La “gran alianza” de Powell fue reemplazada por las alianzas modulares y las economías militares de escala de Rumsfeld, bajo la consigna de que “la misión hace la coalición”: la OTAN no estuvo, pero sí una heterogénea colección de países regionales, desde Uzbekistán, Tajikistán y Turkmenistán hasta Turquía, desde Arabia Saudita hasta Pakistán.
La guerra fue implacable y sangrienta. La vieja confianza del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos en seguros disparos de misiles de crucero desde el mar fue reemplazada por la acción conjunta de fuerzas especiales norteamericanas, la oposición militar interna de la Alianza del Norte –que se prestó a servir como infantería norteamericana– y los bombardeos de saturación por Estados Unidos. Una tras otra fueron cayendo las grandes ciudades del régimen –Mazar-i-Sharif, Kunduz, Kandahar, Kabul– con un altísimo costo de vidas. La operación fue exitosa: los campos de entrenamiento y centros de comunicaciones y comando de Al-Qaida fueron aniquilados; cientos de sus milicianos fueron arrestados y trasladados a Guantánamo. Sin embargo, la renuencia del Comando Central estadounidense a permitir la acción de tropas de tierra determinó que la mayoría de los líderes y del cuerpo de milicianos de la red de Bin Laden escapara de los bombardeos norteamericanos de diciembre contra las montañas de Tora Bora, por el procedimiento de huir rumbo al siempre hospitalario y siempre ambiguo Pakistán. La posterior Operación Anaconda de marzo de este año, donde el Pentágono intentó nuevamente la combinación de bombardeos de saturación con la acción de fuerzas especiales y tropas locales, produjo resultados igualmente decepcionantes.
El mundo de después
Los atentados del 11 de septiembre radicalizaron la política exterior norteamericana; el énfasis antiterrorista quedó grabado a fuego. Los ataques instalaron la visión de un mundo árabe y musulmán en el mejor de los casos ambiguo y con frecuencia directamente hostil a Estados Unidos, aunque las consecuencias hasta ahora no han trascendido el escenario afgano. La novedad doctrinaria más importante resultó en la introducción desembozada por Estados Unidos de la doctrina de la guerra preventiva, pero queda por verse si esto tendrá alguna aplicación material y práctica sobre Irak, Irán o Corea del Norte, los tres países que Bush famosamente estigmatizó a comienzos de este año como integrantes del “eje del mal”. La guerra también fortaleció a los partidarios de Israel frente a los palestinos en la administración, aunque esto también obedeció al reiterado fracaso de Colin Powell en el intento de extraer de los palestinos un acuerdo de cese del fuego bajo mediación norteamericana.
¿Cristalizó la guerra de Afganistán a Estados Unidos como superpotencia única, y en este sentido puede haber tenido una finalidad ulterior a la del puro derrocamiento de los talibanes? La verdad es que esa superhegemonía militar mundial ya existía sobradamente sin necesidad de Osama bin Laden, y la guerra no hizo más que patentizarla. Uno tras otro, los viejos dominós fueron cayendo. Rusia no sólo permitió el uso de su espacio aéreo y la virtual colonización militar norteamericana de las ex repúblicas soviéticas de Asia Central, sino que terminó accediendo sumisamente a la rescisión del tratado de misiles antibalísticos que prohibía el despliegue de sistemas antimisiles, y a un acuerdo de desarme pautado estrictamente a la medida de la obsolescencia de parte de los arsenales estadounidenses; a cambio se la recompensó con una semimembresía en la OTAN, organización que después de la evaporación soviética perdió todo sentido que no fuera el de ser un mecanismo de compras de armas. Y, cuando Rusia cedió, las objeciones europeas al sistema antimisiles dejaron de tener sentido.
“El modo de ganar la aceptación internacional es ganar. Esa es la diplomacia: ganar”, dijo un anónimo halcón de la administración a comienzos de este año. Esa es también la doctrina que dejaron los atentados del 11 de septiembre, y la guerra que sobrevino después.

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