Mié 19.05.2010

EL MUNDO • SUBNOTA  › OPINIóN

Equipo chico

› Por Darío Pignotti

Afecto a las parábolas futbolísticas, Luiz Inácio Lula da Silva se permitió una, horas antes de firmar el acuerdo nuclear con Irán y Turquía, dirigida a Hillary Clinton. Los equipos chicos no estamos condenados a perder todos los partidos, señaló el presidente brasileño e hincha de Corinthians (la cita va sin comillas porque no es textual).

Pues bien, los límites del gramado diplomático concebido por Lula quedaron demarcados con nitidez ayer: de un lado, dos cuadros internacionalmente modestos pero ascendentes, como son Brasil y Turquía, y del otro las potencias occidentales, cuya voz cantante la lleva la secretaria de Estado Clinton.

Lula y su aliado turco Recep Tayyip Erdogan coinciden en buscar un lugar en las grandes ligas cuando demandan un lugar en el Grupo 5 más 1, formado por los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y Alemania, al tiempo que hacen equilibrio para mantener de su lado a Irán, un socio inestable que volvió a amenazar con enriquecer uranio al 20 por ciento, lo cual puede hacer naufragar el compromiso pactado el lunes.

Sabe Lula que el “gol” (así lo definió su correligionaria y candidata presidencial brasileña, Dilma Rousseff) conquistado en Teherán, cuando luego de 18 horas de negociaciones finalmente persuadió a Mahmud Ahmadinejad de ceder uranio a Turquía y aplacar las tensiones con Washington, que impulsa sanciones contra el país de los ayatolás, no le garantiza la victoria.

Es por ese motivo que ayer mantuvo una conversación de 40 minutos para conquistar el apoyo, o al menos una posición más flexible, del presidente francés, Nicolas Sarkozy, que cuenta con poder de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Pero la verdadera fuerza del gigante sudamericano se nutre de los consensos edificados en el mundo árabe, no sólo para ganar la confianza de Teherán, sino para tener algún peso en el conflicto de Medio Oriente. Lula y su canciller Celso Amorim dedicaron los últimos meses a forjar un inédito eje Sur-Sur, con Turquía, gobernado por un partido musulmán capaz de dialogar con Teherán sin dejar de ser miembro de la OTAN.

Pero al mismo tiempo, Brasilia tejió una alianza militar Sur-Norte con Francia, que venderá 20.000 millones de dólares en armamento y está muy a gusto ampliando su influencia estratégica en América del Sur, a costillas del desprestigio norteamericano en la región. Ahora la apuesta de Lula es procurar clavar una cuña en el seno del Grupo 5 más 1, donde las opiniones no son unánimes, y fue por eso que recibió de muy buen grado la reacción tímidamente favorable al entendimiento con Irán que dejaría sin efecto las sanciones impulsadas por Washington en la ONU, divulgada ayer por el gobierno de Pekín.

“Nosotros pusimos la pelota en el área (de ellos), ahora los que tienen que hacer un gol son los del Grupo 5 más 1”, declaró el canciller Amorim.

Sin embargo, la victoria provisoria alcanzada por la heterodoxa troika Brasil-Irán-Turquía mostró toda su vulnerabilidad cuando Estados Unidos respondió con un contraataque fulminante ayer en el Consejo de Seguridad, donde renovó su propuesta de aplicar sanciones a Teherán.

Amorim fustigó esa actitud al decir que ella demuestra que no hay voluntad de conciliar posiciones y “esperábamos que se hubiera tomado un tiempo para analizar la propuesta”. En rigor, la partida que juega Brasil está concebida a dos bandas, una en los mentideros diplomáticos, y la otra, hacia la opinión pública global, ante la cual presenta su actitud pacifista como contraste de la de Washington.

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