Jue 16.09.2010

EL PAíS  › OPINIóN

Muera el cáncer

› Por Pablo Semán *

La crónica del episodio arterial del ex presidente resultó un retrato de sus detractores. Si está internado es porque su ambición de poder lo somete a un esfuerzo patológico. Pars totalis, esta ambición compulsiva y voraz expresa lo que se manifiesta en la mesa cotidiana, en la que come desaforadamente, y en el ejercicio físico interrumpido para dar mandobles, coscorrones y amonestaciones a ministros, punteros y opositores. Para ciertos editorialistas los sujetos moralmente negativos y políticamente desastrosos son también biológicamente inviables, autodestructivos.

Para ellos, muchas veces defensores del realismo científico (como cuando no hay alternativa a recortar el presupuesto para asegurar el honor en los mercados y desasegurar generaciones), la enfermedad tiene etiología, más que psíquica, moral. Como en los films americanos de los ’90, en que los inadaptados sociales fuman, en el guión de los atildados los malos ganan las enfermedades que los minan. En las sociedades que congelan sus jerarquías con rituales que las refuerzan, se denuncia el valor negativo del apuro y la ansiedad. Para quienes está todo tan bien en su lugar, lo peligroso es el cambio, no es necesario ningún esfuerzo que las energías ordinarias no puedan superar y la tentativa de buscar la masa crítica que permita erosionar lo establecido resulta desviante y patológica. Pinches amortizados, muertos en vida y mortificantes de todo lo que se mueve.

A la percepción de los contreras se puede oponer la de adherentes y seguidores. Las jóvenes filias kirchneristas invocan míticamente las transiciones al peronismo de altri tempi (tantas abuelas evitistas recientemente descubiertas evocan aquello de que con las astillas que se reivindicaban propias de la cruz de Jesús se hubiera construido la armada invencible). Testimonios apócrifos aparte, valga la pena pensar que la imagen de K puede llamar más allá de la máscara del hombre impulsivo, controlador, desconfiado y vengativo que le otorga la oposición cultural. También pudo ser visto como el médico de guerra que opera en la trinchera, blasfemando, corriendo y siempre exhausto.

Quizás por eso es que su anterior accidente arterial redundó en cierta popularidad. Y quizás es por eso que, esta vez, para atenuar la reactividad autoincriminante que suele manifestar su nicho sociocultural (y la vergonzante risa de la desgracia ajena), algunos diarios sellaron sus ciber-letrinas para diatribas sin límite de homúnculos frustrados. En menor medida estaban presentes en las columnas de los diarios en que, con lenguaje alambicado, fueron tan obscenos como los foristas podrían haberlo sido. La moralización de las fatalidades es socialmente tan recurrente, tanto como reveladora de las divisiones que hoy oponen cierto conservadurismo contradictoriamente oscuro y new ager a un muchachismo que se santifica en el ajetreo desprolijo del ex presidente. Muera el colesterol.

* Sociólogo.

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