Vie 29.10.2010

EL PAíS  › OPINION

Sobre utopías y conflictos

› Por Fernando Krakowiak

En 1516, Tomás Moro bautizó Utopía a una isla ficcional con forma de medialuna, sin propiedad privada y con abundantes recursos donde los males de la sociedad no tenían lugar. Aquella tierra se convirtió en el sueño de Moro y su nombre sirvió para designar los sueños que surgirían de allí en más. Desde fines de 1970, la utopía también comenzó a ser asociada con el totalitarismo. El filósofo polaco Bronislaw Baczko reproduce en Los imaginarios sociales una parodia a una estrofa perteneciente a Los Miserables de Victor Hugo donde se afirma: “La culpa la tiene Platón/ Si las cosas no andan bien/ La culpa la tiene Tomás Moro/ Si existieron los campos de la muerte”. La intención era ubicar el germen de los totalitarismos del siglo XX en textos con un fuerte contenido utópico.

Existían razones para fundamentarlo. La isla que Tomás Moro había imaginado se sostenía sobre un Estado fuertemente centralizado encargado de poner orden en la sociedad. Un orden traducido como identidad y que llevaba implícito una homogeneización cultural. No había lugar para la diferencia en aquella tierra gobernada por Utopo, donde los trajes eran uniformes y bastaba con conocer una de las 54 ciudades para conocerlas todas.

Ahora bien, ¿existe la posibilidad de pensar la utopía sin el riesgo de caer en el totalitarismo? Para ello es necesario considerarla como una meta no factible que le otorga sentido al presente. Esa línea en el horizonte de la que habla Eduardo Galeano, que se aleja a medida que uno se acerca, pero que sirve para caminar, de lo contrario se terminaría ordenando la sociedad a partir de una pretensión de verdad absoluta, fundamentada en postulados religiosos o científicos. Como señaló el politólogo Norbert Lechner, la solución frente a los males de la sociedad no debe llevar a tematizar la unidad en tanto disolución de la pluralidad, sino a problematizar esa pluralidad como construcción de un proyecto colectivo. Pensar el orden no como armonía o identidad, sino como un proceso conflictivo, un orden de la diversidad.

Su empeño por marcar las diferencias puso al ex presidente Néstor Kirchner mucho más cerca de esa corriente que apuesta a construir a partir del reconocimiento del conflicto que de las tendencias totalitarias que le endilgaron algunos opositores y analistas políticos. Es justamente al revés, muchos de los que durante todos estos años le pidieron a Kirchner que no confrontara son los que no soportan que se expongan esas diferencias y buscan disimularlas con discursos que apelan a una igualdad sólo retórica, capaz de legitimar y garantizar su poder. La multitudinaria movilización popular y las muestras de dolor que motivó la muerte del ex presidente evidencian que no son pocos los que se dieron cuenta.

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