Vie 29.07.2011

EL PAíS  › EL ALEGATO DE LA DEFENSA DE LOS REPRESORES JORGE “EL TIGRE” ACOSTA Y ADOLFO DONDA

Represores sensibles a los adjetivos

El abogado Víctor Valle cuestionó las “adjetivaciones” con las que la fiscalía recordó cómo los sobrevivientes hablaron de sus verdugos e insistió en los argumentos de cosa juzgada y prescriptibilidad, esgrimidos sin éxito por todas las defensas.

› Por Alejandra Dandan

Las audiencias por los crímenes en el centro clandestino de la Escuela de Mecánica de la Armada continúan en los Tribunales de Retiro, vacíos por la feria judicial. Desde comienzos de la semana, los abogados de los represores intentan los alegatos ante una platea repleta solo en el balcón destinado a los camaradas de armas que se turnan para mantenerla llena todo el tiempo posible. Toman nota como informantes aplicados en pequeños papeles que guardan adentro de libros con apariencia de feria de usados. Ayer, la defensa de los represores Jorge “El Tigre” Acosta, Adolfo Donda, el médico Carlos Capdevilla y Jorge Radice cuestionó centralmente el alegato de la fiscalía, se quejó por las “adjetivaciones” con las que la fiscalía recordó cómo los sobrevivientes hablaron de sus verdugos e insistió en los argumentos de cosa juzgada y prescriptibilidad, esgrimidos sin éxito por cada una de las defensas en cada uno de los juicios.

Temprano, un rumor parecía explicar por qué tanta presencia marina en el piso de arriba. El encargado de la defensa de Acosta y Compañía es el abogado Víctor Valle, defensor oficial y portador de una supuesta carta sorpresa que los marinos querían mostrar. Valle integró las defensas a los represores en el Juicio a las Juntas y hace muy poco fue uno de los abogados que lograron echar por tierra la posibilidad de condenar a los jefes de área en el juicio tramitado el año pasado por el Tribunal Oral 5, el mismo que ahora lleva el juicio de la ESMA.

Pese a que irónicamente se refirió al modo en el que se multiplicaron los acusadores –por la incorporación de las querellas de los organismos de derechos humanos–, el abogado centró su descargo contra los fiscales Mirna Goransky y Pablo Ouvina. El tono prudente con el que comenzó se quebró enseguida cuando se tomó el tiempo de responder con alguna ironía. Discutió la Teoría de Roxin que permite entender como autores a todos los que integran una organización represiva. Y consideró “sorprendente” que los fiscales hayan dicho que cualquier otra intervención adicional que pudiera acreditarse respecto de cada hecho será “un plus cuya eventual ausencia no quita responsabilidad alguna”.

Valle pareció sincerarse cuando habló de “modesta unidad de tareas” para referirse a los grupos de tareas que salían a cazar y ejecutar militantes. Y como lo hicieron con más vehemencia –pero sin éxito– sus compañeros en otros juicios, recurrió a un fallo del ex juez Andrés D’Alessio para cuestionar la idea de que solo la pertenencia o “membresía” en un grupo de tareas no alcanzaría para una imputación.

Arriba, los camaradas todavía no se habían dormido, como harían dos horas más tarde. Uno de ellos llegó con un libro llamado Culpas y Castigos. Otro llevaba A cada uno, un denario, de Bruce Marshall. Entre los veinte camaradas en posición de teleespectadores, hubo quienes llegaron de saco y corbata munidos de anteojos con bordes dorados. Y hombres con ropas de batalla, pulóveres raídos y cara de mal dormidos, dedicados curiosamente a escribir en algunas hojas. Uno de ellos dejó el espacio durante el cuarto intermedio para pararse como distraído al lado de un grupo de sobrevivientes en la entrada de un kiosco. Cuando alguien notó su presencia y le clavó los ojos sin disimulo, buscó la forma de alejarse rápidamente. Audiencias atrás, el abogado Rodolfo Yanzón habló de la comunidad de espías que todavía nuclea a los camaradas de armas, una tarea que parece entretenerlos en el transcurso del juicio.

Valle retomó luego el alegato. Enumeró las decenas de formas con las que los testigos hablaron de sus verdugos, una sinopsis perfecta, un retrato adecuado de cada uno y el modo con el que la fiscalía intentó configurarlos para dar una dimensión de los fabricantes de tormentos. “Con el recurso de citar a los testigos, (la fiscalía) adjetivó de manera muy negativa la personalidad” de los acusados, se quejó. “Se habló del sadismo, del poder de Acosta porque era ‘todopoderoso como Dios’, que tenía el mandato de hacer vivir o morir, se le dijo delirante, que ‘nos intenta envolver con sofismos’, mentiroso, charlatán, cínico”. Se quejó porque los fiscales llamaron “monólogo” al largo monólogo que Acosta pronunció en una de las audiencias, pero al que él se refirió como “un recurso irónico respecto de una persona que hace largos años está preso, y lo que dijo no es un monólogo, sino una indagatoria, que es el acto fundamental de la defensa”.

El defensor cuestionó también que se tomaran los tormentos como delito en sí mismo, una pelea que los organismos de derechos humanos y la Unidad de Coordinación Fiscal de las causas sobre las violaciones a los derechos humanos durante el terrorismo de Estado viene dando en todo el país para dejar atrás la posibilidad de asociar tormentos sólo con la aplicación directa de elementos de torturas, como sucedió durante el Juicio a las Juntas. Tormento es, para los acusadores, todo el periplo que atravesaron los detenidos desaparecidos, desde el momento del secuestro, el tabicamiento y cada una de las formas de vida en los centros de exterminio. Arriba, solo algunas de las intervenciones de Valle y su compañero eran visiblemente bien recibidas. En un momento, el abogado cuestionó como inconstitucional la nulidad de las leyes de impunidad, la legalidad de una justicia que resolvió no comenzar de cero con las causas, sino arrancar en el mismo punto en el que los procesos habían quedado suspendidos y explicó que, para él, se trataban de acciones ya extinguidas. Dijo que los Tribunales de Yugoslavia y de Ruanda prevén la conmutación de las penas y el indulto y en ese momento sí, uno de los camaradas afirmó de palmo a palmo con su cabeza.

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