Sáb 13.08.2011

EL PAíS  › PANORAMA POLíTICO

Oficialismos

› Por Luis Bruschtein

Los deseos y los análisis opositores y oficialistas han rebotado contra un escenario que tiene una sincronía particular, al mismo tiempo oculta pero muy evidente. La gente no vota a oposición u oficialismo, sino oficialismos, pero el oficialismo a veces es opositor y eso no tiene importancia para esa lógica. En realidad, parece que no tuviera lógica, pero es claro que ese comportamiento tan masivo, casi con características de fenómeno social, debiera tener una estructura que se les escapa a los que tienen la ñata más pegada a la vidriera de la política. Algo que evidentemente resulta del todo normal para una gran cantidad de ciudadanos, no tiene lógica para los que estudian o dependen de esas conductas relacionadas con la política.

Algunos hablan de una nueva etapa de la política y sacan conclusiones más generalizadas y definitivas. Por ejemplo, hubo momentos históricos donde las identidades partidarias –radicalismo, conservadurismo, peronismo, socialismo o comunismo– pesaban en forma determinante sobre las decisiones políticas de las mayorías. Se pudo decir en otro momento, haciendo una hipótesis general y marcando una tendencia de cambio de época, que esas definiciones partidarias ya no eran tan decisivas, que el voto cautivo de los partidos ya no era la mayoría de los votos.

Eso fue un cambio importante. Se habla ahora de nuevos lenguajes de la política, donde ya no encajan tanto las propuestas o los programas, sino que se construye a través de mecanismos primarios de identificación de los candidatos en términos personales con los electores. Se habla de un lenguaje político de imágenes como superador del lenguaje hablado o escrito. Se dice incluso que lo hablado y lo escrito van en detrimento de la política. Se plantean como contrapuestos con esa lengua compuesta de imágenes y sentimientos. En ese esquema, la idea o la propuesta rompe el vínculo emotivo que establece la imagen. Lo interrumpe como si cortara la corriente eléctrica.

Se escuchó mucho de esto después del triunfo de Mauricio Macri en la ciudad de Buenos Aires. Se dieron muchas explicaciones a un triunfo que parecía inexplicable, sobre todo por la amplia diferencia que logró el candidato del PRO. Era inexplicable a diestra y siniestra. En Carta Abierta hubo una ardiente autocrítica y Fito le dedicó también una carta, todo con la calentura de un resultado desalentador en algunos casos o inesperado en otros.

Todos –incluyendo el que escribe– trataron de buscar una explicación en los términos de propuestas y medidas de gestión o de la eficiencia de las campañas. Se crucificó la campaña de Filmus y se glorificó en consecuencia la campaña de Macri, basada en ese teorema del lenguaje apolítico de imágenes y vínculos primarios y directos sin mediaciones ideológicas ni partidarias.

La supuesta asepsia de los consultores de imagen genera una teoría sobre la base del cinismo donde todos los discursos son equivalentes. Unifican a todos los discursos por el objetivo común de conseguir votos, como si se tratara de ir a la feria a comprar fruta. Si forma parte de las exigencias de un oficio, el cinismo y el tecnocratismo puro resultan por lo menos odiosos cuando los quieren convertir en las reglas del comportamiento político para la sociedad en general.

Todos estos bandazos tienen parte de razón, pero no constituyen la explicación de un fenómeno. Es cierto que la campaña de Filmus empezó tarde y le faltó fuerza. También es cierto que la imagen ha pasado a convertirse en el lenguaje más importante no sólo en la comunicación política, sino en todas las formas de comunicación. Pero eso no quiere decir que la política o una elección tenga que convertirse en el show de Susana Giménez, donde cerró su campaña el actor Miguel Del Sel, que a lo largo de toda su campaña se cansó de repetir que no entendía nada de política, como si saber de política fuera un obstáculo para hacer política (¿?).

Si uno mira la proyección de los resultados de las elecciones en todas las provincias donde las hubo, se pone de manifiesto una tendencia que va más allá de las campañas. Masivamente había un voto que estaba decidido en forma previa a las campañas. La destreza de los estados mayores de los candidatos, más el desempeño de ellos mismos, sumó a esa tendencia, pero no la generó.

Si la tendencia no estuvo definida por esos factores, la única respuesta que queda es el impulso de votar oficialismos. Oficialismo, incluso donde gobiernan opositores, con la excepción de Catamarca y Chubut. En la primera el gobierno local cambió de oposición a oficialismo y en la segunda, el candidato que ganó por muy poca diferencia era de oposición pero se sumó después a la candidatura de Cristina Kirchner.

Si el voto a oficialismos de cualquier signo es la explicación de lo que ha venido ocurriendo en las elecciones provinciales, sería una mala y dos buenas para el oficialismo nacional. La mala sería que ese voto también ha favorecido y con bastante fuerza a gobiernos provinciales de oposición a la Rosada. Las dos buenas serían: en primer lugar, constatar que el respaldo que recuperó Cristina Kirchner después de la derrota parlamentaria de la 125 no fue sólo un rebote emotivo por la muerte de Néstor Kirchner, como se dijo en un momento, sino una fuerte valoración de la gestión de gobierno. La otra buena sería que si realmente se votó oficialismos, esa tendencia tendría que confirmarse en la elección de mañana.

Votar al oficialismo de cualquier signo puede querer decir muchas cosas: como el rechazo a algunos temas del gobierno nacional, el respaldo a aspectos de la obra de gobierno local, y también porque los gobiernos locales, sean del signo que fueren, se favorecieron todos por la prosperidad general y las políticas nacionales que de alguna manera la han propiciado, ya sea evitando el desempleo, reabriendo fuentes de trabajo o invirtiendo en forma inédita en caminos y obras de infraestructura, como sucedió sobre todo en Santa Fe y Córdoba. Por alguna razón, desde el interior de esos distritos se visualiza a los dos gobiernos como responsables de esas obras o esas medidas, aunque en la mayoría de los casos se trate de realizaciones que se hicieron con el dinero y la decisión política del gobierno nacional.

Primero habría que ver si mañana se confirma esta teoría o es puro humo. En el caso de que se confirmara, seguramente esta idea del voto a oficialismos puede llegar a convertirse en una nueva teoría general de la política en Argentina como el recordado voto cuota del menemismo. Sin embargo, nadie puede asegurar que ese criterio volverá a repetirse en otra elección de octubre en adelante.

De todas maneras, esa idea del voto a oficialismos permite otras conclusiones. Por ejemplo, si se visualizara la relación entre la situación de prosperidad y las medidas del gobierno, el voto se hubiera orientado más hacia el perfil político del gobierno nacional. Por el contrario, podría decirse que se percibe la prosperidad, pero no se ve claramente la relación con esas medidas, lo cual explicaría esa apertura hacia oficialismos de distinto signo. Hay allí, por lo menos, un proceso de visualización a medio camino.

La otra conclusión es que, aunque parezca mentira, durante la 125 la situación de prosperidad era la misma, pero la fuerte campaña de los grandes medios transformaba, por la alquimia de la subjetividad, el bienestar en malestar. Si el Gobierno no hacía nada para contrarrestar esa campaña, sería probable que ahora estuviera peor aún que en las semanas previas a la elección del 28 de junio de 2009. Además, la muerte de Néstor Kirchner también funcionó como una suerte de perforadora de esa gruesa capa de subjetividad deformada, lo que permitió liberar la mirada del malhumor granmediático.

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