Lun 17.05.2010

EL PAíS • SUBNOTA  › OPINIóN

Desde otro lugar

› Por Washington Uranga

El documento de los “curas villeros” de la Ciudad de Buenos Aires expresa “otro lugar” para hablar del Bicentenario: el lugar de los más pobres del cual estos sacerdotes ejercen la vocería, aunque en ningún momento se arroguen esto como derecho ni como representación. Hablan desde sus prácticas, desde su cotidianidad con los villeros, con los más pobres que, en algunos casos, son los más pobres entre los pobres. Allí se apoya también su autoridad para decir.

De la lectura del texto que dieron a conocer ayer surgen algunas claves que pueden ser útiles para analizar otras propuestas y discursos sobre el Bicentenario. En primer término, se hace un rescate del “bajo pueblo” como un actor protagónico y poco mencionado en las recordaciones independentistas. Se mencionan –dicen– “nombres de un grupo muy reducido de personas” que “fueron muy importantes en el proceso, pero que evidentemente no lo hicieron solos”. Y la analogía: “Hoy en día el pueblo que habita las periferias de la ciudad también puede recibir este nombre de ‘bajo pueblo’. Y nosotros creemos firmemente que está llamado a tener un rol protagónico en la celebración del Bicentenario”.

Otra posible clave de lectura claramente vinculada a la anterior advierte, a partir del rol reclamado, acerca de la importancia de que estos sectores de la población sean tenidos en cuenta a la hora de formular políticas públicas. En otras palabras: salir de la condición de “beneficiarios” para pasar a la de protagonistas. Y algo más: el documento hace hincapié en la integración. Latinoamericana y urbana. Apoyándose en la perspectiva histórica y asumiendo la situación actual.

Puede haber otras, pero las mencionadas pueden servir como herramientas para leer este pronunciamiento y otros que, en su mayoría, dejan de lado los aspectos señalados.

El documento también se distingue de los documentos episcopales más conocidos. A pesar de que la cultura clerical propia de quienes lo redactaron aflora en todos los párrafos, el texto no tiene el estilo dogmático de muchos documentos episcopales. Es reflexivo y, sobre todo, propositivo. Sin que por ello abandone el tono crítico y de denuncia.

Por este mismo motivo aparece como una voz diferente, sin otra pretensión aparente que la de poner a circular reflexiones y propuestas. Y en este marco, si bien convocan a un “acuerdo social y político que favorezca la integración de la villas a la ciudad” y, denunciando la “deuda social” entienden que el anterior sería un camino “para alcanzar una mayor justicia social”, los curas se bajan de cualquier lugar de poder, no se ofrecen ni como garantes, ni como espacio ni como artífices de tal acuerdo. Algo que sí pretendió hace pocas semanas la Comisión Nacional de Justicia y Paz forzando sentar a la mesa a actores casi irreconciliables sobre la base de una propuesta de “amistad social”. Una iniciativa que no sólo no tuvo viabilidad política, sino que recibió también duras críticas de los obispos en la última asamblea episcopal.

El discurso de los curas villeros suena también diferente del de la jerarquía católica, que mientras habla de “amistad social”, de “reconciliación” y de “encuentro” es poco capaz de respaldar estas palabras con hechos. Los obispos no pudieron acordar cuestiones mínimas para la celebración del próximo 25 de mayo. Y, más allá de las palabras, esto quedará patente: mientras la Presidenta esté en Luján, santuario nacional, participando de un acto de acción de gracias, el cardenal Jorge Bergoglio hará el propio en la Catedral para –aunque lo niegue– darle a la oposición la posibilidad de rociarse con agua bendita.

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